Opinión Nacional

La inestabilidad y el salvador

Aunque parezca mentira, el Gobierno ha insistido en pregonar la existencia de un clima de inestabilidad sobre el que se puede sobreponer como ningún otro elemento de naturaleza política en el país. No sólo divulga comentarios sobre el crecimiento de una incertidumbre que sólo se puede despejar mediante la conducta enfática del oficialismo, sino que también, curiosa postura, fomenta una atmósfera de rumores y de explicaciones extravagantes en el seno de la sociedad debido a la media lengua que maneja en relación con la salud del jefe del Estado. La violencia está cerca y puede correr la sangre en Venezuela, de no existir la fórmula de la contención y la garantía de la concordia resumidas en la influencia y en la autoridad del mandatario enfermo, es la esencia del mensaje sobre el que machaca el Gobierno en recientes jornadas. Sobre la debilidad del argumento y sobre los peligros que encierra se tratará de seguidas.

¿Quién tiene, en el seno de la oposición o de otras instancias adversas al régimen, la voluntad y la posibilidad de establecer una atmósfera de violencia? Los partidos que integran la MUD han demostrado desde su fundación, pero especialmente en el empeño de concertación llevado a cabo durante las elecciones primarias, una vocación de concordia y de transacción razonable en torno a diferentes intereses, como se ha visto poco en la historia contemporánea. Si se busca un ejemplo de conducta atemperada y de respeto de las posiciones ajenas, necesariamente hay que detenerse en el modelo de los líderes, de los militantes de los partidos políticos y de los ciudadanos independientes que protagonizaron el proceso para elegir, sin roces dignos de mención, el candidato de la oposición. El resultado no sólo fue la hechura de un procedimiento ejemplar para ganar fortaleza partiendo de una invariable devoción por los principios democráticos, sino, especialmente, la escogencia de un líder cuyo discurso y cuya trayectoria anterior son lo más alejado de la pugnacidad y la desconfianza. El abanderado de la MUD es la negación del hombre de trastienda y del carbonario del complot, en la antípoda de las encerronas y las conjuras, en concordancia con la ruta de transparencia que terminó poniéndolo en la palestra y con la solidaridad que le prestaron, sin plantear negocios oscuros, los candidatos perdedores y los animadores de los candidatos perdedores. Difícilmente se fomentará la violencia o se propondrán salidas ilegales desde un sector de la sociedad que ha coronado esfuerzos después de llevar a cabo una actividad tan apegada a los fundamentos del republicanismo. Difícilmente se cambiará un proyecto sin sobresaltos que ha llegado a resultados tan dignos de elogio, y tan visibles en términos generales, para caer en el tremedal de la aventura. En consecuencia, no puede encontrar aquí el Gobierno una proclividad al trastorno que le sirva de fundamento a las versiones sobre arrebatos de polvorines y fusiles con las cuales se ha dedicado a asustarnos para que nos sintamos al borde de un precipicio.

Tanto en el discurso como en la posesión de herramientas capaces de ofender y asustar a quienes habitamos la otra orilla de la sociedad, el Gobierno se gana la palma. Es la «revolución armada», afirma su líder. Cuenta con patriotas dispuestos a jugarse la vida por el socialismo del siglo XXI, ha repetido hasta la fatiga el líder mientras pregona la existencia de unos cuarteles convertidos en fortaleza de la lealtad y la abnegación. ¿Dónde se localiza el peligro, entonces, si no está en las asperezas y los retos de la retórica «revolucionaria»?, ¿dónde están las tenebrosas fuerzas contra las cuales se crea un comando antigolpe? Tal vez sólo en los planes del socorrido imperialismo que, de tanto habitar el discurso del líder y de tanto aparecer como enemigo, se ha convertido en un espantajo que ni siquiera sirve para asustar a los gorriones. Partiendo de tales supuestos, la versión sobre la inestabilidad del país no puede encontrar un soporte convincente.

En especial cuando nadie sabe a ciencia cierta el desenlace que tendrá la enfermedad del líder en cuya posesión, según la versión oficial, está el remedio de la crisis. El hombre que no encuentra el remedio de su salud tiene el remedio contra la inestabilidad y la violencia. Elocuente paradoja, ¿no es cierto? El hombre que no se ha atrevido a informar cabalmente sobre la evolución de una delicada enfermedad, tiene la receta perfecta para que la sociedad marche en paz en adelante gracias a los milagros de una voluntad personal que, por razones obvias, ni siquiera puede ponerle término a los desafíos de su organismo sobre los que se niega a hablar con claridad. En medio de unos predicamentos que aconsejan el envío de mensajes tranquilizadores, de palabras orientadas a fomentar el sosiego de la gente, el Gobierno y su líder han hecho lo contrario: aumentar la zozobra, dejar que la imaginación colectiva corra por el camino que sea, alimentar rumores perjudiciales debido a los que se multiplica la intranquilidad y se puede sentir la proximidad de terribles encrucijadas. Nada que huela bien, en suma, nada que parezca verosímil, a la vez, nada que nos permita la continuación de rutinas sosegadas. Todo es una fabricación artificial con fines inconfesables, seguramente porque una confesión de intenciones sea ahora lo más contraproducente para el Gobierno.

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