Opinión Nacional

La gaita zuliana

En ese endeble, por no decir, inexistente regionalismo zuliano, se nos ha vendido que la zulianidad es sinónimo de puente, chinita y gaita. La trilogía luce perfecta para mantener la dominación del nativo suelo en aras del centralismo caraqueño y de elite de pacotilla que regenta el poder en la región. La gaita expresión musical de pueblo, hoy es sustituido por otro canto venido de la república de Colombia, con viso de imperialismo cultural, como lo es el vallenato; pero que en el fondo no es más que otro canto de pueblos y caminos.

Los estudiosos del origen de este género musical no atisban en precisar si se remonta al canto protesta de negros, o bien es un canto religioso con matices festivos y uno que otro de consuelo. En todo caso, su cadencia demuestra a las claras que en lo profundo no es más que catarsis, de quienes en lo más profundo musitan su gran frustración como pueblo; para ello es recurrente que la temática de las letras hagan referencia a una tradición de pacotilla, como la Esquina de Macgregror, identificada como lo más puro de la tradición, cuando sabemos que no representó más que los intereses de los ingleses en un momento histórico en la región. En un primitivo regionalismo se habla que el gaitero de tradición lo creó dios. A todas estas la hegemonía de Maracaibo sobre las otras ciudades, pueblos y caseríos de la entidad federal, es notoria en notas como Maracaibo florido, la ciudad más bella del continente, la más atrayente del mundo; al punto que aquí nacerían las estrellas. Entre palos y alegrías el gaitero expresa que “porque yo sin la bebida/no siento ningún placer; la fanfarria y el destrasnocho como emblema de la vida del gaitero es llevada a lo superlativo, donde la madre siempre comprensiva espera cual su chinita piadosa al hijo que la venera.

Ante la posición de cierto intelectual que ve en este pueblo meros salteadores de camino, como es el caso del sociólogo Miguel Ángel Campos, se impone otra tesis como la señalada por el médico e investigador en serio de la zulianidad, Rafito Molina Vìlchez, quien es del criterio que el comportamiento del zuliano es producto de una gran frustración a cuesta. Ambos criterios habría que sopesarlos, pues para nadie es un secreto que el caso reciente de la Vuelta, donde la burguesía marabina, más que zuliana, se roba ella misma y se va a vivir cual hidalgo en la ciudad de Miami; nada se diferencia de aquellos piratas que saqueaban la ciudad, época de Morgan-Walter y compañía. Una elite de intereses saquea en el tiempo y el consuelo del pueblo llano es refugiarse en el canto con dosis de esperanza, nostalgia, fervor religioso, una protesta, que no da liderazgo que la ejecute; al final trae como corolario unos grupos gaiteros que en la actualidad se refugian en la ayuda oficial. El Sultán del Zulia en el Perú, el Manuel Rosales, supo explotar la vida concreta de estos cantores y músicos, para lo cual les creó la Fundación Grey Zuliana en la Gobernación del Estado; el Di Martino en la competencia política les crea a otro segmento la Fundación de la Gaita, dependiente de la Alcaldía de Maracaibo.

Un estado regional como el nuestro objeto de la mira de intereses imperiales y subimperiales, es notorio como deja en el abismo una identidad cultural que nunca ha sido firme. Hasta el voseo se va desfigurando. En esa realidad ni valses, danza, contradanza, grupos bailables como los Blancos, Los Maras y El Caribe, perdidos en el tiempo de Maria Castaña, encuentran eco en los oídos de un citadino, que no quiere mirarse en su espejo. Con esas pinceladas la gaita en sus versiones de tambora, tamborera, perijanera y de santa lucía se revuelca en su lago infecto, entendido que somos un mero pueblo de camino. Maracaibo y sus alrededores estancado, niños que en vez de ir al museo científico-tecnológico, como borregos son llevados en peregrinaje a ver una tabla en su basílica y a mirar a su plazoleta versallesca, llamada Monumento a su Chinita; va camino a su degolladero cantando su gran mentira de creer que su gente es la mejor de este mundo y con aquello de venìte pa Maracaibo/a la feria de la chinita/aquí la cosa es bonita/ en el bello paseo del lago. La gaita es triste decirlo es mera letra para la dominación del imaginario social de un pueblo, que todavía se siente pueblo; donde con algarabía dice una de sus últimas que él nació gaitero para cantarle a su chinita. ¿Cuándo la poblada tomará el Palacio de los Cóndores y ponga a Miraflores de rodilla, para que el canto sea diferente en esta tierra, que puede ser todavía una gran nación?

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