Opinión Nacional

La izquierda en América Latina (II)

El primer artículo de la serie que ahora continúa (publicado el 19/05/06) concluyó con cinco interrogantes relativas a los planteamientos, de diversa procedencia, según los cuales existe y está extendiéndose una izquierda latinoamericana. En esta entrega iniciaré mis respuestas, y a tal fin voy a repetir las dos primeras preguntas:

¿“Es acertado decir –como hacen cada día muchísimos medios de comunicación social, en nuestro subcontinente y más allá de él- que la izquierda está gobernando en numerosos países de América Latina?”
“Si, como pienso, esa afirmación –habida cuenta de su imprecisión- no es acertada, ¿qué clarificaciones deben ser hechas?”
Es preciso, como comprende el lector, partir de una definición sobre el concepto izquierda. Aun cuando las citas de autoridad no tienen valor demostrativo, me permito hacer uso de una. Norberto Bobbio, el notable pensador italiano fallecido hace poco tiempo, definió en los siguientes términos a la izquierda y la derecha, en su libro Derecha e izquierda, editado por primera vez en español en 1995:

“Si se me concede que el criterio para distinguir la derecha de la izquierda es la diferente apreciación con respecto a la idea de la igualdad, y que el criterio para distinguir el ala moderada de la extremista, tanto en la derecha como en la izquierda, es la distinta actitud con respecto a la libertad, se puede distribuir esquemáticamente el espectro donde se ubiquen doctrinas y movimientos políticos, en estas cuatro partes:

a) en la extrema izquierda están los movimientos a la vez igualitarios y autoritarios, de los cuales el ejemplo histórico más importante, tanto que se ha convertido en una categoría abstracta susceptible de ser aplicada y efectivamente aplicada, a períodos y situaciones históricas distintas, es el jacobinismo;

b) en el centro-izquierda, doctrinas y movimientos a la vez igualitarios y libertarios, a los que hoy podríamos aplicar la expresión <>, incluyendo en ellos a todos los partidos socialdemócratas, incluso en sus diferentes políticas;
c) en el centro-derecha, doctrinas y movimientos a la vez libertarios y no igualitarios, dentro de los cuales se incluyen los partidos conservadores que se distinguen de las derechas reaccionarias por su fidelidad al método democrático, pero que, con respecto al ideal de igualdad, se afirman y se detienen en la igualdad frente a la ley, que implica únicamente el deber por parte del juez de aplicar las leyes de una manera imparcial y en la igual libertad que caracteriza lo que he llamado igualitarismo mínimo;
d) en la extrema derecha, doctrinas y movimientos antiliberales y antiigualitarios, sobre los que creo es superfluo señalar ejemplos históricos bien conocidos como el fascismo y el nazismo”
“Obviamente, se entiende que la realidad es más variada que lo que refleja este esquema, construido sólo mediante dos criterios; pero se trata de dos criterios, en mi opinión, fundamentales, que, combinados, sirven para designar un mapa que salva la discutida distinción entre derecha e izquierda, y al mismo tiempo responde a la demasiado difícil de que se consideren de derecha o de izquierda doctrinas y movimientos no homogéneos como, a la izquierda, comunismo y socialismo democrático, a la derecha, fascismo y conservadurismo; también explica el por qué, aun no siendo homogéneos, pueden ser aliados potenciales en excepcionales situaciones de crisis”

La extendida cita es por sí misma indicativa de la dificultad para conceptualizar las categorías a las cuales el autor se refiere: El texto ayuda a no considerar con simpleza un asunto tan complejo. Tampoco lo hace. Ni él ni el libro entero. No creo que el autor pretendiera tal cosa. Cabe observar que el espacio de referencia escogido por Bobbio es Europa. Aun cuando se juzgue como bastante certero el núcleo de las ideas expuestas, éstas sólo nos servirían, tanto en América Latina como en Venezuela, de importante referencia teórica para la indagación y la conceptualización propias. Es lamentable que en nuestro país la teoría política sea tan pobre, tan poco relacionada con el específico ámbito nacional, tan repetidora de la que se impone en Estados Unidos y gran parte de Europa.

Resulta extraño que Bobbio no hiciera referencia explícita alguna, en 1995, a un hecho de importancia excepcional en el proceso histórico de nuestro tiempo, como fue el derrumbe del “socialismo real” en el imperio soviético. El 2º de los textos aquí transcritos parece como una de las bases de su razonamiento sobre el fenómeno objetivo de un nuevo mapa político-cultural en el planeta. Si esa impresión fuera acertada, la omisión de Bobbio seguiría siendo inexplicable. Además, en el texto hay algunas partes confusas, como la que se refiere a alianzas potenciales en excepcionales situaciones de crisis.

Como quiera que sea, es preciso decir que después de 1991 quedó confirmada la tesis fundamental, sostenida por quien esto escribe y por muchos otros políticos e intelectuales de izquierda: el tiempo de las revoluciones socialistas pasó ya. Estimo acertado decir que desde 1968-1969, cuando ocurrieron en Francia e Italia dos movimientos subversivos anticapitalistas que no tuvieron éxito, la anterior afirmación podía ser hecha con amplísimo fundamento, constituido por una realidad histórica incontestable. Las revoluciones socialistas son imposibles en el mañana imaginable porque no puede haber país alguno en el cual se generen fuerzas político-sociales que sean victoriosas en un supuesto intento; y porque el cuadro mundial lo impediría.

¿Cuál es la situación del llamada socialismo real en la actualidad? Respondo muy sintéticamente:

En primer lugar, el de China no es tal. Allí –como he afirmado en un escrito anterior– un régimen integral (político, económico-social, ideológico) cuyo sujeto dirigente fundamental es un partido que todavía conserva la etiqueta comunista- está desmantelando progresivamente la vieja estructura y construyendo otra, para la cual sólo es aplicable la categoría capitalismo de Estado. Correspondientemente, ese partido va pareciéndose cada vez más a lo que en unos pocos países de Europa –y en ningún otro continente o subcontinente- cabe ubicar como socialdemócrata avanzado (Los dirigentes del Partido Comunista podrían llegar a decir algún día, con su lenguaje peculiar, “partido socialdemócrata con características chinas”; pero considero muy improbable que eso suceda, en muchos años a partir de ahora.

En segundo lugar, el de Corea del Norte sí lo es. Se mantiene una realidad exótica, que aún se niega a morir, con gravísimo daño, para la gran mayoría de la población. ¿Hasta cuando? Nadie sabe, ni siquiera los dirigentes. Extraña, sí, que ellos no hagan esfuerzos en el sentido de explorar derroteros distintos.

En tercer lugar, el de Cuba, fracasado como el anterior, presenta la peculiaridad de que sus dirigentes –negándose a reconocer el fracaso- están buscando casi desesperadamente, rutas para evitar el agravamiento incesante o la caída. No las encontrarán. Pero la consideración del asunto requiere un detenimiento especial. Por eso será efectuada en el próximo artículo.

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