Opinión Nacional

La Constitución es la causa de mis problemas

En el Gobierno Central existe la tesis de que la Asamblea Nacional Constituyente será la solución de los problemas que aquejan a Venezuela. Nada más lejano a la realidad. A medida que se profundiza este tema en el debate político interno, las expectativas de los ciudadanos aumentan de una manera cada vez más peligrosa. Corremos el riesgo que al finalizar este proceso la gente se sienta defraudada por los pocos resultados tangibles que una nueva Constitución nos puede dar; más aún, porque muchos manipuladores se han dado a la tarea de hacerle creer a la ciudadanía de que el problema es fundamentalmente político y en consecuencia, con una nueva Carta Magna los organismos del Estado estarán exentos de corrupción, automáticamente funcionarán eficientemente las instituciones del Estado y la crisis nacional será superada.

A juzgar por los resultados, ciertamente, el pasado 6 de diciembre el país votó por el candidato que más estimuló el proceso constituyente. Existen dos eventuales motivaciones para que esto se produjera: impulsada por la popularidad y el arrastre de un líder o porque realmente se arraigó y propagó la creencia de que hace falta un replanteamiento profundo de nuestro sistema, de nuestras instituciones y de nuestro modelo político y económico. Deseo creer que la segunda causa fue el impulso para la decisión del pueblo en la pasada contienda electoral. Debemos asumirlo de esa manera, aunque sea, para sacarle algún provecho significativo a ese esfuerzo inmenso, en tiempo y en recursos humanos y materiales.

Partiendo de este supuesto deseable, habría que cuestionar muchas cosas del cómo se está desarrollando el debate constituyente por quienes actualmente lo protagonizan. Lamentablemente este proceso no se está viendo como una oportunidad histórica para poner de acuerdo a todos los sectores organizados de la sociedad civil: el gobierno, los empresarios, los trabajadores, las organizaciones políticas y no gubernamentales, los gremios profesionales, los estudiantes universitarios, el clero, las comunidades indígenas, las fuerzas armadas, entre otras. No se visualiza como la ocasión justa para adelantar las necesarias transformaciones. Al contrario, se presta para la manipulación, para revanchas inútiles, para el acorralamiento de grupos adversos y para crear falsas ilusiones. Se utiliza como mecanismo para dividir al país. ¡No! No incurramos en ese error tan absurdo. Todos somos venezolanos. El que se sienta patriota y actúe como tal, lo será tanto como el que dice pertenecer al grupo de los llamados «patriotas». Los sectarismos irracionales y la creación de polos para identificar a la gente es una forma de estimular odios entre ciudadanos y sembrar la desunión. Todos aquellos factores de la sociedad que no se consulten para el diseño del proyecto de país, sentirán su presencia marginada y por consiguiente, no formarán parte de una causa común. Necesario es obtener una visión de nación compartida por todos los venezolanos. Es por ello, que es tiempo de unidad y de loables motivaciones y no de mezquinas divisiones y enfrentamientos. La Asamblea Constituyente podría ser la gran oportunidad o la excusa para conciliar posiciones encontradas y delinear el país que queremos, con rumbo y objetivos muy bien definidos. Donde más ganaríamos sería en la concertación de posiciones y en el relanzamiento del sistema y sus instituciones. Mucho me temo que no habría otro aporte más significativo que éste.

La opinión pública se ha orientado en la dirección de la Asamblea Constituyente. Ahora, ¿será ese el camino correcto?, ¿estamos realmente preparados para una proceso de esa naturaleza y magnitud? Al responder con conciencia a estas interrogantes, podemos palpar que ésta, indudablemente, no es la primera prioridad. Es más, pudiera convertirse al final en un esfuerzo inútil y de un costo excesivamente elevado. Con esta aseveración no quiero decir que estoy en contra del proceso constituyente, pero, me inquieta no haber escuchado todavía al primer venezolano que haya dicho informalmente o través de una declaración de prensa, que la Constitución es la causa de sus problemas, es más, ni siquiera sé de alguien que crea que la Carta Magna es una de las motivaciones de sus males.

Seamos sinceros. Ni la mitad de los venezolanos saben en qué consiste una Constituyente. Entonces, para éstos no puede ser una prioridad real. Como joven preocupado y consciente de la situación por la cual atraviesa mi país, hago un llamado a la reflexión a los impulsores de este proceso. No es juego lo que se está discutiendo. La gente se está llenando de ilusiones y de esperanzas que muy posiblemente no serán satisfechas. Se está vendiendo la nueva Constitución como la panacea para la solución de nuestros problemas (como los afiches por toda la ciudad que nos dicen textualmente: «Chávez es la solución de tus problemas»). Obvia demagogia. Sabemos que esto no es así. Estamos en un juego peligroso. Sabían ustedes que existe un escenario muy factible, en donde una vez que el pueblo se pronuncie de que sí desea encaminarse hacia un proceso constituyente, luego de que en otros comicios se elijan los miembros que integrarán la(s) Cámara(s), y al quedar redactada la nueva carta magna después de varios meses, el pueblo no ratifique esta nueva Constitución en las terceras elecciones, y termine votando «No» en el último paso. Este planteamiento pudiera darse. De aquí a un año y unos meses existen enormes posibilidades de que los ciudadanos se hayan dado cuenta de la poca utilidad palpable de todo este esfuerzo. Si para entonces, el Gobierno no resuelve los problemas que aquejan directamente a la ciudadanía, su popularidad se verá disminuida y la gente verá la oportunidad de castigarlo rechazando la Constitución propuesta. Se perderían aproximadamente 900 mil millones de bolívares (tres elecciones, salarios de los representantes ante la Asamblea, gastos administrativos de esta última, entre otros), un promedio de más de Bs. 40.00 por cada venezolano. Todo esto sin contar el costo de oportunidad del tiempo invertido por las personas involucradas en el proceso, que es el componente mayor y que se tiende a subestimar.

Lo que está en juego son las infinitas ilusiones de todo un pueblo que reclama más sinceridad y concordancia, y menos falsedades y disputas. Si la economía continúa en crisis, el pueblo se dará cuenta que la Constitución no representa ni siquiera un solo mal, ni peligro, ni dificultad en sus vidas. La nueva Constitución no le tapará los huecos en las calles, no le garantizará que el aseo urbano vendrá por su basura, no le proporcionará mayor seguridad ciudadana, no le hará el tráfico menos insoportable, no le mejorará los hospitales, entre otros. Es por ello, que tomar este camino es más delicado de lo que supone, requiere de mucha madurez política y total claridad con lo que se busca y se explica a la ciudadanía. La Constituyente sería un lujo que nos daríamos a costa de la apretada y precaria situación social de la inmensa mayoría de los venezolanos. ¿Merecería la pena el riesgo? ¿Se justificaría la inversión realizada? ¿Se sabe cuántos proyectos de infraestructura se podrían realizar con 900 mil millones de bolívares?

* Representante de la Coordinación de Asociaciones de Vecinos de la Parroquia de El Cafetal y Vicepresidente de la Asociación de Egresados de la UNIMET

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