Opinión Nacional

La esposa de la estatua

Entre la niebla y la nostalgia Eduardo Brisset observaba caminar a la profesora Indira. Iba a paso lento con la mirada clavada en lo profundo de la tristeza y con la distancia de lo humano distante. Ni siquiera ella misma se daba cuenta de los pasos que daba. Parecía sin tiempo, sin espacio y sin esperanza. A medida que caminaba, el poeta madrugador se le fue acercando. El reloj de la vida marcaba exactamente las seis y media de la mañana cuando a través de una sonrisa, un estrechón de mano y un saludo cordial él le dio los buenos días. Ella, con una mirada precisa y sin siquiera saludarlo le dijo: profesor, al igual que lo hago todos los días, hoy me desperté de madrugada y me levanté temprano; vengo caminando desde allá de Pueblo Nuevo y pasé por la redoma de los arbolitos, donde está la estatua de Narciso.

Con la atención puesta en sus palabras, ella hizo un gesto como de desahogo, con un nudo en la garganta y tal vez buscando las semillas de la nada en su bolso vacío, sacó un sobre amarillo y de allí unos papeles que fue mostrando uno a uno: resultados de exámenes de sangre, triglicéridos, resonancias magnéticas, electrocardiogramas, presión arterial. Enseguida los guardó y sacando otro sobre también de color amarillo pero más pequeño, mostró varios presupuestos de clínicas privadas. Uno por cuarenta y ocho millones, otro por cuarenta y cinco y uno último por cuarenta y dos millones. Eso cuesta una operación a “corazón abierto”. Casi sin terminar esa frase gritó: ¡Dios mío! cuántas cosas pudieron hacerse, cuántas cosas pudieran construirse, aunque sea una vida pudo haberse salvado con ese dinero con el cual levantaron las estatuas para vanagloriar el ego de un pobre mortal.

Ya más calmada y con el llanto inevitable en sus ojos de nostalgia, contó en voz baja, que su hijo se estaba muriendo y que ella no tenía recursos para mandarle a hacer una operación de corazón abierto que necesitaba para seguir viviendo. Me quedé pensativo, mientras ella seguía llorando su drama. Con gestos de dolor abrazaba el viento, con palabras de angustia y mirada de resignación alzaba su vista al cielo. No era fácil mirarla, pero entendía su dolor de amor de madre por su hijo amado. Secándose las lágrimas siguió hablando sin parar. Fíjese usted profesor, mientras hay recursos para hacer estatuas alienadas en homenaje a un ser cuyo único merito fue lanzar patadas; mientras se destinan casi media docena de hombres y mujeres para cuidar la momia durante las veinticuatro horas del día, no hay recursos para ayudar a la gente necesitada. Y lo más lamentable –dijo- es que ahora la esposa de la estatua, en una falsa misión de familia, gestión y futuro, ahora le dio por recoger dinero para el pobre archimillonario Faraón Zulo-Haga, dueño de medios, reales y bolívares.

Triste de verdad, conocer historias como esta de la profesora Indira, donde no importa el dolor y el sufrimiento de la gente. Así es la sociedad donde vivimos, dura y cruel. Mientras Indira se prepara para hacer una vendimia y recoger dinero para la operación de su hijo, la esposa de la estatua anuncia una segunda jornada de bolsapotazo, donde unos bolsas, disfrazados de gente se preparan para recoger dinero para el Faraón Zulo-Haga. A lo mejor así se está ganado su derecho a que también le hagan su estatua, pero montada en un globo.

Politólogo.

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