Opinión Nacional

La candela socialista

Los amos del poder en Venezuela, Hugo Chávez y Fidel Castro, están apurando su objetivo de convertir al país en un Estado socialista en las líneas de la vieja ortodoxia latinoamericana. Me refiero a las políticas que promovió el régimen de Salvador Allende en su «transición chilena al socialismo» a comienzos de los años 70, y luego la conformación de la hegemonía sandinista en la Nicaragua de los años 80. Desde luego que la «atalaya» del modelo es la revolución cubana que pronto cumplirá medio siglo de tiranía ininterrumpida.

En el caso venezolano hay una variable singular que entusiasma a los mentores del radicalismo regional: el caudaloso chorro de petrodólares que no sólo financia el llamado «socialismo de siglo XXI» que se proclama en Miraflores, sino que también alcanza para exportar la franquicia a diversos países del continente, léase Bolivia, Ecuador, de nuevo Nicaragua, y quizá próximamente Paraguay y Guatemala. El régimen cubano, en las postrimerías del fidelismo, es el principal beneficiario de la bonanza petrolera de Venezuela en los últimos años.

¿Pero será suficiente el «carisma petrolífero» del señor Chávez para imponer una República Socialista en la nación venezolana? El mandamás piensa que sí y sus más visibles allegados también. Ya se ha andado un buen trecho en ese camino, y la ofensiva del «gobierno bolivariano» está despejando dudas al respecto, incluso entre los más escépticos. Las diferencias entre la ruta socialista del señor Chávez y las de algunos de sus fracasados predecesores en América Latina, parecen ubicarse más en el terreno del método que en el campo de los propósitos.

Ello tendría que ver con las características propias de nuestro país y con su larga trayectoria de cultura democrática y talante abierto en lo político, económico y social. El dominio instantáneo de una «revolución socialista» en Venezuela, fue un escenario descartado hasta por el propio Fidel Castro. Pero luego de 8 largos años de incesante labor para acumular poder público y para desacreditar, neutralizar o extinguir, de manera paulatina, a las fuentes autónomas de poder, los jerarcas del oficialismo están convencidos de que las condiciones están dadas para arreciar la marcha forzada hacia la lógica de «patria, socialismo o muerte».

Sin un barril de petróleo en las nubes de 50 o 60 dólares sería inconcebible que tales designios pudieran hacerse realidad, pero la botija financiera del Estado nacional, de muchas maneras, logra sustituir la fuerza de una ideología o el compromiso vital de una vanguardia proselitista. ¿Y hasta dónde y hasta cuándo? Pregunta cuya respuestas están condicionadas a la «sensación de bienestar» que el fisco petrolero sea capaz de recrear en variados sectores sociales. Porque una cosa si hermana al conjunto de los venezolanos: la depauperación habanera no es un ideal de vida.

La candela socialista bien puede quemar o incinerar al régimen que impera en el país, pero también puede, en el proceso, abrasar muchas de las grandes oportunidades de superación que tiene Venezuela. Ni el socialismo ni la muerte son las vías para echar hacia adelante.

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