Opinión Nacional

La ira (1)

Escribir sobre la IRA es recordar a Lucio Anneo Seneca, El Joven, 4 ac-65dc,
nacido en Córdoba, España, educado en Roma e hijo de Marco Anneo Seneca,
filosofo romano y mejor conocido por sus obras moralistas.

Consideraba a la ira como una pasión, la «mas sobria y desenfrenada de
todas». «Es toda agitación, desenfreno en el resentimiento, sed de guerra,
de sangre, de suplicios, arrebato de furores sobrehumanos, olvidándose de sí
misma con tal de dañar a los demás, lanzándose en medio de las espadas, y
ávida de venganzas que a su vez traen un vengador».

Por esta razón algunos tratadistas del tema califican la ira como una locura
pasajera; porque, en instantes, olvida toda conveniencia, desconoce todo
afecto, es pertinaz y porfiada en lo que se propone, indiferente a los
consejos, iniciándose por causas frívolas, torpe para distinguir lo justo y
verdadero, pareciéndose a los escombros que caen unos sobre otros hasta
agotarse en el botadero.

Quienes manifiestan ira con frecuencia no tienen, no exhiben, ninguna razón;
pero se pueden identificar ciertas actitudes que les son propias, semejantes
a las manifestadas por quienes han perdido totalmente la razón: andar
rápido, respiración entrecortada y anhelante, ceño fruncido y tez cambiante,
ojos inquietos y penetrantes, aprieta los dientes, hablar rápido y labios
temblorosos, gime o ruge, casi grita en vez de hablar, choca sus manos,
golpea el suelo con sus pies, cada gesto parece una amenaza, precisamente la
ira lo descompone todo.

Gran parte de las personas pueden ocultar ciertos vicios; pero la ira no es
fácil de ocultar, se exhibe en el semblante y cuanto mayor es, mejor se
manifiesta.

Quienes hemos vivido parte de nuestra existencia en el campo podemos
recordar haber visto algún animal en estado de ira, como por ejemplo, dos
toros peleando, sus cuernos dispuestos y sacando tierra con las patas
delanteras; cuentan que el león ruge estruendosamente y el perro muestra un
aspecto amenazador, además de sus ladridos y descubre sus dientes. Todo
animal, lleno de ira, descubre su ferocidad. No olvidemos que el hombre es
un animal, también; tampoco olvidemos que en muchos relatos religiosos se
recuerda la ira de Dios, en ciertos momentos y circunstancias.

Y cuando la ira se manifiesta con frecuencia en un gobernante en contra del
pueblo, ¿Qué puede hacer ese pueblo? ¿Decir que fue engañado? Cuando la ira
del gobernante le esta haciendo daño a una persona, a un pueblo, a la
religión, a los sectores productivos y de trabajadores ¿Qué se puede hacer?
¿Qué se debe hacer? Dígamelo usted ¿Qué haría usted si presencia que alguien
le hace daño a un hijo, hija y/o familiar cercano y/o lejano y/o vecino y/o
ser humano? A lo mejor, también, se llena de ira.

Para convivir hay que dominar la ira. Hay que educarse para manejar la ira.

Para amar hay que domar la ira. Para trabajar hay que lidiar con la ira.

Para casi toda acción humana hay que domeñar la ira. ¿No le parece? Si ¿Y
quien y cuando le ponemos coto a la ira del gobernante? ¿Le permitiremos
exhibirse cada vez que se le antoje por los medios de comunicación iracundo?
No ¿Cómo lo impedimos? Tiene usted la palabra. Úsela, por favor. ¿Por qué el
gobernante no canaliza su ira contra la delincuencia y los criminales y los
secuestradores y los guerrilleros y los narcotraficantes, y corruptos, etc?
¿Acaso los ampara y/o le conviene que existan y actúen y/o son el canal de
su ira, también? ¿Entonces? «En las adversidades sale a la luz la virtud»,
Aristófanes, 444 ac – 385 ac, Dramaturgo Griego.

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