Opinión Nacional

La izquierda, esa incorregible canalla sentimental

Sigo siendo de izquierda y sigo creyendo que la izquierda, desde hace más de sesenta años, mantiene en pie un discurso vacío, una representación hueca que sólo puede sonarle bien – esa catarata de lugares comunes – a la canalla sentimental. En realidad, la izquierda real es la canalla sentimental quintaesenciada”

Roberto Bolaño

 

 

1.- Me siento con suficiente “autoridad moral” – una fórmula algo estúpida pero aclaratoria – como para criticarla: mi padre, un humilde taxista, fue toda su vida un hombre de izquierda, identificado con las políticas del Partido Comunista chileno, al que le fue fiel hasta su muerte. Como sus otros tres hermanos. Todos, pobres de solemnidad. Su numerosa prole – siete hijos – y mi madre, una típica ama de casa de orígenes más que humildes, también lo fueron. Ingresé a las juventudes del Partido Comunista chileno a los 15 años, con el honor de haber sido recibido, junto a un grupo de jóvenes del barrio Independencia en el que vivíamos, en el que nací y me crié, por un venerable anciano de bombín, leontina y polainas, fundador de dicho partido, Elías Lafferte, en tiempos en los que el PCCh se encontraba proscrito. Me hice a las modestas actividades de la juventud comunista – rayar paredes y buscar prosélitos – con aroma a clandestinidad.

Si bien en la universidad me distancié de toda actividad política – o estudiabas o te dedicabas a politiquear, y yo era quería ser académico -, asumí los estudios de historia y filosofía con plenitud absoluta, lo que me deparó inmensas recompensas – haber sido designado ayudante por el más grande historiador chileno contemporáneo, Mario Góngora, y por un extraordinario catedrático de origen español, toreramente orteguiano, Paco Soler – haber sido becado y haber podido realizar mis estudios de post grado en Berlín Occidental en tiempos del despertar crítico de la primera generación alemana de la post guerra. Así volví al redil de la militancia, participando en las luchas estudiantiles que culminaron en la revuelta de Mayo del 68. Renovada con mis estudios del pensamiento marxista europeo de los años 20 y 30 bajo las influencias de Herbert Marcuse, Theodor Adorno y Jürgen Habermas. Por ello no fue ningún azar que de regreso a Chile ingresara al MIR y asumiera un trabajo de cierta relevancia junto a Bautista van Schowen, el segundo hombre de su Comisión Política. De modo que a la profundización del estudio de la teoría revolucionaria agregué una relativa experiencia como militante de la izquierda más dura, más consecuente y más combativa. Desde entonces asumí como un destino ser lo que se llama “un intelectual de izquierdas”.

En otras palabras: sé lo que significa la izquierda. Tanto la auto denominada “revolucionaria”, como la despreciada por ella “por reformista”. Su teoría y su práctica. Y sobre todo sus taras congénitas, sus mañas y faltas inveteradas, sus pretensiones, sus soberbias, sus esquizofrenias y sus manías. De las cuales, las que me han asombrado desde siempre han sido el coraje, el voluntarismo, la tenacidad y la grandeza en enfrentar en la lucha cotidiana al establecimiento dominante – el Poder establecido – y la docilidad, la obsecuencia y la falta absoluta de capacidad crítica frente a la vida partidaria. Una auténtica esquizofrenia: el feroz combatiente y el ovejuno militante, todo en uno, sin hiatos ni aparentes contradicciones. La fiereza en la aplicación de las políticas decididas, dictadas y ordenadas desde arriba, por la camarilla dirigente. Y la obediencia y el obsecuente sometimiento a dichas políticas y a quienes las deciden desde las inmarcesibles alturas del Ser Supremo – Lenin, Trotsky, Stalin, Mao o Castro – o en la intimidad de sus almohadas.

2.- En Berlín, al calor del marxismo anti estalinista que aprendimos al revisar la Tercera Internacional y las odiosas perversiones del dominio imperial moscovita sobre el comunismo internacional, enfrentadas en sus orígenes por Rosa Luxemburgo, por Antonio Gramsci, incluso por Trotsky, así fuera junto a Lenin el responsable directo del montaje del Gulag y la fiera aplicación de la dictadura soviética, comprendí una verdad aterradora: un partido bolchevique, de izquierda revolucionaria, si lo es de verdad, constituye in ovo el represivo y dictatorial estado soviético del futuro: con su KGV, su estado mayor, su intelligentzia, sus depredadores, sus ciudadanos y sus esclavos. Todo lo demás es cuento. ¿Centralismo democrático? Yo te aviso, chirulí.

Así la dinámica histórica haya dividido aguas y el socialismo consolidara con los años las dos caras de su herencia: la social democrática y la social revolucionaria, las claves del pensamiento marxista originario impondrían a grandes rasgos sus tendencias hegemónicas sobre el pensamiento occidental, conformando esa difusa creencia subyacente a todo buen ciudadano de que no hay nada más pecaminoso que un rico ni nada más honorable que un pobre. Como nos lo revelara Ludwig von Misses en los años 30, al este y al oeste del Rin el que no es marxista consciente, lo es inconscientemente. Milita cristianamente en lo que llamo “el pobresismo”. Facilitado por las creencias esenciales del pensamiento social de Occidente, que se encuentran, así nos sorprenda y nos asombre, en el sermón de la montaña. El maniqueísmo de ricos y pobres con su correspondiente bendición a la pobreza y su correlativa maldición a la riqueza consagraría un hecho irrebatible hasta el día de hoy. Por sobre toda verdad objetiva, la material, la de los hechos, la que constituye la médula del desarrollo histórico de la humanidad, una sombra de duda, una suerte de pecado original, de mala conciencia lastraría ese desarrollo, ese progreso, esa prosperidad material, haciéndolos culpables directa o indirectamente del subdesarrollo, el atraso, la miseria material. Lo que una tradición del marxismo latinoamericano llamara “el desarrollo del subdesarrollo”. Generando una suerte de pobresía inconsciente o militantemente anti sistema que fundamenta todo el pensamiento social de Occidente. Incluso y precisamente en sus sectores más emancipados, conscientes y poderosos. Desde Wall Street al Vaticano. Lo dijo Jesús en los evangelios: antes pasa un camello por el ojo de una aguja que un rico. Así sea el propio fabricante e las agujas. Y haya convertido a los camellos, con su esfuerzo tecnológico, la ciencia y la actividad empresarial, en naves espaciales.

Tampoco ha servido de mucho que el peso por el desarrollo de la sociedad moderna, desde mucho antes de los descubrimientos y la globalización de las economías, haya sido llevado en hombros por quienes renegaron del círculo vicioso pobres ricos pobres y en lugar de bendecir la pobreza la maldijesen como a una peste. Convirtiéndola a ella, no a la riqueza, en un pecado capital. Como lo demostrara Werner Sombart: la Europa del protestantismo. Para inmensa desgracia de América Latina, en donde el lucro y las riquezas serían combatidos inquisitorialmente y con saña por el catolicismo de la contra reforma, dominante en nuestras colonias desde los tiempos de Felipe II, el oscuro.

3.- Como nos lo aclarase Ortega y Gasset, las ideas se las puede tener o no tener. Pero en las creencias se está: se las tiene independientemente de nuestra voluntad. Como el aire que respiramos. De modo que cuando nos hacemos al análisis de nuestras taras ancestrales no conseguimos más que constatar las gigantescas dificultades que enfrenta el reformismo liberal para encontrar espacios de desarrollo y sacudir de raíz las creencias construidas durante siglos y milenios por la cultura dominante. Entre ellas la de que ser pobre es bueno y ser rico es malo. Según lo cual todos los esfuerzos de la sociedad han de ser encaminados antes a repartir lo que se tenga – independientemente de quiénes y cómo hayan producido eso “que se tiene” -, a compensar a los pobres por haber nacido pobres y estar condenados a serlo per secula seculorum, y a ponerle atajo a las desmedidas ambiciones de posesión de quienes las hayan creado. Poco menos que cometiendo un pecado mortal.

Es allí cuando interviene “el Estado”. Esa entidad provista de todos los poderes, a cuya posesión y dominio se orientan todos los esfuerzos de la sociedad política: los de la izquierda, para repartir, igualar, nivelar por abajo. Los de la derecha – allí donde existe, lo cual no es el caso de Venezuela – para producir o proteger a los productores. Pero entiéndase: siempre con la sombra de duda de si lo que están haciendo al transformarse en productores es bueno o malo, pues como se ha dicho: las creencias hegemónicas, particularmente en América Latina, lo declaran y mantienen bajo la sospecha permanente de violar los principios divinos del rico, el camello y la aguja. Y para el cual, en esencia mucho más importante es ser iguales que libres, niveladores que meritocráticos, uniformados que distinguidos. Así se lo sea muriéndose de hambre.

Sin querer ser maniqueos, lo cierto es que ideas tan simples pero con tanta fortaleza como las señaladas, dictan las claves del comportamiento político de izquierdas y derechas en nuestra región. Y si nos interesa destacar las taras genéticas de la izquierda antes que las de la derecha – que tampoco carece de las suyas – es porque, amén de ser responsable del curso de los acontecimientos, sea por acción u omisión, prefiero hablar de mis taras que las del vecino. Como dice Brecht en uno de sus poemas sobre la Alemania que engendró al nazismo, “que hablen otros de sus miserias, yo hablo de la mía”. Y así duela en el alma constatarlo: los desastres, en Venezuela, los causa y posiblemente los seguirá causando la izquierda. La derecha es un feto muerto.

Para mí, lo confieso sin mala conciencia, es inmensamente difícil ser de derechas. En primer lugar, porque creo que la izquierda y la derecha son, en un universo que ya se abre más allá de nuestro sistema planetario, referencias absolutamente pasadas de moda. Y que sólo superándolas, llegaremos a superarnos. Son ámbitos de prejuicios y falsedades que oscurecen antes que esclarecen el panorama. La segunda, es porque en Venezuela ser de derechas es una blasfemia, como abjurar de Dios y creer en Satanás. El petróleo creó el Estado y el Estado creó los partidos y todos, de consuno, piensan que es lógico y natural recibir su cuota. Si es posible, con el mínimo esfuerzo. Estudiar y hacer viable esa posibilidad es la actividad teórica y política fundamental de los partidos, no importan sus ideologías.

Pero a punto de colonizar Marte, una apuesta por sacudir estas taras y erradicar el populismo, el clientelismo y la estatolatría – señas de identidad de la política venezolana – es más que necesario. Ya es hora. Mañana es demasiado tarde.

 

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