Opinión Nacional

La izquierda en América Latina (III)

Dije en el artículo anterior (25/5/06) que los dirigentes cubanos están buscando, casi desesperadamente, rutas para evitar el agravamiento incesante del socialismo real que todavía existe en su país, o la caída definitiva del mismo. Seguidamente hice al respecto una afirmación categórica: no las encontrarán. Me propongo demostrarlo en este artículo.

En una de las conversaciones, que durante varias semanas concedió al director de Le monde diplomatique, y que fueron publicadas en el libro Fidel Castro, biografía a dos voces, el anciano dictador -obsesionado desde hace años por los síntomas cada vez más indicadores de la insuperable decadencia del régimen que dirige desde hace varias décadas- habló en los términos siguientes:

Los yanquis no pueden destruir este proceso revolucionario porque tenemos todo un pueblo que ha aprendido a manejar las armas; todo un pueblo que, a pesar de nuestros errores, posee un nivel de cultura, conocimiento y conciencia que jamás permitirá que este país vuelva a ser una colonia de ellos”.

Nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra. Si no somos capaces de corregir nuestros errores. Si no conseguimos poner fin a muchos vicios: mucho robo, muchos desvíos y muchas fuentes de suministro de dinero de los nuevos ricos”.

El lector puede apreciar que Fidel Castro puso el énfasis en la segunda de las ideas expresadas. Él bien sabe que “los yanquis” no intentarán destruir el régimen cubano mediante las armas. Nunca utilizaron directamente la vía armada para lograr el derrocamiento. Y cuando la emplearon de manera indirecta lo hicieron con tan pobres informaciones de los servicios de inteligencia sobre la realidad interna de Cuba, que los invasores isleños reclutados en Miami fueron derrotados en apenas unas horas. La torpeza política con que fue concebida la operación que terminó desastrosamente en la playa de Bahía de Cochinos pasó a ser un inolvidable ejemplo de lo que no se debe hacer contra regímenes o gobiernos que el stablishment norteamericano busca borrar de los mapas.

A sabiendas, entonces, de que su país no habrá de afrontar una intervención armada, Fidel Castro está preocupado por la dinámica interna del “proceso”. Ha percibido antes de ahora la considerable y creciente gravedad de esa dinámica. El soberbio dictador se ha visto obligado a reconocer sus propias y enormes responsabilidades. Aun así, lo hace de tal manera que no las ubica donde han estado en el curso de la construcción del socialismo real y oculta o disminuye los vastos alcances de su propia conducción:

Yo estaría dispuesto a aceptar la crítica de que cometimos algunos errores de idealismo; quizás quisimos ir demasiado rápido, quizás subestimamos fuerzas”.

Pero inmediatamente frena el planteamiento autocrítico y agita la mil veces proferida acusación contra el imperio: “Pero ningún país se ha enfrentado a un adversario tan poderoso, tan rico, a su maquinaria de publicidad, a su bloqueo, a una desintegración del punto de apoyo, como lo hizo Cuba”.

El imperio no es, por supuesto, una criatura inmaterial y no ha sido de poca monta –en lo atinente a efectos sociales que sufren millones de víctimas explotadas y oprimidas por el socialismo real– su acción destructora. Mas la destrucción continua, creciente y prolongada de ese sistema ha sido mucho mayor que la generada por el otro factor. Ha sido la dictadura del Partido Comunista, que estableció una economía dirigida administrativamente por el aparato del Estado –sin atención a indispensables relaciones de mercado y construyó un orden político-institucional negador de las libertades fundamentales, instaurador de una ideología oficial, totalitario, sistemáticamente represivo, frecuentemente criminal- lo que ha causado la terrible situación material y espiritual del pueblo cubano. Empero, como quiera que la gran mayoría de éste terminó aceptando su situación, adaptándose a ella y hasta viendo como liberadores a líderes que los guiaban en una lucha pretendidamente patriótica contra el Imperio norteamericano, el único socialismo real de Occidente se ha mantenido largamente.

Fidel Castro –muy lejos ya de su prolongada condición estelar, en Cuba y fuera de allí, senil, y con cada vez más alteradas facultades mentales- necesita un aliciente para continuar en el estéril empeño, junto a sus seguidores cercanos. De ello derivan planteamientos como los siguientes:

Yo tengo mucha esperanza, porque veo con claridad que éstos que yo llamo de la cuarta generación, es decir, los niños de sexto grado van a tener tres, cuatro veces más conocimiento que nosotros. Seremos el pueblo que tendrá una cultura general integral. Martí dijo: “ser cultos es el único modo de ser libres, y sin cultura no hay libertad”.

Promovida por Castro y el equipo de dirigentes jóvenes en el cual está apoyándose para buscar la imposible salvación del sistema que todavía sobrevive, en los medios de comunicación oficiales se hace pública una discusión sobre el asunto.

Heinz Dieterich, conocido intelectual alemán, amigo y asesor del aparato dirigente cubano, publicó recientemente un breve ensayo titulado “La superioridad informática del Estado burgués sobre el Estado socialista” (divulgado entre nosotros por (%=Link(«http://analitica.com/va/sociedad/articulos/8044616.asp»,»analitica.com»)%) ) , en el cual discute sobre las debilidades de la actividad comunicacional de tal Estado. La cuestión es de muchísima importancia para el Partido Comunista Cubano (PPC).

En la sección 4ª del ensayo, en el cual las tres anteriores han servido para presentar planteamientos teóricos relativos a la materia considerada, Dieterich abre su discurso con la siguiente pregunta:

Si la superestructura del socialismo histórico es tan <> o cibernéticamente atrofiada, ¿por qué Cuba ha sobrevivido hasta el día de hoy?

El autor adelanta, según sus propias palabras, estas respuestas:

1ª) Este déficit sistémico ha sido compensado parcialmente por la gran capacidad estratégica y dialéctica (sic) de Fidel”.

2ª) Durante la mayor parte del proceso, Cuba tuvo la protección militar y un extraordinario apoyo económico de la Unión Soviética. Un análisis comparativo demostraría, sin duda alguna, que este apoyo económico fue muy superior, en términos relativos, al que la URSS concedió a su aliado europeo más importante: La República Democrática Alemana”.

3ª) Durante la prolongada fase heroica de la Revolución, la abrumadora mayoría de la población estaba plenamente identificada con el proceso. Por el cambio generacional, la caída de la URSS, la revolución científica-tecnológica y el resultante proceso de acumulación intensiva y de globalización, así como por los efectos retardarios de la agresión imperialista sobre el desarrollo económico y político de Cuba, esta identificación hoy día está mucho más diferenciada que en la fase heroica”.

4ª)Sin embargo, las tres condiciones que contrarrestaron parcialmente el déficit sistemático interactivo, son parte de una etapa histórica que no volverá. Por lo tanto, no garantizan el futuro del proceso después de la muerte del Comandante”.

Después de llegar a ese punto álgido -que está en el centro de la preocupación de la élite dirigente, y del Comandante, en primer lugar- Dieterich desnuda más su discurso:

Sectores ortodoxos del Partido van a argumentar que el cuestionamiento de los sensores políticos es equivocado por liberal, porque los sindicatos expresan la voluntad de los trabajadores, el Partido expresa la voluntad del Pueblo y que nadie en Cuba tiene problemas de decir lo que piensa. Esto podría ser cierto… o podría ser falso. La única forma de saber si se trata de una verdad o una falacia, es someter el argumento de manera científica a la evidencia empírica.

Ésta es, por supuesto, una tarea del Partido que conduce al país.

Sin embargo, un elemento debería hacer pensar a la ortodoxia y sacudir sus certezas metafísicas sobre el futuro. Si Fidel, quien es uno de los grandes dialécticos de la isla, compartiría sus certezas, ¿qué necesidad hubiera tenido de plantear la reversibilidad de la Revolución?”.

Dieterich tocó el fondo mismo del problema.

Por mi parte, planteo las siguientes interrogantes:

¿Tiene Fidel Castro una visión diferente a la de Dieterich, quien desea que la Revolución cubana no se derrumbe, pero no señala –porque le resulta imposible hacerlo- una vía para impedir la caída? Mi respuesta es NO.

¿La tienen los otros dirigentes, especialmente los jóvenes en quienes él deposita su confianza, la cual no concede a su hermano y futuro sucesor? Mi respuesta es NO.

Más tarde o más temprano el régimen cubano se derrumbará porque su dinámica va llevándolo al colapso final. Muy probablemente la caída ocurra después de que el único líder prestigioso y querido que hay en Cuba –pese a todos los daños y sufrimientos terribles que ha causado: gran parte del pueblo cubano aún tarda en comprender los por qué de su tragedia- haya muerto. Nadie podrá precisar cuánto tiempo después.

Quizás ocurra una perestroika cubana. Juzgo absolutamente imposible una gran ola de insurgencia desde abajo, acompañada de rebeliones en el aparato de coerción, militar y civil.

Pienso que la actual oposición interna –a la cual el gobierno reprime, pero en cierta medida permite porque en este caso la comunidad internacional juega un papel muy importante (el régimen cubano le da poco y recibe mucho en el intercambio comercial)- está poniendo en práctica una política inteligente.

Creo que no habrá un derrumbe súbito, pues hay carencia de agentes políticos que lo determinen. Habrá, si, un proceso de caída pacífico o relativamente pacífico. Desde luego, no puedo demostrarlo.

Cuando comience el proceso de caída, y de allí en adelante, veremos numerosas repercusiones positivas, sobre todo en América Latina, Venezuela incluida. Tenga por seguro el lector que mis conclusiones no han sido alimentadas por un buen deseo, aun cuando éste existe.

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