Opinión Nacional

La chivera socialista

La frontera que separa lo dramático de lo ridículo es apenas perceptible, se requiere tener un sentido muy desarrollado del buen gusto y un olfato más que sensible a la cursilería, para no traspasarla. Es muy frecuente que quienes pretenden conmover a sus oyentes o lectores con un panegírico o un obituario -por ejemplo- provoquen burlas por carecer precisamente de eso que solemos denominar el sentido del ridículo. De las muchas anécdotas que se cuentan de Eva Perón en el ejercicio del poder, siempre recordamos una en que la idolatrada diosa de los descamisados llega a un teatro de Buenos Aires envuelta en un espectacular abrigo de pieles y cargada de joyas. En la puerta había una madre harapienta con sus pequeños hijos famélicos, pidiendo limosna. Evita, en un gesto realmente operático, se quitó el abrigo y lo lanzó al aire al tiempo que declamaba: “mientras haya niños con hambre yo no puedo llevar estas pieles”. Los testigos presenciales observaron como sus guardaespaldas recogían el abrigo y lo ponían a buen resguardo; pero para el público que se enteró de lo ocurrido, por la prensa y la radio, aquel fue un gesto de desprendimiento y de amor por los pobres que hizo crecer la adoración de éstos por la primera dama. Nadie osó burlarse porque aunque Evita fue una actriz mediocre, algo debe haber aprendido sobre actuación y supo combinarla de manera magistral con la demagogia y el populismo. El chiste de la semana que culmina, ha sido el llamado del presidente Chávez a sus copartidarios socialistas para que se desprendan de todo lo que les sobra, de sus bienes superfluos y los entreguen a los fondos de la revolución. Para predicar con el ejemplo el presidente dijo que donaría cien mil dólares del premio de derechos humanos “Muamar Gadafi”, que le otorgó el gobierno de Libia. Más allá de lo hilarante que pueda ser la autoridad moral de ese gobierno para juzgar los derechos humanos, las primeras carcajadas las produjo el cálculo de los bolívares que recibiría la revolución al producirse la conversión de la asquerosa moneda del Imperio en nuestra moneda nacional. ¡Cuatrocientos millones! En otras palabras, el presidente de la República bolivariana en la que se persigue y castiga con multas y cárcel a quienes negocian con dólares en el mercado paralelo, utiliza como patrón el precio de la divisa norteamericana en ese mercado ilegal para decirnos a sus súbditos cuánto valen cien mil dólares. El presidente dijo ese día que prefería quedarse con cinco militantes en el PSUV o partido único de su revolución, antes que estar rodeado por los cinco millones de inscritos si éstos no entendían el socialismo como un voto de pobreza. Y fue cuado soltó que el que tuviese una nevera que no usara la pusiera en la plaza Bolívar. No habló de los yates ni de los aviones privados de la boliburguesía que ahora ocupan el aeropuerto militar de La Carlota ni de los automóviles de lujo en que sus copartidarios se trasladan por todo el país. Pero algunos de los sumacumlaude de la adulación se apresuraron en donar cacharras, tales como el vehículo Corza modelo años 80 del gobernador Tarek William Saab o bagatelas como una parcelita de tierra en algún rincón de su Estado, de otro mandatario regional. De allí en adelante ya no hubo límites para el ridículo: “yo lo único que tengo para donar es mi vida”, dijo un diputado. Un general reactivado ofreció su cerebro, por cierto bastante devaluado por la pátina de nicotina que lo cubre y la laguna de whisky en que flota. Y uno de los escasos intelectuales que acompañan el proceso, por añadidura ex humorista, apenas puso a disposición del jefe de la nación y de sus nacionales, sus “carencias”, para hacer ver que en nueve años de cargos y prebendas no ha ahorrado ni un bolívar fuerte. Aún nos falta por ver todas las plazas Bolívar del país, transformadas en basureros donde revolucionarios y cachorros del Imperio coincidan en depositar cuanto cachivache les estorbe en sus casas. Si Chávez quiso imitar aquel gesto dramático de la legendaria Evita Perón, solo consiguió una carcajada tan unitaria como ha sido la reacción nacional ante el cierre de RCTV. Pero, más que el mismo Chávez, los verdaderos objetos de la burla generalizada han sido esos chavistas de segunda y de tercera que se dieron por aludidos. Los del alto poder, aquellos que gozan de los favores del comandante en jefe, ni se inmutaron. Saben demasiado bien que si algo caracteriza a esta inédita revolución socialista, es la libertad plena para el enriquecimiento ilícito y veloz. ¿Es tan ingenuo Chávez para hacer ese llamado sin percatarse del tamaño de su ridiculez? Lo que creo es que cada vez que necesita desviar la atención general de un asunto que lo mortifica, incomoda o le resulta inmanejable, acude a esas declaraciones estrambóticas para que los columnistas de prensa y comentadores de oficio (y sin oficio) nos ocupemos del mismo y olvidemos el anterior. La desvelada debilidad de su revolución y su evidente derrota ante la fuerza de la protesta universitaria en todo el país, lo obligó a inventar esa puesta en escena de la solidaridad socialista para que relegáramos a segundo plano aquel tema. Y una vez más pisamos el peine.

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