Opinión Nacional

La hierba amarga del hogar

Yes, they’ll all come to meet me, arms reaching, smiling sweetly. It’s good to touch the green, green grass of home.

(Sí, todos vienen a mi encuentro, brazos extendidos, sonriendo dulcemente.

Qué bueno es tocar la verde, verde grama del hogar.)

Canción escrita por Carly Putman

De regreso a Venezuela tras una gira que sólo él y sus propagandistas han calificado de exitosa, el Presidente de la República experimentó esa cruel desazón que sentimos los venezolanos al volver a nuestro país tras una incursión en el extranjero. Por breve que sea el viaje, nada más pisar el aeropuerto nos abruma el desorden, la falta de planificación, la pillería, el abuso de autoridad y –una vez en la vía que conduce a las ciudades– la miseria, el deterioro del paisaje, las pavorosas vallas con su rostro, la visión de un país destruido a toda máquina.

Algo de esa fealdad ha debido golpear a Chávez cuando la percibió, de vuelta de Europa, mientras andaba por Los Símbolos, aislado en su lujoso automóvil blindado que, sin embargo, le permitió atisbar los destrozos que su gobierno le ha causado a Caracas.

En el Aló, Presidente del domingo pasado, transmitido desde la avenida Victoria de esta capital, el jefe del Estado comentó que había pasado por Los Símbolos y que se había llevado un disgusto… por lo alto que estaba el monte. Agregó que había tratado de llamar a Freddy Bernal pero que no lo había conseguido (el pobre pésimo alcalde de Libertador se salvó de que Chávez iniciara con él la ronda de degradaciones que emprendió contra sus seguidores en franca proyección de las humillaciones que él mismo había padecido en su reciente recorrido).

Llama la atención que el síndrome de Maiquetía –esa angustia que atenaza al repatriado cuando ve desfilar ante sus ojos el desastre hincado en su país– afecte al Presidente con tal precisión: a él lo que le molesta es que la paja ha crecido más de la cuenta. Como el sargento cuya única tarea es asegurarse de que, cuando el comandante pase por el cuartel, los brocales se vean decentes.

No ve la depauperación generalizada. No sabe lo que ocurre en los hospitales. Ignora la intensa actividad de las morgues y lo mal equipadas que están. No percibe la fealdad de Caracas, un hecho brutal que abofetea a los caraqueños que han emigrado y regresan a su ciudad tras un par de años de ausencia. No oye el clamor de un pueblo sin vivienda, sin salud, sin protección alguna frente a la creciente violencia, sin justicia, sin responsables ante la descarada corrupción.

Los sectores populares sufren el debilitamiento de las misiones, cuyo olvido oficial es indicio clarísimo de que fueron un instrumento electoral y no una verdadera herramienta, por incipiente que fuera, para paliar la urgente deuda social de la que Chávez habla y que no ha hecho sino agravar.

De regreso de sus viajes, pautados en solitario y sin consulta a la Asamblea Nacional, a Chávez le choca la maleza. «Ahí debería haber gramita», descubrió. La hierba de la patria, al contrario de la hierba que cantaban Tom Jones y Jhonny Cash, entre otros, no es verde y muelle para Chávez. Es amarga e hirsuta. Y no la cruzan las figuras familiares con los brazos extendidos para recibirlo. Al contrario, hasta Freddy Bernal, que le debe todo, que es su invento y su hechura, se le esconde.

Si levantara los ojos del suelo de donde brota la paja seca, Chávez vería unos ambulatorios sin médicos, muchas madres llorando sobre una fotografía estrujada y borrosa de tantos besos, unas cárceles donde los seres humanos dejan de serlo a la hora siguiente de su ingreso, unas comunidades sin vivienda y unos jóvenes pensando en irse del país en busca de vergeles y oportunidades que aquí les están negados.

Si Chávez elevara su mirada de la cuneta, vería un país sin esperanza, entre otras cosas porque él dejó de serlo. Porque sus promesas, sus discursos, terminaron por encubrir una banda de malhechores, de negociantes, de corruptos, de ineficientes. Si Chávez abriera los ojos advertiría que cuando lo mandan a callar por segunda vez –ahora por escrito– es que en verdad lo están tratando como un mero jetón.

Y cuando vea la breña cubriendo las calles, las fábricas, las escuelas y los museos, entonces verá su obra terminada. Es para amargarse.

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