Opinión Nacional

La culpa es de los marcianos

El Gobierno se ha paseado por los más disímiles y extravagantes terrenos para intentar explicar su inagotable ineptitud para dirigir la nación, puesta de manifiesto, una vez más, con lo ocurrido en Vargas. Un día Hugo Chávez afirma que la culpa es del imperialismo norteamericano porque los Estados Unidos se ha negado de forma tozuda a firmar el Protocolo de Kyoto, acuerdo que trata de impedir que la Tierra continúe recalentándose y se siga produciendo el efecto invernadero. Otro día Jessi Chacón, usualmente tan comedido, se agarra del “golpe” de abril y del paro petrolero para justificar que en esa entidad, después de cinco años, no se hayan concretado los trabajos de infraestructura que habrían modificado su paisaje y, de paso, evitado que la nueva vaguada causase los desastres y la desolación que estamos viendo. Como siempre ocurre con Chávez, la responsabilidad está en los otros, jamás en su conducción personalista, centralista e ineficiente.

Es verdad que el planeta está presenciando fenómenos naturales que parecen sacados del Apocalipsis, y frente a los cuales hay que exclamar ¡ misericordia, Señor! Pero, por ejemplo, en Asia cuando se formaron los últimos tsunamis, el país menos afectado por la inclemencia de esas devastadoras olas fue la India. ¿Por qué? Porque fue el único que se preocupó e invirtió en la instalación de un eficaz sistema de alerta temprana, capaz de detectar los maremotos y la formación de tsunamis en las profundidades del mar. Otros que pudieron anticiparse a la tragedia fueron los aborígenes de algunas islas del Océano Índico, cuyo conocimiento ancestral, incorporado a los genes del instinto de sobrevivencia, les avisaron que algo muy grave estaba por ocurrir. En un caso la cultura, en otro la naturaleza de los pobladores, hicieron posible que la vida de muchas personas se salvara. El gobernante de la India, Abdul Kalam, se ha ocupado de llorar y vestir al muerto. Es decir, reconoce la fuerza de la Naturaleza, pero sabe que la precaución es un deber que todo Gobierno serio tiene que honrar con sus ciudadanos. Chávez no se tomó la molestia de construir el sistema de alerta, a pesar de que los estudiosos y especialistas habían recomendado invertir en él como parte del programa de reconstrucción de Vargas. En esa dirección apuntan los reclamos de Carlos Genatios. No toda la responsabilidad hay que colocarla en Dios. Tampoco en el imperialismo. Por esa ruta se llega a los marcianos. La Naturaleza obra por designios insondables. Sin embargo, lo que deben hacer los hombres que cumplen funciones de gobierno es prever el curso de hechos, con el fin de minimizar los costos de las travesuras de la Omnipotencia. ¿Qué relación hay entre la deplorable situación de Carmen de Úrea o de Naiguatá con la fuerza arrogante de la Providencia, con el Protocolo de Kyoto o con la renuncia de Chávez anunciada por Lucas Rincón el 12-A? Las claves más bien están en la corrupción en Corpovargas y en la desidia.

Chávez actúa en sentido contrario al de los buenos gobernantes. En vez de construir y reconstruir la infraestructura de acuerdo con los consejos de los expertos, se dedicó a aplicar las misiones en un estado al que convirtió en emblema de su obra de Gobierno. La Misión Rivas, la Robinson, Barrio Adentro y la larga lista de medidas populistas adelantadas por el Ejecutivo, se redoblaron en Vargas. El caudillo ordenó que en esta entidad había que ganar como fuese (tanto el referendo revocatorio como las elecciones regionales), menos haciendo las tareas que permitiesen aprovechar el deslave del 99 para colocarla en el camino de la modernidad. Ahora al Presidente le parece que cinco años es nada para comenzar a resolver correctamente problemas de grandes dimensiones. Pero resulta que un quinquenio era el período de los gobiernos que nacen el 23 de enero de 1958. A esas administraciones todo el país, incluido los sectores que hoy copan todos los organismos del Estado, les exigían que resolvieran todos los problemas, desde los económicos hasta los culturales; desde los nacionales hasta los internacionales.

Es obvio que las prioridades de Chávez no están colocadas en solucionar las enormes carencias del país. Además no ha resuelto los problemas de Vargas, ha permitido que los niños de la calle crezcan como la verdolaga, no ha reducido la pobreza, ni estimulado la inversión y el empleo, ni construido viviendas. Para millones de venezolanos la informalidad sigue siendo el último atajo antes de pasar a la delincuencia. La infraestructura del país se deteriora a ritmos acelerados. La carretera hacia oriente no se ha extendido ni un metro. La situación de Mérida y Táchira es peor que antes. En la era de la globalización y de la sociedad del conocimiento, propone la endogenización o, en otras palabras, la vuelta al pasado agrarista. Sin embargo, el comandante se pasea por América Latina y el mundo repartiendo a diestra y siniestra el dinero de todos los venezolanos. Apoya a los piqueteros argentinos, a los cocaleros dirigidos por esa apología del atraso llamado Evo Morales, al Frente Farabundo Martí y, por encima de todos y de todo, a Fidel Castro, el jefe de una revolución comunista que ha aplastado y dividido al pueblo cubano durante 46 años. Para un mandatario cuyos desafíos álgidos son el enfrentamiento quimérico a los Estados Unidos, la multipolaridad y convertirse en referencia de la izquierda más retrógada del mundo, por supuesto que Venezuela no pasa de ser un accidente. El punto donde se apalancan sus ambiciones. Dios no quiera que sigan las tragedias, pues entre su ira y la incuria de Chávez, nuestro destino será vivir el infierno en la tierra.

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