Opinión Nacional

La gran estafa

UN RECUERDO CINEMATOGRÁFICO

Dentro de las películas que recuerdo de mi adolescencia está una, “El Cid”, sobre la vida –y amores, que Doña Jimena era interpretada nada menos que por Sophia Loren- del legendario Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid Campeador. La película tenía todos los ingredientes y sazones de las grandes súper-producciones típicamente hollywoodenses: música de Miklós Rósza, un cast todos-estrellas, ¡tres horas! de duración, y filmación realizada en los lugares de España donde se desarrolló la vida de El Cid. Toda una épica que hacía fácilmente identificables ante los ojos de un adolescente a unos supuestos malos y buenos que, como se conoce por los datos históricos, en materia de ambición de poder no fueron tan distintos. Otro hecho a destacar: el papel del Campeador fue asignado –decisión que estaba de anteojito- al supremo galán de las películas históricas de entonces: Charlton Heston, héroe inolvidable de “Ben Hur” y “Los Diez Mandamientos”. Con demostrada recta de cien millas para dichos papeles.

El asunto es que la película, si bien un éxito de taquilla, está llena de anacronismos de todo tipo donde la guinda es un final algo exótico: el hombre muere, por heridas de combate, en Valencia. Pero es tal el temor de los moros ante la leyenda de El Cid, que sus lugartenientes deciden sacarle provecho al cadáver a pesar de que –o precisamente por ello- ya estaba más tieso que Boris Karloff interpretando sus papeles de momia egipcia. Lo montaron en un caballo, aseguraron su posición más o menos vertical, y así lo lanzaron a la cabeza de una nueva carga cristiana. Los moros, que ya estaban celebrando que a su enemigo más temible le habían cantado el tercer strike, al verlo erguido en su cabalgadura, enhiesto y con mirada pétrea y firme, corrieron en desbandada.

O sea que según Hollywood, El Cid, después de muerto, derrotó a sus enemigos. (No  crea el amigo lector que este recurso no había sido usado antes, incluso de manera más extravagante: Cecil B. DeMille, quien dirigió por cierto a Heston en “Los Diez Mandamientos”, puso a Gary Cooper a hacer lo mismo, esta vez con decenas de cadáveres de casacas-rojas británicos, en “Los Inconquistables” (1942), con el encomiable fin de salvar a la siempre hermosa y muy pelirroja Paulette Goddard, y de paso poner en fuga a un ejército de indios Senecas, jefeados nada menos que por el ya mencionado y obviamente versátil Boris Karloff.)

LA GRAN ESTAFA

Gracias al diputado opositor Carlos Berrizbeitia nos hemos enterado que los gastos del tratamiento de la enfermedad del Guía Supremo de la Patria ya superan la astronómica cifra de 12 millones de dólares de EEUU. Eso sí, los venezolanos no podemos saber cómo avanza y cuál es la naturaleza exacta de su mal.

Más allá de las jaladas-disfrazadas-de-buenos-deseos del mandarinato chavista, tan puntuales como un tic nervioso, toda la cátedra está de acuerdo con el hecho -a esta altura no desmentido por nadie serio- de que el barinés está en tercera a punto de anotar. Con cualquier cosa llega al home, hasta con un rolincito.

No obstante este hecho, que determina toda la conducta de la pasteurizada y homogeneizada tribu chavista, los venezolanos estamos a punto de sufrir una nueva estafa. Esta vez la irrealidad chavista quiere copiar a Hollywood.

Al tiempo de escribir estas líneas ambas opciones políticas criollas anuncian su futura inscripción ante el CNE para las elecciones de octubre. De Capriles se conocen cada uno de los detalles de ese día, típica situación de una candidatura democrática. La transparencia ante todo.

El otro sector, como todo el país, se encuentra a la espera de la decisión del Gran Enfermo de si se presenta como candidato, o unge a un sucedáneo. Hasta ahora, el autócrata pareciera no ceder en su deseo de presentar su nombre para la lid octubrista. Y de suceder ello, se estaría cometiendo la estafa de marras.

Podrá ser todo lo legal que usted quiera el que Chávez se presente como candidato; pero ¿cómo explicar la candidatura a la presidencia de alguien que ya hoy está incapacitado para ejercerla, y de hecho no la ejerce? ¿Cómo puede ser candidato alguien que según lo sabido de sus males, no podrá terminar el próximo periodo presidencial? Una auténtica inmoralidad. Claro, no es precisamente la primera de este régimen reñido con toda decencia.

 

Diógenes Escalante no pudo ser candidato, en 1945, por su grave enfermedad mental. Chávez, estemos claros, no debería ser candidato ante la aparente irreversibilidad de sus dolencias.

 

Una idea pudiera ser la siguiente: que Chávez acepte someterse a un chequeo médico, realizado por especialistas venezolanos -que los hay, y muy buenos, mejores que los castristas que al parecer pusieron la torta-, quienes de forma objetiva determinarían e informarían ¡por fin! cuáles son los males del tirano, y si está en capacidad física y mental de ejercer la presidencia en el próximo periodo constitucional.

Lo que estamos viendo y viviendo los venezolanos, con un montaje cuasi-teatral de la aparición por cuenta-gotas del enfermo, en grabaciones de TV o en Twitter –la corrupta manipulación de su enfermedad con fines electorales- es una auténtica desgracia, inaceptable en una sociedad civilizada, pero por lo visto aceptable en el país chavista, más parecido a una inmensa cárcel de La Planta, en la cual nos quiere meter a todos el mártir del calvario robolucionario. Que alguien por favor le diga a Chávez que lo del cuento del Cid Campeador fue sólo un invento cinematográfico. Nada más.

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