Opinión Nacional

La legitimidad de la autoridad

La autoridad se ordena al bien público y sólo de manera indirecta a los fines de los particulares. Es soberana en su esfera, es decir, posee un poder supremo y de última instancia; sin embargo, tal poder no es ni ilimitado ni absoluto, Los poderes del gobernante están limitados por su misión de gobernar. El gobierno es, primeramente, una carga y secundariamente implica derechos, en cuanto necesarios para el cumplimiento de las tareas propias del gobierno y para garantizar la obediencia, siempre en función del Bien Común.

Así, en la sociedad democrática, la relacIón de poder no existe para que el gobernante realice su propia finalidad y en vista de sus individuales intereses. El poder no es un fin en sí mismo, sino, simplemente, una fuerza controlada y limitada de la que dispone la autoridad, cuya aplicación obedece al Bien General y favorece los fines de realización personal de los miembros del grupo social quienes, en éste, son la fuente última de la autoridad y, como gobernados, gozan de un fuero superior al de los gobernantes.

Desviaciones del poder y pérdida de la autoridad

La Historia testimonia que, aguijoneado por la angustia que la precariedad de su existencia le produce, el hombre deja, frecuentemente, de considerar al poder en su verdadera dimensión de medio y, seducido por la aparente capacidad que tiene de potenciar al ser que ejerce un nudo dominio, se convierte para él, en tanto gobernante, en objetivo existenciario. En tal circunstancia, el poder, alterada su natural vocación de medio, es desviado para asumir un rol de finalidad que su legítima estructura ontológica no le otorga. En esa perspectiva, el dominio se convierte en meta única de la existencia de quien lo ejerce. Dominar lo Otro, es decir, subyugarlo, domeñarlo, es el autoengaño que adormece en la conciencia el sentido de la finitud y de las consecuentes limitaciones de la propia realidad humana, en la ilusión de una sensación de infinitud que aparece en dicha conciencia y que proporciona el incorporar, ficticiamente, el entorno de los entes dominados a la realidad del sujeto dominante.

Al no aceptar su finitud, el hombre abandona la orientación positiva de la alteridad que induce, con ésta, un tipo de relación orientado hacia la complementación del ser y cuya fuente originaria es la voluntad de amor. Situado en la perspectiva de la orientación negativa, la alteridad se visualiza como mundo caótico de entes cuya presencia es menester borrar a fin de que sus límites dejen de demostrar su existencia y, con ella, la realidad de la propia finitud que quiere olvidar. Ese mundo, así concebido, deviene, entonces, en campo para ejercer un ciego afán de dominar, cuya vertiente raigal es, precisamente, la voluntad de poder y cuya expresión fáctica se reduce a la ambición del tener por el más tener. En ese contexto, toda relación social -religión, política, trabajo, propiedad, derecho, etc.- con el entorno que constituye su mundo, pierde su original designio de propiciar la potenciación del ser humano y adquiere la fisonomía de una brutal opresión que termina por anular las potencialidades personales del opresor y de los oprimidos.

No sería dificil, si se tratan los temas específicos de algunas de esas relaciones en sociedad, ver hasta que punto la desviación referida puede degradar la existencia humana y desvirtuar el verdadero sentido de la vida en sociedad. Pero no termina allí el peligroso derrotero que la existencia humana emprende cuando, con empeño en el vano espejismo de escapar de la propia finitud, se desvía al poder para facilitar la puesta en acto de las potencialiades de la persona humana, para hacer de él finalidad únicamente ordenada al término de su propia acción, es decir, al dominio. Al efecto, exarcebado en ese antinatural rol, el poder llega hasta a separarse del dominio que constituye su término material y, por esa vía, alcanza a independizarse de las determinaciones de los sujetos que hasta entonces lo ejercían. Convertido en última razón de la existencia individual y social e instalado en tan privilegiada posición, el poder impone un verdadero culto sobre los hombres, cuya liturgia consiste en la adoración de los símbolos e instrumentos que en cada recinto espacio-temporal lo invocan y posibilitan su logro.

Instalada esa situación, la persona humana es sacrificada en aras de un ídolo, de un mito, de una abstracción de algo contingente incardinada como absoluto en el orden de lo temporal: el Líder, el Estado, la Raza,la Ciencia, la Técnica, el Partido, la Clase, el Dinero, la Eficiencia, la Productividad, etc. Cualesquiera de estas pseudo deidades encarna un profundo desprecio por la persona del ser humano y hermana, tanto en lo metafísico, como en lo ético y en lo político, al paganismo antiguo o primitivo, uno de cuyos caracteres constitutivos era la práctica efectiva de sacrificios humanos, contra lo que se levantó la metafísica de inspiración bíblica y el plan de acción cristiana, de la misma manera como lo ha hecho siempre frente a los totalitarismos y tiranías de cualquier signo y ante las demás alienaciones que amenazan cosificar al hombre.

Por otra parte, cuando el poder es arbritriamente colocado fuera de su natural condición de medio para erigirlo en fin de la existencia, la autoridad, cuyo designio originario es ejercer la recta administración de esa fuerza o potencia que obliga, se ve rebasada por aquéllo que debía administrar y, al mismo tiempo, desplazada de su finalidad como parte especializada de la Sociedad para orientar y dirigir hacia el alcance de su cometido natural y al Bien Común General. Efectivamente, la nueva finalidad va a ser el poder en sí mismo que, de tal manera, se autoconstituye. Así, desbordada por su instrumento y sustituida su finalidad, la autoridad desaparece y su justificación ética y social deja su lugar al nudo argumento de la fuerza.

En tal virtud y de manera general, podemos afirmar que en cualesquiera tipo de sociedad organizada, cuando aquél o aquéllos que ejercen la autoridad dentro del Cuerpo social dejan, en su ejercicio, de atender a la finalidad del mismo para sustituirla por fines distintos inherentes a sus propios intereses o desequilibrios, o a otros extraños a la finalidad originaria del grupo social, la autoridad pierde, eo ipso, su razón de ser y, en ello, su existencia en cuanto ética y jurídicamente legítima y válida.

Principios de legitimidad de la Autoridad

Como principios de legitimidad de la autoridad se tiene:

1) La necesidad del hombre de vivir en Sociedad.

2) La igualdad esencial y las diferencias existenciales de los seres humanos.

3) La limitación y control del poder del gobernante que derivan de la transitoriedad y alcance de su misión.

La fuente de la autoridad es el pueblo, entendido como el conjunto de todos los miembros del cuerpo político o sociedad. Del pueblo se predica el concepto analógico de soberanía o plena autonomía y es, por tanto, su consentimiento racional lo que legitima sus autoridades. Será, por tanto, ilegítima toda autoridad que gobierne contra el Bien Común, así como también la que se imponga por encima de la voluntad del pueblo aunque gobierne bien. La autoridad legítima puede perder esa condición por abuso grave, permanente y general y, también, por incapacidad debidamente constatada de quien la ejerce, siempre que sea permanente o irremediable.

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