Opinión Nacional

La Difamación

En la lucha contra las tiranías un ser despreciable es el delator. Desde su inicio, personaje militante en el enfrentamiento contra la arbitrariedad, la persecución, la negación de la justicia y de la libertad, enemigo de la tortura y del crimen, a veces con un aliento ideológico, duro y arrojado en la confrontación, pero con el alma envilecida. Capaz de doblegarse y de la indignidad de servir al enemigo, llegado el caso, traicionar sus aparentes principios y dejar al descubierto su falsa moral.

El delator o el renegado en su escala menor, son apasionados. Con el mismo ardor con que defendían sus supuestos ideales defienden las exigencias de su nueva realidad adonde lo condujo su pérfido espíritu. La moderación y la pasividad no son virtudes que condicionan su pensamiento y menos el arrepentimiento. Judas, por lo menos, con un resto de dignidad que aun le quedaba tuvo el gesto atenuante a su traición, de ahorcarse. Algo conservó de Cristo.

Entre un delator y un difamador existe una semejanza psíquica: la tendencia a la denuncia perversa. Uno ocasiona el deterioro físico del delatado, el otro persigue la lesión moral del difamado. La política es un caldo de cultivo en ambas depravaciones.

Las flaquezas morales en la política no se demuestran solamente a través de la delación y la difamación- son variantes – se expresan también por medio de la defensa del delito y de la complicidad con el delincuente bajo la apariencia de defender valores. La delincuencia en una sociedad corrompida muestra sus múltiples facetas, desde la más común, como el robo, hasta la más sofisticada como la injuria, y su complicidad, a veces hasta con el solo propósito de afianzar un medio de información.

La difamación es un delito horrendo, así como el disparo de un cañón puede destruir un edificio, la intención de la injuria es la de liquidar la personalidad de un ciudadano. La contumacia en el infundio por más despreciable que sea el medio utilizado, termina por – al menos – crear la duda, sobre todo cuando intelectuales o simples articulistas de un medio de información respaldan, sin escrúpulos, el ultraje, por conveniencia del momento o por simple perversidad.

Actualmente en Venezuela, cuando se trata de depurar el sistema democrático, pero que aún no dota al ciudadano de los instrumentos viables para la defensa de su honor, se vive la desgracia del flagelo de la difamación. Semanalmente o mejor los domingos, un medio de información en manos de delincuentes difamadores, con la complicidad de muchos de sus colaboradores, sistemáticamente ofende la honorabilidad de personas de cierta relevancia pública. Impúdicamente las acusan de cuantos delitos y vicios se les ocurre, sin posibilidad de defensa. En la difamación la aclaratoria es peor que la resignación al silencio, máxime cuando se tiene la complicidad de algunos otros medios de información y de personajes de escasa integridad moral. Un juicio por difamación tiene un costo inalcanzable para quienes no cuentan con abundantes recursos económicos, a más de que la parte demandada, delincuente al fin, utiliza todos los mecanismos gansteriles: extorsión, chantaje, intimidación, amenazas con recurrir a instancias internacionales y el uso de cualquier medio y hasta de instituciones del Estado para aterrorizar a los jueces.

Una sociedad que ha estado sometida durante tanto tiempo a los dictados de la corrupción y de la impunidad, no es fácil adecentarla, se necesita tiempo y leyes duras que ataquen de frente a todas las manifestaciones de la depravación social, y, sobre todo, que desaparezcan quienes vivieron de las corruptelas o fueran indiferentes a que el país se cubriera de oprobio, sin inmutarse.

Para un gremio, relacionado con los medios de información, defender a un periodista difamador en la prensa es como si un miembro de una comisión de derechos humanos defendiera a un homicida por el hecho de ser compañero de tarea. O peor, un asesinato mata a una persona, una difamación mata su honor, para algunos más importante que la vida misma.

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