Opinión Nacional

La guerra tibia

Entre Venezuela y Colombia no habrá guerra ofensiva, ni guerra defensiva, ni guerra de guerrillas, ni guerra de baja intensidad, ni guerra asimétrica, ni guerra de cuarta generación, ni guerra electrónica, ni guerra fría; ni siquiera una guerra comercial, apenas una guerrita tibia para satisfacer el ego de Esteban, pues las denuncias de amparo y protección al movimiento guerrillero neogranadino son ciertas.

Los nexos históricos y las relaciones económicas, políticas y sociales entre Colombia y Venezuela van mucho más allá de las diferencias limítrofes, impasses militares y altercados diplomáticos. Las estrechas relaciones entre ambas economías, la cantidad de inmigrantes colombianos en Venezuela, y el intenso comercio en la frontera, obligan inevitablemente a las buenas relaciones entre ambos países vecinos.

Ya para el año 2005 con la captura del guerrillero colombiano Rodrigo Granda, miembro de las FARC, cuya captura fue hecha en tierras venezolanas, se ordenó abruptamente suspender los lazos comerciales con Colombia. Tiempo después, en agosto de 2007, Esteban participó como mediador en la liberación de algunos secuestrados colombianos, cuya labor fue suspendida pues se comunicó con los militares vecinos directamente, vulnerando las reglas acordadas para ese proceso, ante lo cual Venezuela decidió volver a congelar las relaciones con su vecino país.

En marzo de 2008, la situación empeoró debido al bombardeo hecho por el ejército colombiano a un campamento guerrillero ubicado en territorio fronterizo ecuatoriano, que produjo la muerte de Raúl Reyes, uno de los cabecillas más importantes de las FARC. Ante este hecho, Esteban ordenó el envío de tanques hacia la frontera colombiana y solicitó el retiro del personal de la embajada en Colombia. Cuando la situación aún era tensa, fueron encontrados en poder de las FARC algunos lanzacohetes que habían sido adquiridos originalmente por Venezuela, ante este hecho Esteban manifestó que se trataba de una nueva agresión del Gobierno colombiano y una vez más congeló las relaciones.

Luego, con el acuerdo militar firmado entre Colombia y Estados Unidos en el 2009 para el uso de siete bases militares en esa nación, esto se calificó como una amenaza para Venezuela y se hizo un llamado al pueblo para «prepararse para la guerra» afirmando que si EEUU nos agredía militarmente comenzaría la «guerra de los 100 años que se extendería por todo el continente».

Ahora bien, es innegable para el Gobierno de Colombia que comparte con Venezuela una dilatada frontera, con una línea limítrofe de 2.216 kilómetros de extensión, en que la selva ocupa la mitad, y se libra un conflicto bajo la ley de la selva. Allí combaten 295 hombres del Frente 33 de las FARC, 300 del ELN y 50 del Ejército Popular del Liberación (EPL). Mantienen más de 100 rutas de la droga las Aguilas Negras y las Aguilas Doradas, bandas paramilitares de ultraderecha, y hay 150 hombres armados del grupo paramilitar Los Rastrojos en alianza con la guerrilla del ELN. Si se les agregan los 1.500 contrabandistas de gasolina y los miembros de los grupos delincuenciales que se mueven por ese vasto territorio, se tiene una idea de la naturaleza de ese viejo conflicto.

No creo que sea el momento para falsos patriotismos ni para apoyar a un gobierno cuyo espíritu marxista y socialista lo une manifiestamente a las FARC y al ELN; que fue motor impulsor de su lucha guerrillera y se transforma hoy en el capitalismo más salvaje: su lucha es por rutas de comercio ilícito de drogas y territorios de secuestros, sicariato y extorsión, cuyas cifras han aumentado al amparo de este gobierno bribón en más de un 50%.

El que tenga rabo de paja que no se acerque a la candela… será apenas una guerrita tibia.

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