Opinión Nacional

La Esgrima

Uno se muere varias veces en vida. A veces lo matan o se va uno sin decir más, por eso que llaman la puerta falsa, que en realidad es la más verdadera de las puertas; una vez que se sale por ella no se vuelve nunca. Albert Camus llegó a escribir que el único problema real en la filosofía consistía en saber si vale la pena o no vivir.

En mi caso, me maté en una de mis primeras narraciones. Era patética y plagada de cursilerías. Lo peor fue que el texto de marras se publicó en Ciudad Victoria, la capital del Estado de Tamaulipas, en un periódico que se imprimía en tan tristes rotativas que las letras de molde parecían escritas a mano. En ese cuento imaginaba una escena con mi propio funeral y el meollo radicaba en describir la reacción de los deudos y de los amigos, incluidas las tan llevadas y traídas lágrimas de cocodrilo. Las otras muertes son más simbólicas.

Tienen que ver con el cambio de piel que significan las transformaciones fundamentales, y en ellas se incluyen desde las dimensiones amorosas hasta los cambios de residencia de gente viajera de mi oficio, al que su profesión le obliga a residir en diversos, numerosos países. Siempre dije que la vocación de ver mundo que perseguí desde los 20 años, se relacionaba estrechamente con las ansias de vivir varias vidas en una y ha sido así. Pueden imaginar que bucear en las realidades densas de la India, o de Egipto se inscriben en esta dimensión.

A Octavio Paz lo mataron una vez en el Brasil, allá por la década de los setenta. Lo difundió a diestra y siniestra un periódico que ya tenía preparada su esquela. Cuando el despacho se hizo eco en México, Paz juró que no visitaría nunca el portentoso país de Suramérica. Es bien sabido que los poetas juegan con sentimientos rayanos en la magia y proclives a la superstición. Afortunadamente Paz venció la resistencia y pude atenderlo durante una semana en el Río de Janeiro de los años ochentas, sin que se cumpliera ningún agüero malhadado.

Por lo que me toca, descubrí hace varios días la noticia de la muerte de alguien con el mismo nombre de mi padre y con el mío, en los servicios de GOOGLE donde se publican mis actividades y se reproducen artículos que consulto a menudo para precisar datos. Claro que se trataba de un homónimo, que además ejercía tareas periodísticas y estaba considerado un gran reportero gráfico en la Argentina. Este es el texto. Lo reproduzco para precisar identidades (por ahora no fui yo), con el azoro que representa asomarse a una inquietante, triste noticia:

«…Con la muerte de Edmundo Font, ocurrida ayer tras una cruenta enfermedad, se cierra un ciclo del periodismo gráfico tucumano del siglo XX a cuyo prestigio Font aportó con la mirada siempre pronta a la caza de la noticia -su presa- allí donde esta parecía imperceptible para el común de la gente.

Casado con Yolanda Aída Givogri, padre de dos hijas mujeres, Graciela y Susana, y abuelo de cinco nietos que lo rodearon de amor hasta el final de su vida, habían cumplido 84 años el pasado 9 de julio. En la faz profesional, había recorrido todos los escalones del sector Fotografía de LA GACETA, desde sus inicios como revelador de películas, en 1938, hasta el cargo de secretario de esa sección, de donde se desvinculó en 1992.

Su ojo entrenado y siempre alerta supo convertir en historia las imágenes del Tucumán palpitante del siglo XX: el nacimiento del peronismo, en 1945, la lucha de laicos y libres, en 1958, los «Tucumanazos», los conflictos obreros o el clima político de 1963, plasmado en la clásica foto de la batahola el Colegio Electoral, por citar algunas de sus piezas que hoy integran esa memoria viva de la comunidad que es la colección de LA GACETA.

Aunque su cámara había sido testigo de sucesos de relevancia internacional, él atesoraba por igual las «caritas» (retratos) de los tiempos de principiante como «la» foto que lo había llevado a la primera plana del diario LA GACETA. «Mi primera gran foto – recordó alguna vez – fue el 19 de agosto de 1943, cuando se cayó el edificio de La Tropical… Al otro día, mi trabajo estuvo en la primera página del diario. En esos momentos, la fotografía entró definitivamente en mi mente y en mi cuerpo».

Periodista de raza, Font sabía marcar la diferencia entre la fotografía como expresión autónoma y su aplicación al periodismo. «Ser reportero gráfico significa vivir la noticia, no dejarla escapar. No sólo gatillar en el momento justo o ser audaces (requisitos indispensables, por otra parte) sino estar informados a fondo», le dijo a LA GACETA en 1993.

Protagonista de aquel periodismo bohemio del siglo XX que se alimentaba de oficio y de compañerismo, reacio a que lo definieran como un artista, los numerosos galardones que acumuló en su vida lo contradijeron, por lo menos, en esa percepción austera que él tenía de su obra.

El premio Internacional SIP -Mergenthaler, considerado «el Pulitzer de América latina», y el de la World Press de Holanda (entre tantos otros que obtuvo Font) son acaso el mejor testimonio de ese equívoco, que lo llevaba a renegar de guardar copias de su obra. «¿Para qué?» solía decir. «Todo está en el diario, ahí quedarán».

Como no quito el dedo del renglón en materia de discusión cultural, no resisto reproducir aquí un despacho oficial de prensa que llegó a mi correo y que a la letra y sin mayores comentarios dice así: México perdió en el sexenio pasado el liderazgo cultural que ostentó durante el siglo XX, por lo que es urgente retomar los principios y estrategias que permitan al país dejar las «puntadas e improvisaciones» como política de Estado. En este sentido, Lourdes Arizpe Schlosser, integrante del Comité de Políticas para el Desarrollo de la ONU, señaló que actualmente México ya no está en los principales comités ni en los consejos en los que se discute la cultura a nivel mundial. Al participar en la Conmemoración del 25 Aniversario de la Declaración de México sobre la Política Cultural que organizó la Cámara de Diputados, señaló que el tema cultural debe ser retomado por los mexicanos, ya que es un factor primordial de unidad nacional, lengua, valores compartidos e identidad. Notimex.

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