Opinión Nacional

La cosa: ¿Será en brumario?

Creía que no iba a tener tema para el artículo de la semana. Como decía Kilo Bautista todo andaba caliche. Pero la marcha oficialista del sábado ha cambiado todo.

¡Qué fracaso tan rotundo!

Haber gastado ese realero para semejante espectáculo. Desde que comenzó me di cuenta de que no había más de 60 mil personas, pues desde la Redoma de Petare hasta el elevado de Los Ruices hay una distancia de un kilómetro y medio y como la avenida Francisco de Miranda en esa sección tendrá un máximo de 40 metros de ancho, el área total sería de unos 60 mil metros cuadrados. Ahora bien, como yo lo vi, venían muchos camiones y muchas motocicletas y la gente caminaba muy espaciada. Por lo tanto, a lo sumo, sería una persona por metro cuadrado, o sea lo que les digo, 60 mil personas.

Lo peor vino más tarde. La llegada a la avenida México fue realmente un mal espectáculo. Una pesadilla para Chávez, para José Vicente y sobre todo para Darío Vivas, el organizador, según creo, del magno evento. Allí los espacios vacíos eran no solo notorios, eran impresionantes. Y eso que enviaron delegaciones forzadas desde todos los rincones del país, donde todavía quedan alcaldes o gobernadores con alguna platica para usar. Con razón el jefezote no asistió a la caminata y mandó a su otro yo del doctor merengue. Hay que ser bien cínico para decir como José Vicente que la manifestación era multitudinaria, que eran kilómetros de gente. Pero la TV no miente. Pudimos ver en las pantallas que los manifestantes se apiñaban solamente entre la esquina de Sociedad y la del Corazón de Jesús. De ahí hasta Misericordia, muy raleados. La avenida Universidad tiene 20 metros de ancho y entre las dos primeras esquinas mencionadas son cinco cuadras, unos 500 metros. O sea en un área a lo sumo de 10000 metros cuadrados, apiñados a 3 personas por metro cuadrado, eso da 30 mil manifestantes y otros 10 mil en las dos restantes. Tanto esfuerzo y tanto show para 40 mil personas bien pagados. Los organizadores deberían esconderse. Si yo fuera Hugo, los destituyo.

¿Se derrumba la popularidad?

Por otra parte, sin embargo, Consultores 21 presentó una encuesta. Este estudio de popularidad me ha llevado a consultar otras fuentes, tales como los datos de las contiendas electorales. ¿Recuerdan ustedes cuántos votos obtuvo Hugo Chávez en las elecciones de 1998? Fueron solamente 3 millones setecientos mil. ¿Qué porcentaje representa esa cantidad del universo de votantes de Venezuela? Pues sólo el 27 por ciento. Porque en esas elecciones la abstención se elevó a 47 por ciento. O sea que uno de cada cuatro venezolanos votó por Chávez. Esa es la realidad. Y ésa es la misma cantidad que hoy conserva, según la encuestadora. Hugo, por tanto, ni ha subido ni ha bajado en su popularidad. Hubo, eso sí, al principio de su gobierno, gente que no votó por él, pero que tenía esperanzas y que dijo, entonces, al igual que al comienzo de todos los gobiernos del puntofijismo, que simpatizaban con él. Esa era, empero, una simpatía flotante que hoy, luego de cuatro años de pésimo gobierno, se ha desplomado, al igual que ocurrió en los anteriores períodos constitucionales.

Sin embargo, si bien la popularidad de Hugo Chávez es la misma que en 1998, todavía podría ganar cualquier elección. Porque el problema es la oposición. Esta, si se convocaran unas elecciones, dividiría sus simpatizantes entre varios candidatos. De un lado están las variopintas escisiones del socialcristianismo: Enrique Mendoza, los muchachos de Primero Justicia, Proyecto Venezuela con ambos Salas, padre e hijo, y podrían ser candidatos también Eduardo Fernández y Juan José Caldera o Eduardo Lapi, por Convergencia. De otro lado se encuentras las variadas divisiones de Acción Democrática o de la socialdemocracia: Antonio Ledezma, Rafael Marín, Ramos Allup, Claudio Fermín. Y más hacia la izquierda el MAS oposición y Bandera Roja. Quedan, además, la numerosas agrupaciones de la sociedad civil organizada que no quieren darle su voto a los partidos. Así que en esta babel el que consiga 10 por ciento de las simpatías populares puede darse por bien servido. Y con un escuálido 10 por ciento no se ganan elecciones.

El laberinto

Es aterrador que el primer semestre haya cerrado con una depresión del producto interno bruto del 9,9 por ciento. La culpa es enteramente del gobierno. Porque la decisión de politizar PDVSA fue de Hugo Chávez y su Gabinete y fue eso lo que desencadenó los sucesos de abril. El retorno del presidente al cargo al que había renunciado, al verse sin el apoyo de la Fuerza Armada, no hizo sino agravar la percepción de los factores económicos. Porque con Chávez no hay diálogo, ni transacción. O se va o al país se lo lleva mandinga.

Esta situación continuada de depresión económica no la aguanta nadie. Verán cómo el tercer trimestre nos dice algo parecido, a menos que el gobierno y el Banco Central mientas en sus estadísticas, lo cual es muy probable. Mientras Hugo Chávez permanezca como jefe del Estado y mientras no desaparezcan todos los vestigios de este desgobierno socialistoide, ningún venezolano va a invertir y tampoco lo harán los extranjeros. El país se detendrá económicamente hablando. El gobierno no tendrá entonces cómo cobrar impuestos, aparte de los petroleros. La «vaina»

Ni gorra ni guerra

El año venezolano, bien sea para la actividad política como para la económica, tiene cuatro estaciones. Una primera de actividad arranca en febrero y llega hasta fines de abril. Viene entonces un receso, vacaciones hasta mediados de setiembre. En esta fecha se inicia el segundo lapso de actividad que nos lleva hasta mediados de diciembre. El año finaliza con la Navidad y el Año Nuevo, pero la inactividad llega hasta fines de enero.

No es que yo sepa nada. Ni tampoco que tenga información privilegiada, como dicen en Wall Street. Es sólo que, como decía Hércules Poirot, el detective belga, de vez en cuando, es bueno usar las células grises. El gobierno chavista se ha vuelto un despelote. Cuando se escucha al Defensor del Puesto hablar como lo hizo la semana pasada a uno le viene a la memoria la frase de “Mejor nos vamos, porque las gallinas comienzan a cantar como gallos”. Si yo fuera Hugo Chávez, pondría mis barbas en remojo. No tiene sino que recordar al palacio de La Moneda a la caída de Salvador Allende. Claro, don Chicho era un macho con convicciones firmes.

Si la Fuerza Armada no comprende las señas, se la lleva en los cachos la vorágine que viene. Eso lo saben los mandos, altos y bajos, perfectamente. Hoy el “modus operando” norteamericano es otro bien distinto al del 48 o al de Pinochet. Ahora se sigue la Carta Interamericana. Fíjense en Ecuador y en Perú.

Medina y Gallegos

Yo recuerdo la concentración en la plaza O’Leary, en El Silencio, el 18 de octubre de 1948 para celebrar el aniversario del derrocamiento de Isaías Medina. Fue apoteósica. En una Caracas para entonces de 500 mil habitantes, allí se dio cita 50 mil adecos. Sin embargo, tres semanas más tarde, el presidente Rómulo Gallegos empacaba sus maletas y salía despedido para La Habana. Rómulo Betancourt, Secretario General de Acción Democrática, disfrazado, cruzaba la misma entrada de la Embajada de Colombia en Campo Alegre por donde ingresó Pedro Carmona.

Y ¿Qué decir del general Isaías Medina? El 5 de julio de 1945, también se realizó una tumultuosa manifestación de sus partidarios. Sin embargo, el 18 de octubre, en 24 horas, todo se desmoronó. “Así es de veleidosa la popularidad”, que diría Aquiles Nazoa.

Santiago Ochoa Antich es diplomático de carrera, politólogo y periodista. Fue Embajador de Venezuela en Austria, Canadá, Jamaica, Paraguay, San Vicente y las Granadinas, El Salvador y Barbados.

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