Opinión Nacional

La ilusión de la fantasía

Se habían encontrado a la salida de la estación Capitolio y caminando reposadamente el grupo de ancianos jubilados pasó frente al Palacio Federal obra de Antonio Guzmán Blanco, mirando las rejas negras de hierro forjado donde todavía se observaban las iniciales del Ilustre Americano. Vestían casualmente. Francisco Hernández llevaba unos vaqueros azules y una camisa gris a cuadros. Elpidio Durán era más formal: unos pantalones grises y camisa azul de manga larga. Ernesto Michelangelli venía también de jeans y una camisa de manga corta dejaba escapar sus musculosos brazos, muy tostados por el sol caraqueño, lo mismo que su cara. Bordearon el Salón del Tríptico, todavía hoy despacho oficial del presidente de la República y torciendo hacia la esquina de las Monjas, se entretuvieron un momento observando las cariátides de la fachada norte. Subieron los dos escalones de la entrada suroeste de la Plaza de Bolívar y allí se encontraron con otro amigo, el portero de la Casa Natal, Pedro Juan González, «Pura fibra» para sus íntimos. Un pantalón azul marino y camisa blanca le daban el aspecto típico del guardián.. Como siempre que se reunían aquí, fueron en busca de sus sillas plegables de madera, que guardaban por concesión especial en el sótano que hoy ocupa la Biblioteca, debajo del antiguo podio para la Banda Marcial Caracas. Los árboles los cobijaron con su sombra, esta mañana cálida de verano. Las lluvias, si venían, lo harían por la tarde en esta época.

Fue Pedro Juan quien comenzó el coloquio.

–Hace unas semanas soñé con el Mariscal. En realidad no supe si fue un sueño o una premonición.

–¿Cómo es eso? –le preguntó Elpidio.

–Me pareció tan real, pero anciano con el pelo blanco como nosotros y pensé también en el verso de Andrés Eloy Blanco, aquél que comienza «yo vi una vez en sueños al Mariscal anciano…»

–¿Y te dijo algo? –terció Francisco.

–Eso es lo más grave. Hablaba de la cosecha de odios que produjo a Boves y de la que se está sembrando en la actualidad. Me ha dejado preocupado. Por eso les dije que quería hablar con ustedes aquí en el mismo centro de la patria. Porque las cosas que se están diciendo no son muy edificantes. Piensen no más en lo dicho por el ministro de la Defensa en contra de los obispos. Eso le va a salir caro, porque esa gente no olvida y según lo dijo el nuncio ahora los apoya el Papa.

Los tres cerditos

–Quizás «El Universal» tuvo razón al publicar el 6 de julio la foto de la Junta. –apuntó Ernesto Michelangelli–. Como italiano que soy de nacimiento, siempre me dan mala nota los uniformes y la política.

–Tú, Ernesto, entonces recién venido de Italia, puede ser que no lo recuerdes, pero ustedes dos sí tienen que acordarse del asunto de «Los tres cochinitos». –expresó Francisco.

–Yo, sí. –dijo Elpidio.

–Yo también. –apunto Pedro Juan–. Como si fuera ayer. Si mal no recuerdo fue una caricatura en que aparecía una botella de aceite «Los tres cochinitos». Fue una acción valerosa. El periódico en que la publicaron fue clausurado y sus editores encarcelados. También cerrarían «(%=Link(«http://www.el-nacional.com/»,»El Nacional»)%)» por un fuerte editorial de Miguel Otero Silva y éste enviado a prisión. Con eso se le advertía a la prensa la intolerancia del régimen. Porque como en el cuento, uno de los cerditos era un tipo práctico que se metió en el bolsillo al lobo feroz

–Pero lo que yo recuerdo más era que la gente esperaba la edición del sábado siguiente de «El Morrocoy Azul», para ver que diría su director del asunto. Y claro que el inefable e inolvidable «Dominguito» lo hizo. Les metió, como dicen, el dedo en la llaga pero con mucha diplomacia. El editorial se llamaba «El número 3» y expresaba que en Venezuela se había puesto últimamente de moda ese fulano número y pasaba a mencionar ejemplos como «Las tres Marías», «Los tres caballeros» que era una película de dibujos animados de Disney y, al final, decía «y las tres c».

–Ese fue el último estertor de la prensa libre. De ahí en adelante vendría el tristemente célebre Vitelio Reyes y la represión policial abierta. Los campos de concentración de Guasina y Sacupana para los universitarios disidentes y Pedro Estrada y la fúnebre Seguridad Nacional. –apuntó Francisco.

–¡Caray! Paco. Tú sí que tienes buena memoria. Pero eso es Historia Patria afortunadamente superada. –señaló Ernesto.

–¿Quién sabe? –dejó escapar Pedro Juan–. Quien siembra vientos recoge tempestades. Los odios desatados en el trienio adeco, después de las bondades de la transición de López y Medina, no podían conducirnos sino a otra dictadura. Las oligarquías siempre cuentan con resortes ocultos.

El lobo feroz acecha

–Ese gritico trasnochado de «Oligarcas, ¡Temblad!» no me gustó naitica. –expresó Francisco–. Los oligarcas no tiene sino que cerrar sus fábricas y largarse a gozar los reales guardados en los bancos del exterior. Los fregados son los que se quedan sin trabajo. Fíjense no más que en una semana, luego del decreto de aumento de salarios, se han perdido 25 mil empleos.

–Y se continuarán perdiendo, porque el presidente Hugo Chávez desgraciadamente no transmite confianza; todo lo contrario, asusta. –terció Michelangelli–. Mis amigos en Italia dicen que las noticias en toda Europa no son halagüeñas para Venezuela. Es que aquí hay mucho reconcomio. El reconcomio de una generación de izquierdistas que perdieron su tiempo.

–No sólo de izquierdistas. –dijo Francisco–. Vieron el apoyo de esos generales al ministro de la Defensa y en lo expresado por el comandante del desfile del 5. Si no fuera porque todos los síntomas son de tragedia inminente, todo esto parecería una comedia sacada de Walt Disney. ¿Saben ustedes por qué llaman Jumbo a esos aviones grandotes. Pues porque un empresario norteamericano de circos le puso ese nombre al primer elefante que se presentó en un acto. Y ¿Saben el remoquete que le tenían al anterior ministro?

–¿Te refieres al marinero de la cachimba y las espinacas? –respondió Elpidio.

— Sí. Pero lo más grave es que los políticos más importantes de la actualidad lleven los nombres de los tres sobrinos de Donald. Eso podría ser un indicio de la ilusión de la fantasía. Y por ahí puede andar el lobo feroz esperándolos para tragárselos como a Caperucita.

Entre las carcajadas de todos Pedro Juan, siempre poeta, mientras se ponía de pie y plegaba la silla, recordó un poema de Rubén Darío:

«En locas faunalias no sientes el viento que arrecia

El viento que arrecia del lado del férreo Berlín…»
Política y petróleo

Luego que Pedro Juan se despidiera, Ernesto aprovechó la circunstancia para decirle a sus amigos que él también tenía que irse, pues debía aprovechar la venida al centro para buscar unos juguetes en «La Princesa». No más quedarse solos, Elpidio se volvió hacia Francisco y le dijo:

–Lo peor de todo es el pleito con Washington. ¿Leíste un artículo de Ramonet sobre los norteamericanos que apareció en «El Nacional». Veo que sí. Ahí se ve claramente que Washington es el centro del mundo, el nuevo imperio. Sin ellos no se va hoy a ninguna parte. Sin embargo, Chávez no pierde oportunidad para molestarlos. Ahora ha decidido visitar a Sadam.

–A mí, Elpidio, este asunto me recuerda una corrida de toros. Ya los norteamericanos le han dado varios avisos a Chávez. El último es la amenaza de Arabia Saudita de aumentar su producción petrolera. Como tú sabes este país puede aumentar su producción en 2 millones de barriles. Eso sería lo que necesitarían para desplazarnos del mercado, si la Alianza Atlántica considerara conveniente hacerlo. ¿No tendrá alguna relación con Israel y Palestina?

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