Opinión Nacional

La Iglesia en grave encrucijada

                        A los  maestros Aurelio Busot, Emilio Fereira, Marienbad Belugheilig                                                         

            Esta  Iglesia, la católica, apostólica y romana, que vive en estos tiempos su mas compleja encrucijada, tiene siempre en Jesucristo, solo en ÊL, la posibilidad de salvación. Pero como Él tiene que hacer de la verdad su ética, de la moral su templo. De su praxis religiosa, el mas alto equilibrio que conjugue el compromiso trascendental de la salvación humana y la lucha por la justicia, la equidad, la razón en su aquí y ahora. Asumimos que este esfuerzo, tan exageradamente complejo y difícil de adelantar tiene un muy grande espacio en actuaciones como la Caritas, Fe y Alegría, Educación, Salud, atención a niños, ancianos, hambrunas en el mundo, trabajos parroquiales que hacen de Dios huésped en cada casa y de su iglesia, la casa del pueblo,  pero estas acciones están  muy distantes de las relaciones del poder institucionalizado tanto en el seno de la Iglesia cuanto con el Poder  mundial  y sin tener como propósito  enfrentarlo, solo que en esa acción siempre hay un enfrentamiento con la ineticidad del Poder, entonces no gozan del aplauso ni del reconocimiento del cual son objeto sus cómplices. Sea esto dicho para que se comprenda la intención del texto y para la necesaria participación en el diálogo necesario que reclama  romper la complicidad del silencio, que inevitablemente de mantenerlo podría devenir en caos, tal vez en catástrofe.  Del mismo modo es de recocer el peso de  la sabiduría, habilidades y recursos de la Iglesia para superar situaciones de muy grandes dificultades en su historia, cuando siempre tuvo como salir de ellas recurriendo  a acciones donde el poder estuvo por encima de la razón, pero, hoy sin minusvaler el poder real que el Vaticano tiene, son otros tiempos. La inquisición interna se hace ineficaz, el poder de la razón, de la ética  se hacen “propiedad de todos” y ello permite abrir todo tipo de puertas. Los medios de comunicación  en su heterogeneidad  de intereses y formas (de masas, individuales, redes…) son  la muerte de cada inquisición. La velocidad con la cual se dé depende, pues, de romper la complicidad del silencio por la palabra buena, ética, bella, justa. Y en ese sentido es imprescindible recordar que la  palabra huera, que la palabra de la infamia, la difamación y la calumnia es el mayor aliado de Satán, quiero decir del Poder que se alimenta de la manipulación, de la mentira y de la fuerza para mantenerse. Prevenidos y a la par advertidos, invoco la crítica de mis generosos lectores para, sin ambages, eufemismos, desmontar los errores en los que haya incurrido.

            Iniciemos el breve recorrido por los más aparentemente sencillos. El matrimonio, el primero. Obviemos las causas que generaron las “razones” para imponerlo.  Hoy es un reclamo a gritos desde dentro y de afuera.   Las motivaciones, razones, causas y principios están cuidadosamente sustentados tanto en las fuentes del cristianismo, cuanto en la biología y en los reclamos que una sociedad en crisis hace a sus guías.  Es  el reclamo para  superar aquello de haced lo que yo os digo no lo que yo hago, es hacer verdad que “la palabra convence y el ejemplo arrastra”. Es, en fin, hacer del matrimonio el núcleo moral y práctico, a la vez, de la familia y, en consecuencia, el paradigma de la sociedad en su conjunto. Pero la permisión del matrimonio es más complicada de lo que vemos. ¿Sería opcional u obligatorio y universal? Vale decir, ¿alcanzaría tal potestad a las monjas? ¿Sería voluntario? Que tipo de relaciones de trabajo serían necesaria para satisfacer obligaciones de familia, comida, casas, educación, salud…? Y para el colmo,  ¿se permitiría el divorcio? Quizá este último sea menos grave de atender, porque  la institución matrimonial siempre tuvo límites,  solo alcanza a ser válido mientras la pareja vive, al morir uno de ellos se disuelve y quien sobreviva puede casarse otra vez por la Iglesia.  Del mismo modo, en circunstancias muy especiales  la Iglesia puede  disolver el lazo matrimonial. De forma  que habría respuestas posibles. En un punto está obligada la Iglesia, por principios, a rechazar las uniones distintas a las de varón y hembra. Pero, ello se incorporaría al debate casi automáticamente, porque también en el seno de la iglesia hay homosexuales que, a ocultas, demandan sus “derechos” y la opinión externa, la pública y gobiernos de distinto tenor han legalizado y aun legitimado como derechos humanos tales relaciones.

            Un segundo problema es la discriminación sexual para el ejercicio sacerdotal. Este es un límite que la Iglesia está obligada a resolver. En la ausencia de equidad en esta “machista” conducta ha habido una agresión no solo a la mujer, a ese insigne ser tan privilegiado del propio Creador, al crearla ya no de la tierra, sino de una obra perfecta de sus manos hechas, como es el hombre, por tanto más perfecta ella, sino por razones  sublimes: la madre de Cristo es una Mujer. Esta aberración tiene causas ajenas a la doctrina de Cristo, vinculadas a la cultura del Poder, cuyas hegemonías siempre estuvieron en manos de hombres, varones o no. El más excepcional acto divino es haber hecho de la mujer su madre. Perdóneme lector mi indignación perenne en este caso, pero para graficar mejor, Dios, que todo lo puede, bien pudo convertirse en hermafrodita y parir de sí mismo a su Hijo o haber tomado otra elección; pero no! Hizo la elección tan especialmente bien hecha que con su omnisapiencia, seguro que exclamó, que era buena, lo que siempre dijo de sus hechuras, tal reza el Génesis.

            Un tercer problema grueso, los niveles de participación. Los clérigos y los feligreses aspiran tener  capacidad de decisión, al menos de orientaciones vinculantes, en algunas decisiones de la jerarquía, siempre inconsultas, o casi siempre, tanto mas cuanto se trata de las relaciones de la Iglesia con el Poder interno. No es, pues, cuestionar la doctrina, cuyas fuentes permanecen incólumes en los Testamentos, (Mateo, Marcos, Juan, Lucas) o en las maravillas conceptuales de Pablo, sino de cuestiones de una nueva índole, como por ejemplo, la elección de obispos, la orientación en la formación sacerdotal, las  cuestiones fundamentales de la evangelización, la apertura ecuménica, los seguimientos a decisiones como las del Concilio Vaticano II, muchas de las cuales se subestiman, se escamotean o sencillamente se ocultan por conveniencias. Cuan valiosa seria la participación de los clérigos y de los feligreses en cuestiones que tan directamente afectan a la humanidad, y a la Iglesia especialmente, tales como  el celibato, el incesto, la pederastia, y otros campos de tan elevada significación como los problemas de la bioética, la medicina, el aborto, la investigación científica, las cuestiones teológicas y filosóficas, pero también las cosas mas sencillas de la vida, como el placer. Hay un rechazo a las decisiones verticales, obligatorias, impuestas, tanto peor si en ellas se puede observar detalles contra la libertad, la ética, la equidad, la justicia. En esa dirección de participación ha de verse la permisión de usar preservativos. Excepcional triunfo de la razón, del humanismo positivo, y así ha de verse el valor inmenso de permitir su uso. Lo hemos estudiado en otras partes, pero sea bueno recordar que implica aceptar control racional de la natalidad, preservación de la salud ante los graves riesgos, como el SIDA, pero más allá de eso, quitar al placer el estigma de pecado. 

            Un cuarto tema, tal vez el más agudo y difícil de superar: las relaciones de la Iglesia con el Poder externo, mundano. Convertida la Iglesia en parte del Poder, poder ella misma muchas veces hegemónica, tal como se constata desde la Conversión de Constantino hasta nuestros días, con muchos matices, desde luego, se ha planteado la necesaria revisión de este mal proceder. Proceder más cercano a Satán que a Cristo. Esfuerzos vitales hizo Juan XXIII. Valga el ejemplo quizá mas radical, la “destitución” del santoral de muchos a quienes su obra, sus hechos, no respondieron al cristianismo de Cristo, sino a otras relaciones que escondían el mensaje de Cristo, entre ellas, desgraciadamente las relaciones de poder y los de beneficios que la manipulación permitía con la tolerancia de un sincretismo  que lejos de profundizar el mensaje de Cristo, lo banalizaba, mediatizaba, lo degradaba en función de la expansión y consolidación del poder ideológico y material de la Iglesia, que no de la doctrina de Jesús. Como se dijo desde el principio y reafirmo aquí, el gran debate de la Iglesia ha sido el mismo, será el mismo, la confrontación entre el Jesús del Nuevo Testamento, entre la redención de la humanidad, y las macabras relaciones con el Poder. El poder económico, el político, el ideológico (donde el cristianismo católico se hizo hegemónico) no puede mediatizar las decisiones de la Iglesia.

            Y es en el seno de la Iglesia donde tiene vida ese conflicto hermoso, bueno. El Concilio Vaticano II, La Teología de la Liberación, los maravillosos acuerdos de la Conferencia de Obispos en Puebla, las denodadas luchas contra la discriminación racial, su compromiso por la libertad son evidencias de esas búsquedas, como también sirven para medir el poder de sus opuestos.

            Es de vital importancia en este punto, sin que se agoten los temas en este breve trabajo, el observar como el mayor de los problemas éticos y teológicos de la iglesia, es la sustitución del discurso ético cristiano, por el discurso meramente político. Y político en el sentido despectivo en el cual se usa. A tal efecto que en casos muy concretos, como el venezolano, hay evidencias de sustitución del mensaje teológico por el marcadamente político. El necesario enfrentamiento no se da entre la doctrina de Cristo y las diversas doctrinas, ideologías y conductas para sustentar el poder, sino que se ha degrado hasta hacer propias las dicotomías Capitalismo-libertad/ socialismo-dictadura. Democracia/comunismo. Y hacerlo como si el mundo se hubiese estacionado a principios del pasado siglo. Para un buen sacerdote, monja, obispo, un feligrés, el discurso y la práctica política de Chávez no puede asumirse como el enfrentamiento formal entre comunismo/dictadura contra capitalismo/democracia, ni mucho menos entre lo sagrado y lo profano, bien y mal. Las respuestas también para la Iglesia y mas por ser ella en la situación presente, que tienen el soporte ético, de irrenunciables principios en Jesús, reclama, tal como Él procedió, de la fundamentación en los aportes de la nueva ciencia y de la ética universal para superar las severas interrogantes de un modelo sui generis que se empeña en hacer de Jesús y de los “espíritus de los llanos” una unidad  para consolidar su ideología en el control religioso popular. Con extrema urgencia hay que superar la oposición Moronta/Porras, Vidal/Palmar, que de continuar veríamos canonizado a Chávez, beatificado a José Vicente o condenados a los infiernos, según las ópticas en juego.

            Finalmente la Iglesia no puede seguir escondiendo sus problemas morales cuyos daños son inconmensurables. No puede haber lenidad ante hechos como la pederastia ni excusarse señalando que son casos aislados de estricta responsabilidad de quien comete tan abominable delito. Del mismo modo es imprescindible el debate abierto sobre la temática aquí sintetizada y no única. Fuera han quedado temas como la resurrección, la Iglesia y los alcances de la Ciencia, la tecnología, etc. que van reclamando avanzar para ampliar la teología y el humanismo cristiano… y para lo cual son necesarios encuentros para la reflexión, que son buenos, pero sobe todo, que en cada parroquia, en cada casa, abordemos el futuro que ha de hacerse sin desconocer el ayer pero construyendo hoy el mañana. Esta Iglesia, la católica, apostólica y romana, que vive en estos tiempos su mas compleja encrucijada, tiene siempre en Jesucristo, solo en ÊL, la posibilidad de salvación. Pero como Él tiene que hacer de la verdad su ética, de la moral su templo. De su praxis religiosa, el mas alto equilibrio que conjugue el compromiso trascendental de la salvación humana y la lucha por la justicia, la equidad, la razón en su aquí y ahora.

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