Opinión Nacional

La generación iPod (II)

En los manuales de táctica y estrategia revolucionaria que leíamos cuando teníamos la edad de los muchachos que ahora marchan, nos describían las etapas de la lucha para la liberación del pueblo en este orden:
1) los estudiantes salen a la calle e inician las protestas
2) sectores intelectuales y de la clase media se les unen
3) los trabajadores se contagian y se unen con miras a la huelga general insurreccional
4) finalmente los militares terminan apoyando el movimiento y el régimen cae.

En Venezuela, como todo lo hacemos al revés, las etapas de la resistencia democrática han sido:
1) los militares se pusieron a bailar, a dar y recibir misas en la Plaza Altamira
2) trabajadores (CTV) y patronos (FEDECAMARAS) se juntaron en una insólita conciliación de clases para llamar a un paro general que se declaró como indefinido sus primeros pasos
3) la clase media hizo guarimbas trancando avenidas y autopistas
4) ocho años después de instalado el Presidente, finalmente los estudiantes salieron a la calle como movimiento a protestar para defender sus libertades y derechos.

¿Son estas movilizaciones el cierre de un anticiclo o el comienzo de un ciclo en sentido correcto?
Habría que comenzar respondiendo que la política no posee fórmulas ni recetas infalibles: no sabemos adonde llegaremos a partir de estos movimientos recientes. La futurología y los manuales de táctica y estrategia pueden ser útiles como ilustración de otros movimientos o como herramientas comparativas: pero su capacidad predictiva es una superstición similar a de la astrología y ambas cumplen, en el mejor de los casos, una finalidad de autoayuda personal o política, pues se termina apuntalando con argumentos pseudo-científicos lo que ya de antemano lo se quería creer, es decir, son wishful thinking.

De manera que no deberíamos tratar de responder con visiones sobre etapas y plazos a la pregunta sobre el futuro del movimiento estudiantil: a lo sumo, podemos describir algunas líneas de fuerza políticas que convergen en el país en este momento, esperando que sean de alguna utilidad para el lector perplejo y para los mismos estudiantes ahora que se les avecina la lasitud de las vacaciones de verano.

1.- Creo que no debemos recargar a los estudiantes, como bien advirtió Fernando Mires a su paso por Venezuela. Cierta oposición inmediatista quiere convertirlos en lo que podríamos llamar ‘el sujeto revolucionario de oposición’, es decir, la clase, el grupo, el instrumento, que logre lo que esa mencionada oposición no ha logrado: derrocar al Presidente. Los estudiantes tienen limitaciones obvias:
a) tienen intereses sectoriales concretos que deben con justicia cuidar y defender, como por ejemplo graduarse, o defender la autonomía universitaria
b) su condición de estudiantes es contingente: no van a serlo toda la vida, así que cuando se gradúen dejarán de ser las dos cosas, estudiantes y dirigentes estudiantiles, y su agenda de vida personal, social o política cambiará radicalmente, aunque tal vez muchos de ellos decidan continuar en la política cambiando el rol de estudiantes por el de dirigentes políticos dentro de organizaciones políticas profesionales y declaradas, como los partidos o el parlamento
c) como movimiento, no pueden sustituir el rol de los partidos políticos, esto es, servir de interfaz entre los diversos intereses de los grupos y sectores de la sociedad venezolana, agregarlos, conseguir una coordinación y orientarlos hacia un modelo político que se organice en un movimiento con miras a derrotar democráticamente al actual gobierno para cambiar el rumbo político de la nación. Eso sólo lo pueden hacer los partidos que vengan, que nazcan de esta coyuntura, y los estudiantes lo saben y lo han manifestado en varias ocasiones: no nos pidan tanto.

2.- Quizás el movimiento estudiantil sirva para despertar nuevamente a una oposición democrática que, seamos justos, ha luchado duro durante ocho años y que se tomó un descanso luego de las elecciones presidenciales de 2006: así que sería injusto ver esta irrupción juvenil como si los sectores de la oposición hubieran estado dormidos como Rip van Winkle y ahora estos jóvenes ‘puros’ hubieran sonado el despertador político y de resistencia democrática de la nación. Tal vez sean un eslabón más en una ruta política de sentido común que arrancó cuando se derrotó a los abstencionistas en diciembre de 2006 y la oposición ayudó a legitimar al Presidente, pero también se legitimó y de manera impecable, a nivel nacional e internacional.

3.- Digo lo anterior porque en este caso el orden de los factores sí altera el producto. No es lo mismo presentarse ante la opinión internacional con denuncias teniendo como background inmediato un paro o un golpe de Estado: en aquellos momentos, el actual proceso era visto como la víctima, como un gobierno popular asediado por golpistas y oligarcas. Claro que esto último no es cierto: dentro de la oposición hay sectores muy democráticos y sacrificados, de todas las extracciones sociales: pero la percepción también era cierta, es decir, era cierto que nos percibían desde afuera –aunque injustamente- de una forma que le convenía mucho al gobierno, debido en parte a muchos errores de la dirigencia opositora. Pero ahora el panorama cambia, y también la percepción: cuando dirigentes civiles y políticos de la oposición van al extranjero a denunciar el cierre de RCTV o cualquier otra medida autoritaria, ocurre lo contrario, pues cuando los funcionarios del gobierno tratan de descalificarlos ante la opinión internacional diciendo que son golpistas, oligarcas o cachorros del imperio, los observadores ripostan: ‘Disculpe Canciller: ¿usted se está refiriendo a la oposición democrática que compitió con ustedes en las elecciones y reconoció el triunfo del actual Presidente legitimándolo de nuevo?’. Ese nuevo orden de los factores quizás ayuda a que las denuncias por el cierre de RCTV o la movilización estudiantil también en defensa de la autonomía universitaria no hayan podido ser ideologizadas ni descalificadas por el actual proceso: no han podido convencer a nadie de que en estos dos casos presenciamos una lucha revolucionaria entre proletarios nobles y malvados oligarcas. Al marcarle el campo de juego al gobierno en diciembre pasado, la oposición ha convertido el juego en político, en oposición democrática versus gobierno con tendencias autoritarias, quedando la discusión ideológica para el modelo de país, o el debate entre socialismo del siglo XXI versus democracia social avanzada o lo que sea que salga como modelo alternativo desde la oposición. De manera que los estudiantes no han podido ser asimilados con la oligarquía, ni con el imperio, y ni siquiera con los partidos políticos de la oposición, que aún están en terapia intensiva de recuperación. Todo lo anterior me parece sumamente positivo, y es en parte el resultado del esfuerzo denodado de los sectores más pensantes de la oposición, los más veteranos y de mayores convicciones democráticas, en su lucha interna para derrotar a los antipolíticos, los golpistas, los amateurs, los aprendices de brujos y todos aquellos que andan buscando un atajo para derrocar al régimen.

4.- Nótese que no es lo mismo derrotar que derrocar. Muchos estudiantes han reconocido que se sienten de oposición, que no les asquea la idea de los partidos políticos, aunque éstos deben adaptarse a las nuevas realidades que la globalización, las nuevas tecnologías y el simple paso del tiempo han introducido en la política. Los partidos tienen una gran tarea por delante, pero afrontan un prerrequisito: deben deslastrarse del modelo de ‘centralismo democrático’ o del modelo glotón que los hacía tratar de devorar todos los espacios de acción pública que creaba la sociedad: sindicatos, grupos estudiantiles, gremios profesionales, hasta las juntas de vecinos. Me explico: para seguir adelante con más posibilidades luego de esta explosión estudiantil creo que ayudaría mucho que finalmente los partidos de la oposición redefinieran su ideario, su modelo de país y el rol que quieren cumplir al lado –y no arriba- de tantos movimientos y redes sociales que están actuando exitosamente y de manera autónoma –aunque sin coordinación- desde hace más de dos décadas. Los partidos de oposición no pueden dirigir, ‘jefear’, a esos movimientos. Tales partidos requerirían convertirse en una red de redes, en una coordinación de intereses, en un impulso de orientación general que cada tanto tiempo va a proponer candidatos a los cargos públicos y que en un momento dado pueden proponer un candidato que derrote al Presidente. Eso es político menos que ideológico, aunque el modelo de país sí requiere un cierto debate ideológico.

5.- Creo que en un momento dado los estudiantes –y una buena mayoría de los venezolanos- van a decir sin remilgos, sin odios y también sin complejos de culpa: ‘Sí, quiero derrotar al Presidente, no derrocarlo: eso es lícito, no es pecado, no es oligárquico ni imperialista y además está en la Constitución y es algo perfectamente democrático: y tal fin nos estamos formando políticamente, estamos debatiendo un modelo alternativo de país para corregir el rumbo, y nos estamos organizando mediante las redes civiles coordinadas por los nuevos partidos’. Esa es una agenda propia, no una impuesta como provocación desde ‘Aló, Presidente’.

6.- Un jesuita a quien admiro mucho no se cansa de decir que los venezolanos nos podemos poner de acuerdo muy fácilmente sobre cuatro o cinco temas básicos como la lucha por una mejor educación, lucha contra la pobreza, lucha contra la inseguridad, así como sobre el deseo de un régimen de libertades con mecanismos políticos democráticos. Quizás por eso el llamado estudiantil al diálogo y a la conciliación nacional genera tanto miedo: quienes discuten corren el riesgo de darse cuenta que no tienen muchas diferencias entre sí, y que están de acuerdo en muchas más cosas –las cuatro o cinco que dice el padre Luis Ugalde- de las que sostiene quien desde Miraflores ha sembrado un lenguaje de división y confrontación que ya tiene hartos a la gran mayoría de los ciudadanos de esta tierra de gracia.

* Filósofo. Centro de Formación Política y Ciudadana de UNT.

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