Opinión Nacional

La controversia entre las letras y las armas en nuestro panorama político

Al empezar a escribir, titubeaba entre las palabras, querella, disputa, polémica y controversia, tal vez todas ellas se insertan en la discusión y finalmente en la decisión de disyuntivas, pero lo más importante, intentan evitar el belicismo. La célebre idea de confrontar las razones de los códigos con la violencia de las armas se la debemos a uno de los famosos discursos de uno de los héroes más enigmáticos de la literatura, el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Tomando ideas del Príncipe de Maquiavelo, se argumenta que las repúblicas son construcciones hechas por los hombres para vivir en sociedad. Repúblicas que necesitan de las armas para la defensa de sus fronteras pero a la vez, el oficio de las armas debe estar sujeto al imperio de las leyes. Así se concluye que, tanto las letras que se plasman en las leyes como las armas que se sujetan a las leyes son necesarias para el mantenimiento de la república. Es pues, una argumentación que busca el equilibrio en medio de la fragilidad de las construcciones-instituciones humanas, que como tal, no están exentas de errores.

Es difícil precisar con exactitud, el estado actual de nuestra república, que más allá de confusiones propagandística, se pudiera plantear en un desequilibrio entre las armas y las letras; armas que se sitúan por encima de las leyes, y que pretenden vender su dominio sobre la sociedad como política. Lo lamentable de este desequilibrio, entre muchas cosas, es la larga retahíla de lenguaje bélico incrustado en la sociedad como si de una terminología adecuada para la política se tratara. Conllevando a una lamentable lógica de guerra entre compatriotas, en un campo en el que debe imperar la deliberación, la discusión de ideas, con fervor y pasión pero respetando la integridad humana y personal del adversario y no de enemigo alguno como fomenta la propaganda gobiernera, generando un odio que conviene al mezquino propósito de mantener los privilegios monopólicos de imposición, de la minúscula porción gubernamental. No es ético explotar las heridas humanas de una sociedad para hacer politiquería, y menos ético, es fabricar una realidad mediática para fomentar conductas irascibles entre ciudadanos. Es así que, los argumentos, si a eso se pueden llamar argumentos, que vende el gobierno para mantenerse en el poder, consisten en decir, que hay quintas columnas, para desvirtuar lo que la sociedad pide a gritos, la tolerancia entre vecinos, la pluralidad de expresión en el debate público y el debate de altura sobre urgentes necesidades nacionales.

Vistas las cosas así, nuestra  mayor disyuntiva nacional, está en elegir entre las armas o las letras, o para decirlo con mayor claridad, queremos vivir bajo la imposición y violencia de las armas, que decreta leyes a su antojo para justificar sus excesivos excesos o queremos intentar vivir como una sociedad ciudadana, que a través de la discusión y posterior consenso elabore leyes que regulen el poder político, la sociedad y los sectores fácticos de poder, y entre ellos, lo atinente a las armas. La pregunta sería, querido elector, ¿prefieres ser tratado como un soldado que cumples órdenes disfrazadas de razones por la propaganda o como un ciudadano que asume la potestad de su voz para reclamar sus derechos, e invocando sus deberes asumiendo una lectura crítica de la realidad en la que vives?  

En estos términos, lo primero, que debemos tener bien claro, consiste en dejar con las ganas a todos aquellos apocalípticos que abrazan en sus entrañas guerras fratricidas para justificar permanencias en el poder. En otras palabras, hay que cambiar, la lógica de la guerra por la discusión política. De ahí que, el voto no es un arma pero si un instrumento de expresión, del decir, para decir lo que nos gusta, y más que eso, lo que nos preocupa, pero además, es la pequeña voz de los ciudadanos que en su participación, hacen uso pleno de su soberanía como pueblo, y no se la dejan usurpar, para asentar su reafirmación, su identidad, y en muchos casos, para rectificar errores cometidos.

En otras palabras, debemos decidir, entre una visión militarista, que ha puesto las armas por encima de las leyes o una visión política, que nos permita la discusión de las necesidades sociales, y a través del debate, la exposición de motivos, la diversidad de puntos de vista y la pluralidad de razones, plasme en leyes, surgidas del consenso, los códigos que regulen la excesiva fuerza de las armas en nuestra sociedad, el uniforme que está por encima de las ideas de un país en busca de caminos.

Esta es la tarea esencial de un parlamentario, legislar, que es también leer, y que cosa lee, nada menos que nuestra realidad, de ahí que deba proponer, para llevar a leyes, los instrumentos jurídicos de ordenación social. También se exige la sabiduría necesaria para desarmar a las fuerzas enceguecidas que pugnan por destruir la política, la democracia y la civilidad, y se ufanan con artillerías de propaganda, batallones ideológicos, guerrillas comunicacionales. Cada uno de nosotros, debería preguntarse: ¿queremos para nuestros hijos un cuartel o una ciudad?           

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