Opinión Nacional

La función no ha terminado

Su tatuaje sólo expresaba un fanatismo ingenuo; tan candoroso como el que todavía profesan muchos venezolanos humildes. Ese rostro de Chávez grabado en el pecho hablaba sobre el drama del subdesarrollo; sobre los laberintos de la miseria y sobre la esperanza alrededor de un golpe de suerte. El Inca Valero soñaba con un buen gancho al amparo del poder; se veía resistiendo airoso los puñetazos de la vida, que pronto le sonreiría sobre un ring alfombrado de divisas. Estaba arribando a sus 30´s y todo le lucía prometedor: una corona mundial; la fama y el reconocimiento del “proceso bolivariano”, cuyo líder le tenía proyectado como la imagen corporativa de la “revolución deportiva” de la Venezuela socialista.

La historia es desoladora. La niñez en la calle; la opción del boxeo; las drogas; el alcohol, el desenfreno; el despilfarro del triunfo… Al Inca le rondaba la muerte. La escena del día que ocurrió el giro fatal se describe a sí misma por la estela de víctimas: él, convertido en cadáver, igual que su esposa Jennifer Carolina, y todas sus otras querencias desgarradas por la violencia. La madre, la hermana, sus niños de 9 y 5 años: todos marcados salvajemente por la indolencia del Estado, por la irresponsabilidad de sus pobres instituciones judiciales y la liviandad de los favores imprudentes que le beneficiaron.

Ignorante de las vilezas del poder, el Inca dejó este mundo a causa de las desviaciones de quienes, en las alturas, le habían adoptado como su consentido. Sus carteles soñados se quedaron en los sótanos de la imprenta, donde ahora se atenúan las lamentaciones y la inexplicable negligencia de los que le mimaron incorrectamente… El poderoso Estado revolucionario, cuyo ícono le prometió al Inca villas y castillos, pudo haber impedido su desgracia. El asesinato de Jennifer Carolina nunca debió suceder. Sus hijos tenían derecho a crecer sin esta horrenda cicatriz en el recuerdo. El propio Edwin pudo ser recuperado de sus propios demonios, si todo en Venezuela no estuviera contaminado por la corrupción y la maldición de los indolentes cálculos políticos.

Hubo cálculo en la decisión de evitarle al Inca la dura y necesaria rehabilitación, como lo hubo también en muchas opiniones lamentables emitidas acerca de su muerte. Cada uno de ellos relata la insensibilidad donde naufragamos y la ausencia absoluta de compasión que, poco a poco, nos va caracterizando. El odio de la polarización nos ha enceguecido hasta impedirnos ver  las vetas de esta tragedia familiar, testimonio de nuestra propia tragedia nacional: la de la violencia, la desidia; la de la pobreza, que candorosamente se ha creído “empoderada”. Sí, la función no ha terminado, pero merece su punto final. 

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