Opinión Nacional

La jauaría contra las universidades

De cómo un encapuchado llega a vicepresidente
Una banda de facinerosos arremetió contra las instalaciones del rectorado de la Universidad Central de Venezuela. Como estaban encapuchados, no se sabe quiénes fueron y quién los envió a cometer tales actos de vandalismo. En esta forma presentarían los diarios independientes la noticia, en cualquier parte del mundo.

Pero no en Venezuela: para la opinión independiente, no es nada difícil adivinar la identidad de los criminales. Como en todas las investigaciones serias, la visión de los más diversos testigos permite elaborar un «retrato hablado», al cual se le puede inscribir en la base aquello de «Pueblo ¡Reconócelos!» que se hizo famoso después del 23 de enero para identificar a los esbirros. Es difícil conocer sus ideas por sus rebuznos, sirve para identificarlos la capucha. La cual es típicamente fascista.

La Cagoule, o sea, la capucha
Así se identificaba una de las peores organizaciones de ese tipo en la Francia de los años treinta; la Cagoule, o sea, literalmente, la capucha. Pero en aquella Francia, a esos cagoulards se les enfrentaba con firmeza, desde el gobierno pero también desde la oposición y después de una intentona fascista (también ¡que casualidad! en febrero), la clase obrera se echó a la calle para combatirlos, y al grito de «¡unidad!» impusieron a las dirigencias socialista y comunista la unidad con la creación del Frente Popular. En la Venezuela de hoy, en cambio, el mismo día de la toma de posesión del Comandante Zeabarón (también conocido hoy como Esteban «Dido») extendió una patente de corso al hampa al decir que si él tuviera hijos, él también atracaría bancos.

Con lo cual el pretexto de la «paternidad responsable» se volvió la coartada ideal de los choros. El resultado han sido ciento cincuenta mil venezolanos que en once años el hampa ha pasado por las armas.

No sabe contener su lengua
Aun si aquella frase no hubiera pasado de serlo, ya sería bastante como muestra de la irresponsabilidad de un demagogo que no sabe contener su lengua. Pero es que la cosa no se ha detenido ahí : en este país ya llevamos once años oyendo exaltar el ejemplo del malandraje nacional e internacional. Un país donde el jefe del Estado, que no expresó el menor pesar por la muerte de un Jesús Soto, de un Uslar Pietri, de un Eugenio Montejo, guarda un compungido minuto de silencio por la muerte de un narcotraficante colombiano disfrazado de guerrillero «socialista» y bajo cuya mirada complaciente se levantan estatuas y se bautizan bibliotecas con el nombre de otro traficante analfabeta; que exalta a genocidas como Saddam Hussein y criminales execrados mundialmente como Al -Bashir.

Pero eso no es todo. Los encapuchados que en varias ocasiones han incendiado los recintos universitarios, han contado de una u otra forma con el aval del Gobierno. Hace varios años, un grupo de ellos que había tomado a punta de pistola el edificio del rectorado.

La vicepresidenta cómplice

Antes de ser desalojados por una masiva manifestación de estudiantes y profesores, recibió la expresa solidaridad de la señora Adina Bastidas, entonces Vicepresidenta de la República quien se negaba a mostrar su curriculum vitae a la prensa porque «los PhD le han hecho mucho mal a este país»…

Bien, se nos dirá, pero esas son palabras. Y lo de estos vándalos son actos; y además, no se sabe quiénes son. Bueno, tal vez no se sabe quiénes sean, pero sí se sabe quiénes han sido. Hay dos que lo han confesado públicamente, Carlos Lanz y Elías Jaua. Antes de ser viceministro de Educación el uno, y vicepresidente el otro, confesaron haber pertenecido a la piara de malhechores que cada jueves se dedicaba a destruir las instalaciones de la UCV, a robar e incendiar. En una de esas, quemaron vivo a un pobre chofer universitario, Ángel Boscán. Si aquí hubiera un poder judicial serio, Lanz y Jaua estarían entre rejas por cometer ese asesinato o haber incitado a hacerlo.

No jauría, sino «jauaría»
Pero no sólo no lo hay, sino que ahora, para acceder a un alto cargo, no se acepta presentar un curriculum académico sino un prontuario policial. El sistema penal venezolano es así el mejor del mundo en materia de reinserción social: a sus penales ingresan choros, malandrines, delincuentes de todo pelo, y salen concejales, ministros, vicepresidentes y hasta tenientes coroneles. No hay pues error en el título de este artículo: quien incendió las oficinas del Rectorado de la UCV no fue una jauría, sino una «jauaría».

Los choros al gabinete, la gente honesta a la cárcel. Es por lo tanto un honor que recibe el ciudadano Oswaldo Álvarez Paz, con ser enviado allí por uno de esos cagatintas, como el tal Rafael Osío, a quienes se les puede aplicar aquello que escribió Víctor Hugo, y decir que tiene las patas delanteras en el vicio y las traseras en la autoridad.

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