Opinión Nacional

La locura expropiatoria

La obsesión expropiatoria ha regresado al espíritu del Presidente Chávez, con el ímpetu propio resultante del guayabo post electoral del 26-S, mal disimulado en su retórica habitual, y contra todas las lógicas que pudieran contribuir a una mejor interpretación y digestión de dichos resultados.

¿Espera Ud. realmente, que los señores diputados oficialistas, coloquen una alfombra roja en las puertas del Palacio Legislativo, guinden bombas y reciban con abrazo y sonrisita, a los diputados de sectores no chavistas, el próximo mes de Enero?

Esperar que Cilia Flores, por ejemplo, dibuje en su rostro una sonrisita o al menos una mueca que se le parezca, y exhiba un talante tolerante, receptivo y democrático, y suelte alguna frase positiva sobre los legisladores opositores o sus propuestas, es algo así como pedirle peras al olmo, o esperar una idea fulgurante, o una palabra inteligente más allá de un balbuceo de loro, o esperar al menos una neurona no talibana y sobreviviente, o una respuesta concreta y efectiva a las Universidades y a los Universitarios, y a su vergonzoso presupuesto 2011, y a sus no menos vergonzosos salarios, por parte del Ministro de Educación Superior, Edgardo Ramírez. Es decir, algo sencillamente imposible, utópico, irrealizable, que jamás ocurrirá.

En su peculiar estrategia política, salpicada de su dogmatismo militar y su delirio comunista, entiende el ciudadano Presidente que expropiar medio país, es el mejor antídoto para su depresión post electoral, y coincido (como coinciden muchos) con el Gobernador Henri Falcón, cuando afirma que expropiar empresas sólidas, exitosas y con años de trabajo es muy fácil, difícil es llevarlas a ese punto, ante el lamentable anuncio de la expropiación de la empresa Agroisleña, y de las que, seguramente, están en la larga lista del Jefe del Estado.

Ha faltado contundencia en el rechazo a esta locura expropiatoria que ha invadido a las mentes de la élite gobernante, que escapan al sentido común, y a toda la lógica económica, social, política de la época que transitamos, y al ritmo de los cambios que el mundo está presenciando.

Y ha faltado también, en ese rechazo y crítica que han manifestado los agricultores, productores agrícolas y todos los actores vinculados a la actividad agropecuaria, y de los sectores empresariales, una defensa, sin ambages, sin miedo, al sistema económico que permite la construcción de empresas exitosas, que hace posible el emprendimiento, la fabricación de productos o la oferta de servicios de calidad, la sana competencia, y sobre todo, la expresión y el desarrollo del potencial creativo, gerencial, profesional y del talento de cualquier persona. Sí, ha faltado una defensa del capitalismo. La inmadurez de muchos, y la reduccionista manía etiquetadora del gobierno, al tildar de burgueses, oligarcas, pitiyanquis, o de derecha, a quienes defienden la idea de que debe respetarse la propiedad privada, la libre iniciativa, y sobre todo la libertad de estudiar, trabajar, y vivir en una sociedad, en la que no importe tu tendencia política o ideológica, matizan ese rechazo.

La obediencia ciega y el jalamecatismo desaforado, por parte de muchos de sus ministros, es la rastrera evidencia de la pérdida total de independencia intelectual y sentido crítico. Que Chávez se equivoque, es algo que ya todos sabemos, y esperamos, con la triste certeza de más de una década de desafueros. Pero que sus ministros y asesores, concientes de esos errores, no se los comuniquen y no se lo digan, es la antítesis del trabajo en equipo, y del rol de cualquier líder.

Medio mundo ha entendido que el capitalismo, la economía de mercado (con la necesaria e insustituible presencia reguladora del Estado) es el único modelo económico capaz de crear, sistemática y estructuralmente, niveles de crecimiento económico, de empleo, inversión y bienestar social. Hasta en Cuba, después de medio siglo, lo han entendido. Pero aquí, van por el camino contrario.

Crítico de la burocracia y el tamaño de la estructura de la administración pública al inicio de su mandato, por allá en 1999, ha impulsado hoy vía estatizaciones, un crecimiento acelerado del Estado. Los datos que maneja el Instituto Nacional de Estadística (INE) señalan que entre agosto de 2000 e igual mes de este año el número de obreros y empleados del sector público se incrementó en 79,2%, lo que significa que en una década ingresaron 1.024.595 trabajadores al aparato estatal. (Diario El Universal, 10-10-2010).

A la luz de la destrucción progresiva, calculada, normativa y jurídicamente planificada en un entorno que eliminará a la empresa privada, solo nos queda afirmar que, expropiar no es gobernar. Será a lo sumo un arrebato de odio y resentimiento que pretende esconder sus fracasos, o la radicalización de una política de amedrentamiento, que busca aumentar los mecanismos de control social y económico, pero no es gobernar. La confrontación luce inevitable, si el Presidente persiste en la idea de imponer un proyecto de país distinto al que la gente quiere, divorciado de la realidad.

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