Opinión Nacional

La doble derrota del antichavismo

En Venezuela los adversarios del cambio padecieron una doble derrota. A los contrincantes de Chávez les está pasando lo que a los enemigos de Rómulo Betancourt hace cuatro décadas. Pasaron de la derrota electoral al descalabro insurreccional. La izquierda de los años sesenta, desplazada de la delantera electoral por la sediciosa e invariablemente provocadora puesta en escena de Betancourt, fue lanzada a la lucha armada para, derrotada en los dos escenarios, ser finalmente la garante de una hegemonía que se extendió por casi medio siglo.

Echados del camino electoral por la voluntad popular que respalda el proyecto capitaneado por Chávez, sus adversarios –víctimas del diletantismo y la ansiedad inmediatista – tomaron el atajo equivocado: el golpe seco, que pretendió saltarse a la torera no solo a Chávez y al orden constitucional votado y aprobado por las mayorías, sino a las conquistas democráticas que Venezuela se ha dado a lo largo de su historia. Han oscilado de la derrota electoral al fracaso cuartelario. Cavaron su propia tumba en el ruedo político.

El solio presidencial en manos de Carmona – un arrogante y almidonado mandadero empresarial- significó tanto el atropello del voto y las libertades publicas, como la presencia de unas gentes que hace tiempo no tomaban el control del poder en Venezuela: los notables.

Los blancos, que tenían bajo su tutela nuestra sociedad en los tiempos del Rey, fueron disminuidos por el sacudón social que significó la guerra de independencia. Fundaron la república en 1830, escudados en la autoridad y el liderazgo del general Páez. Luego de la Federación, se apoltronaron alrededor del personalismo de Guzmán Blanco. Con Castro y Gómez – y animados por la mirada que el positivismo entronizó de la sociedad venezolana- consideraron necesario un gendarme cuya misión era mantener a raya los incapaces. Al final de la hegemonía andina, se hicieron de la voluntad de controlar los cauces democráticos por donde debía fluir el resto de la sociedad. Depositarios de la virtud, tildaban de inepto pueblo. Gracias a su soberbia, fueron desalojados del poder hasta nuestros días por una reacción generacional acaudillada por jóvenes militares y por aquella Acción Democrática del 18 de octubre de 1945.

Los acaudalados pretendieron retornar a sus funciones de otrora. Animados por el liberalismo económico ortodoxo, volvieron por su viejo designio de guía de la sociedad. Se hicieron de la macana para darle por el cogote a los incapaces. Y una hermosa y terminante patada por el culo fue la respuesta de la sólida fibra democrática de los venezolanos.

El otro doblemente descalabrado es el neoliberalismo. Fue echado del poder cuando el país reaccionó ante el delirio de Carlos Andrés Pérez y sus tecnócratas, y es desalojado ahora que sus seguidores echaron mano al único expediente que les quedaba bajo la manga: la negación de la libertad política en aras de la libertad económica. La dictadura del mercado. Ese era el sustento ideológico del tiranuelo patronal Carmona. En Venezuela se paró en seco a Pinochet.

La torpeza de sus adversarios esta creando las condiciones para que la hegemonía que encarna Hugo Chávez trascienda la presencia del inquilino de Miraflores. Tal vez las fuerzas de cambio de hoy, con el favor de las mayorías, sean el semillero de quienes asuman el control de las instituciones publicas por varios lustros de vida venezolana.

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