Opinión Nacional

La gran batalla

Sólo quien ha empuñado una bandera y ha salido a las calles a exigir respeto y decencia puede dar cuenta de lo que significa ser venezolano. Sólo quien se ha enfrentado a las tanquetas de la guardia nacional y ha caído asfixiado por las terribles bombas lacrimógenas, para levantarse de inmediato y volver a empuñar las banderas desafiando nuevamente a los esbirros uniformados del general García Carneiro, sabe del orgullo que se siente luego de un año luchando día a día sin cesar por restituir las instituciones democráticas y volver a ser la nación desenfadada, unida, alegre y desprejuiciada que siempre fuimos. Sólo quien fue testigo de los asesinatos escenificados por los pistoleros del régimen para seguir enfrentándose a los asesinos, sin sentir una gota de temor, sabe qué se lleva en el corazón cuando se ha nacido en esta patria.

Si alguien no podía explicarse cómo fue posible que una capitanía pobre y extremadamente modesta como la Venezuela del 1800 pudiera enfrentarse a la primera potencia imperial del mundo y sacrificara un cuarto de millón de vidas para obtener su independencia, enviando a sus hombres a través de imponentes cordilleras, llanos infinitos y ríos tempestuosos para independizar Colombia, Panamá, Ecuador, Perú y Bolivia, ahora ya lo sabe: que mire a este pueblo que sale día a día, por cientos de miles, por millones, a desafiar el poder de una autocracia militar y comprenderá que el venezolano, después de dos siglos, sigue siendo el mismo: igualitario, corajudo, infatigable ante la adversidad y capaz de exigir lo que considera justo y decente: la libertad, la justicia, el respeto.

En 1958, un siglo y medio después de la independencia, estos hombros de América -como llamara a nuestro país el gaditano Rafael Alberti-, fueron el escenario de un feroz combate entre dictadura y democracia. Castro se impuso en Cuba sobre la corrupta dictadura de Batista; Betancourt en Venezuela sobre la de Pérez Jiménez. Pero no fue esa lucha contra el pasado la que se libró entonces: fue la lucha por el futuro. En Cuba se impuso una dictadura autocrática, la más longeva de nuestra historia y una de las más longevas de la historia de la humanidad. 43 años lleva gobernando con mano de hierro Fidel Castro y no se vislumbra tras su muerte otro futuro para el sufrido pueblo cubano que la coronación de su medio hermano Raúl. En nombre del socialismo: dos siglos de independencia continental para tener una monarquía hereditaria en el Caribe. En esos mismos 43 años se han sucedido 9 períodos presidenciales en Venezuela. Betancourt ya no está entre nosotros. Y en una prueba de generosidad sin límites, hasta hemos permitido que un fracasado coronel golpista fuera exonerado de pagar sus delitos y llegara a ser electo presidente de la república.

Bien quisiera Chávez cerrar esa brecha de 43 años y enhebrar nuestra historia con la de Cuba, haciendo tabula rasa de nuestras tradiciones, de nuestras instituciones y del espíritu igualitario y libertario de nuestro pueblo. Castro bien daría su vida por terminar de hollar el territorio que el coraje de Betancourt y nuestro pueblo en armas le negara hace 40 años, cuando fuera derrotado sin contemplaciones, militar y políticamente, sobre un territorio que jamás fue ni será suyo. Y hasta ha logrado en ese mismo teniente coronel golpista encontrar al caballo de Troya de su ambición, la quinta columna con que pretende liquidar aviesamente lo que jamás logró en los campos de batalla. Dos traidores, dos cobardes, dos tiranos intentando torcerle el cuello a un pueblo indómito.

Castro tampoco podrá esta vez coronar con éxito su intención imperial. Y si a esa siniestra celada se suma Lula da Silva, que sepa el futuro presidente del Brasil que también saldrá trasquilado. Ya en su país comienzan a reclamarle la cobarde asistencia que pretende prestarle a su compañero del Foro de Sao Paulo, entrometiéndose en nuestros asuntos internos. Ahora mismo estará conociendo del viento helado de la pérdida de popularidad. Pues en Venezuela se está librando nuevamente la gran batalla entre la democracia y la dictadura. Derrotado Chávez, terminaremos por fin de dar una vuelta definitiva a la página del delirio y la sinrazón. Frente a Lula no hay caminos intermedios: democracia o dictadura. Si se presta a darle auxilio a este gobierno deslegitimado y agonizante por sobre la voluntad mayoritaria de nuestro pueblo, habrá dejado caer su máscara de demócrata de ocasión. El fracaso le espera a la vuelta de la esquina. Deberá asumir más temprano que tarde las consecuencias internacionales de tal intromisión. No lo olvidaremos.

Que Lula vaya poniendo sus barbas en remojo. Si sigue la senda de su amigo y camarada golpista, a la vuelta de un tiempo que está muy próximo comenzará a conocer las hieles del rechazo. Venezuela anticipa el futuro. Como hace dos siglos. Es bueno saberlo ahora, cuando estamos librando la gran batalla.

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