Opinión Nacional

La evolución de la revolución

Describen casi como un lugar común que si colocamos un sapo dentro de una cacerola con agua fría y lentamente calentamos el agua, el sapo no nota el cambio de temperatura hasta que finalmente cuando se siente mal, es muy tarde para que pueda escapar. Por el contrario, si lo lanzamos a la olla cuando el agua ya está caliente, el sapo reacciona y salta de inmediato.

El ejemplo ha sido difundido ampliamente para ilustrar el “acostumbramiento” que experimentan los organismos ante cambios que debido a su gradualidad son casi imperceptibles.

Tal es la adaptación que experimentan los organismos ante el medio, base de la teoría de la evolución de la especie que enunciara el científico inglés Sir Charles Darwin en su libro “El Origen de las Especies” publicado en 1824.

Los cambios graduales o evolución también se pueden asimilar a los procesos sociales. Ciertamente es interesante el concepto de gradualidad que no es otra cosa que el monto del cambio respecto al tiempo que demora en producirse. En otras palabras lo importante es el concepto de velocidad de cambio.

Las instituciones tienden a permanecer renuentes ante los cambios. Frente a un cambio organizacional, normalmente habrá temor en las personas ante lo desconocido. Por ello las instituciones tienden a una velocidad de cambio menor.

Comparativamente, las personas cambian de una manera constante y la velocidad de cambio del conjunto social tiende entonces en forma natural a ser mayor que la velocidad de cambio de las instituciones. Cuando la distancia entre ambas velocidades es amplia, se requiere de un salto en la adaptación de las instituciones, tal es la generatriz de una crisis.

Es así como Venezuela llegó a la crisis del año 1989, año en que fue electo Presidente de la República el Comandante Hugo Chávez, quien en la época capitalizó el deseo de llevar adelante un conjunto de reformas. El conjunto social estaba deseoso de cambios, reformas que constituían un conjunto bien definido y acotado. Se trataba de mejorar los programas existentes, cambiar algunas prácticas en materia de corrupción, alejarse del clientelismo político y poner atajo a la violencia que ya se hacía presente en la vida cotidiana. Pero eran cambios dentro del marco de lo estatuido, sin alterar la estructura íntima de las instituciones. Esa fue la promesa que hizo Hugo Chávez al pueblo venezolano y bajo esa circunstancia fue elegido Presidente de la República.

A poco andar, las reformas y los cambios adquirieron una suerte de vida propia, se proyectaron más allá de los límites establecidos y se convirtieron en un proceso de cambios, es decir, se dio inicio a “El Proceso”.

Sin embargo, el Comandante Presidente no sólo deseó proyectar los cambios más allá de las estructuras establecidas, sino que quiso imprimir mayor velocidad aún al proceso de cambios y entonces devino en el llamado “proceso revolucionario”.

Este proceso revolucionario tuvo entonces que desmarcarse de las estructuras tradicionales, por lo que fue necesario emplear la viaja táctica marxista de crear instituciones paralelas y ahogar las existentes para demostrar que lo nuevo funcionaba bien y lo viejo pertenecía a un pasado neoliberal que no volvería.

Sin embargo, la aceleración del proceso revolucionario –en otras palabras, el aumento de la velocidad de cambio institucional—sin un adecuado aumento en la velocidad de cambio del conjunto social, generó una crisis mayor a la que había presente el año 1999, en el origen de los cambios.

La respuesta del Comandante Presidente fue imponer la vieja receta marxista y “acelerar la contradicción” es decir, aumentar aún más la velocidad de los cambios dando origen a “La Revolución”.

Había que cambiar las estructuras de acuerdo a la vieja concepción marxista, la tenencia de los medios de producción debía pasar de manos privadas a poder del estado, había que dar inicio a la planificación centralizada de la economía (control de cambios, control de precios, control de importaciones, control del Banco Central), había que centralizar los procesos (olvidarse de la descentralización del estado) controlar totalmente PDVSA, establecer un congreso unicameral abandonar la meritocracia y crear el hombre nuevo revolucionario (reforma educacional y abandonar la concepción de la familia).

Si el año 1999 el Comandante hubiera dicho a los venezolanos la verdadera magnitud de la Revolución, el sapo hubiera saltado del perol. La temperatura está subiendo y aún es tiempo que el sapo salte.

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