Opinión Nacional

La intermitente imagen de Maduro

En una entrevista publicada en marzo, José Vicente Rangel afirmó que el mejor aporte que podía hacer Nicolás Maduro al proceso era «ser él mismo». Indirectamente aconsejaba al entonces candidato presidencial, lo apercibía sobre el riesgo de emular al comandante Hugo Chávez. «Esas imitaciones suelen ser grotescas», sentenció.

Han pasado seis meses de esa entrevista y el balance que hago (en estricta primera persona) es que el jefe del Estado ha intentado acatar el consejo que le ofreció Rangel -y, seguramente, otros asesores también-, pero lo ha logrado de una manera intermitente: a veces sí, a veces no. Algunos días nos encontramos en la televisión con el líder sindical a quien las volteretas de la vida ha llevado a desempeñar la Presidencia, es decir, con el genuino Nicolás Maduro. Otros días vemos una suerte de versión de Chávez que no logra otro efecto que el de subrayar el vacío descomunal que sigue generando la ausencia del jefe máximo.

Esa especie de ambivalencia de imagen angustia y desconcierta a la militancia revolucionaria e, incluso, a muchos antichavistas que eran felices con Chávez y no lo sabían. «Ay, no sé, mijo -me dice una doña muy chavista-, Nicolás sale un día vestido normalito y se le nota muy relajado, hablando con la gente, diciendo lo que tiene que decir, pero al día siguiente aparece con un sombrero y una ropa que no le cuadran… es como si estuviera disfrazado. Y en esos días dice cosas que tampoco cuadran».

Esencialmente estoy de acuerdo con ese análisis salido de la base misma, pero entiendo las circunstancias de Maduro. Lo que le ha tocado enfrentar es una de las tareas más difíciles que pudo haber encarado venezolano alguno en este tiempo, razón más que suficiente para estar agobiado. Ocupar el espacio de un liderazgo de alcance histórico e internacional no hubiese resultado sencillo para nadie, ni siquiera para quien, como ocurrió en su caso, fue ungido por el mismo líder. Además, en el fenómeno planteado hay una especie de falla de origen. Las características tan peculiares de Chávez habían dado origen a un modelo de interacción con el colectivo y a una forma de proyección pública también muy peculiares. Esos esquemas han continuado operando, sin muchas adaptaciones, para las interacciones y la proyección pública de Maduro, y la diferencia se nota, por más que el protagonista ha hecho unos esfuerzos que no pueden calificarse sino de heroicos.

Todo indica que el vórtice político y emocional de estos seis meses no ha permitido pensar en esos cambios tan necesarios en las estrategias y las tácticas. El mismo vórtice que, seguramente, le ha impedido a Maduro asumir, sin intermitencias, el consejo del viejo lobo de mar.

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