Opinión Nacional

La lección de Sebastián Haffner

Sebastian Haffner (1907-1999) fue un berlinés que en 1938 se exiló en Inglaterra pues se consideraba una víctima aria de los nazis.

Estamos tan hechos a la idea falsa de que Hitler y los suyos se dedicaron al exterminio industrial de seres humanos dando preferencia tan sólo a los judíos (y a los gitanos, y a enormes contingentes de trabajo esclavo proveniente de Rusia, y a nacionales de los países bálticos y, en general, del este de Europa) que traer aquí la expresión «víctima aria» no me parece impertinente ni «políticamente incorrecta»: fueron millones los alemanes no judíos que no votaron por los nazis en septiembre de 1930. Y fueron, también ellos, víctimas de la brutal dictadura que dio comienzo, irónicamente, con una jornada electoral.

Una vez en Inglaterra, Haffner, que había cursado estudios de Derecho en su país natal, se hizo periodista y como tal trabajó muchos años para The Observer. Escribió libros, y uno de sus mejores es una biografía política de Winston Churchill. En 1954 regresó a su país donde hasta el fin de su vida colaboró para los mejores diarios alemanes.

Luego de su muerte, entre sus papeles fue hallado un manuscrito inédito que Haffner había terminado en 1939, pero como digo, no fue hallado sino después de 1999.

Publicado por primera vez a más de 60 años de haberlo escrito, el libro póstumo de Haffner se ha convertido en sólo unos pocos años en texto imprescindible para comprender uno de los misterios de la conducta humana en la era moderna: la paulatina aquiescencia con que una sociedad abierta se aviene a vivir en una dictadura.

Haffner, desde luego, no ha sido el único intelectual europeo del siglo XX a quien ha llamado la atención la operación intelectual y moral que permite a un individuo imbuirse de una especie de estupor político con el que cree puede sobrevivir sin ser visto ni tocado por una dictadura de masas.

«La historia que va a ser relatada a continuación ¬con estas palabras aborda Haffner el primer capítulo¬ versa sobre una especie de duelo. Se trata del duelo entre dos contrincantes muy desiguales: un Estado tremendamente poderoso, fuerte y despiadado, y un individuo particular, pequeño, anónimo y desconocido. Este duelo no se desarrolla en el campo de lo que comúnmente se considera la política; el particular no es en modo alguno un político, ni mucho menos un conspirador o un `enemigo público’.

Está en todo momento claramente a la defensiva. No pretende más que salvaguardar aquello que, mal que bien, considera su propia personalidad, su propia vida y su honor personal. Todo ello es atacado sin cesar por el Estado en que vive y con el que lidia nuestro particular, a través de medios brutales, si bien algo torpes.» Haffner, al escribir sobre lo que todavía estaba ocurriendo en su país, no aspira a un texto «comprehensivo» de teoría política sobre los estados totalitarios. Le interesa, más bien, dar cuenta del modo insidioso y «natural» con que una dictadura, vista al principio con mucha antipatía por la mayoría, termina por convertirse en su hábitat moral.

Al pretender ser sólo una crónica abismalmente incisiva y sincera de cómo tomó Haffner la decisión de exilarse tempranamente de la Alemania nazi, es también un tratado de fenomemonología espiritual acerca de cómo funcionan los seres humanos cuando les toca perder el duelo «asimétrico» con el Estado dictatorial. De allí creo, el valor universal que hoy tiene «Historia de un alemán.» 1923 fue un año decisivo en la historia contemporánea de Alemania. Luego del fracaso de la revolución espartaquista ¬»nada de lo que hace la izquierda funciona», afirma Haffner que fue la lección del momento–advino un breve período de locura financiera, o por mejor decir, bursátil.

Fue la etapa del director de banco de 21 años que se hace rico en mitad de la ruina colectiva, una época en la que » incluso el amor había alcanzado una fase inflacionaria» y al leer esta frase de Haffner se piensa inmediatamente en el Adiós a Berlín de Isherwood y también en el de Liza Minelli y Joel Grey. Todo como consecuencia de la hiperinflación del marco.

El hecho ha sido señalado una y otra vez como una de las causas económicas remotas que condujeron al auge del nazismo. Pero veamos lo que tiene que decir Haffner de 1923, de lo que comenzó a obrar en el espíritu alemán apenas diez años antes de la subida de Hitler al poder: «El año 1923 preparó a Alemania no para el nazismo en particular, sino para cualquier aventura fantástica. Las raíces sicológicas e imperiales del nazismo son mucho más profundas(…), pero entonces, en 1923, surgió aquello que confiere al nazismo su rasgo delirante: esa locura fría, esa determinación ciega, imparable y desaprensiva de querer lograr lo imposible, la idea de que `lo justo es lo que nos conviene’ y `la palabra imposible no existe’. Es evidente que este tipo de vivencias traspasan la frontera de lo que los pueblos pueden soportar sin sufrir secuelas emocionales.» Refiriéndose a los comienzos de 1933, cuando los nazis, ya instalados en el poder y entregados a copar con rapidez pasmosa todas las instituciones del Estado alemán, Haffner anotó: «La situación de los alemanes no nazis durante el verano de 1933 fue ciertamente una de las más difíciles en las que se pueda encontrar un ser humano: un estado de sometimiento total. (…) Todos los baluartes institucionales habían caído, era imposible ya cualquier tipo de resistencia colectiva y la oposición individual era una especie de suicidio. Los nazis nos tenían completamente en sus manos. (…) Y , al mismo tiempo, todos los días nos instaban no ya a rendirnos, sino a pasarnos al bando contrario. Bastaba un ligero pacto con el diablo para dejar de pertenecer al bando de los prisioneros y perseguidos y pasar a formar parte del grupo de los vencedores y perseguidores.» Es llegados aquí donde calza una de sus observaciones más sugestivas y que remiten a la idea del duelo desigual entre el Estado y un individuo particular: «Uno se siente siempre tentado a creer que la historia se desarrolla entre unas docenas de personas que `rigen el destino de los pueblos’ y de cuyas decisiones y actos resultará lo que, más adelante, será denominado `Historia’. (…), pero, aunque pueda sonar paradójico, no deja de ser un simple hecho que las decisiones y los acontecimientos históricos realmente importantes tienen lugar en nosotros, en los seres anónimos, en la entrañas de un individuo cualquiera, y que ante estas decisiones masivas y simultáneas, cuyos responsables a menudo no son conscientes de estar tomándolas, hasta los dictadores, los ministros y los generales más poderosos se encuentran completamente indefensos.» La bastardillas son mías.

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