Opinión Nacional

La lógica de la puerta cerrada

– Hijo, habla con tu padre.

– No quiero, mamá. Ya no.

– ¿Por qué? Sabes que es importante que resuelvan sus diferencias.

– Sí, mamá, fui a hablar con él; perome empujó, y me cerró la puerta.

Ciertamente, resolver una crisis como la que afecta a nuestro país en todos los ámbitos, demandaría un gran acuerdo nacional. Pero, ¿conviene al Gobierno un diálogo?Tras el trágico saldo de seis muertos, hasta hoy; más de un centenar de heridos producto de la represión más cruenta, el bloqueo informativo, la persecución política de líderes de oposición, y la amenaza permanente por parte de Presidente y acólitos, por más que diversos personajes vinculados al oficialismo repitan en incesante, cíclica retahíla que están“dispuesto a escuchar las propuestas e inquietudes” de diferentes sectores vinculados a la protesta, es muy ingenuo pensar que la intención de negociar (y por tanto, la disposición a perder algo para ganar a cambio un beneficio, un consenso fundamental que posibilite la convivencia) es real. Quince años de polarización fomentada desde el Estado-Gobierno-Partido dan cuenta de una realidad: a este sector no le interesa perder nada, ningún espacio, ninguna mínima cuota de autoridad que ponga en entredicho su hegemonía. Eso, según suWeltanschauung o cosmovisión particular, sólo lo debilitaría. Su interés, a lo sumo, es favorecer condiciones o acuerdos que no atenten contra el Status quo, que no lo comprometan a hacer cambios significativos. El gobierno, en tanto dueño de los recursos, en tanto “administrador de la casa”, es dueño de “la verdad”, una verdad que necesita validar permanentemente para sostenerse. En esas condiciones de evidente desventaja para el otro bando, es imposible llegar a acuerdos que hagan viable otro equilibrio de Poder en nuestra sociedad. Al respecto, dice el estudioso del fenómeno de la Inteligencia Colectiva, David Bohm: «el diálogo no está vinculado a la verdad sino al significado, y éste no es resultado de una opción individual sino de una construcción social.»

He allí tal vez la razón por la cual han fallado y seguirán fallandolos eventuales-también cuestionados- encuentros entre Gobierno y Oposición. El objetivo del diálogono puede ser el simple intercambio de informacióndesde un sector de Poder haciaotro sector en minusvalía, sinola transformación de la realidad de ambos; es decir, la “construcción de nuevos significados compartidos que integren expectativas diferentes y aun contradictorias”. Cuando se diluye el significado compartido de las organizaciones sociales, la sociedad se vacía de sentido,las instituciones dejan de percibirse comoentes de referenciacomúny surge entonces la violencia, definida por David Bohm como “mecanismo privilegiado para la realización de la voluntad individual o colectiva”. Nunca deseable, por supuesto, pero inevitable cuando se reprimen todas las vías para canalizar la frustración colectiva.

¿TODOS SOMOS CULPABLES?

Al intentar evaluar la crisis venezolana, y a diferencia de la notable frontalidad expuesta por el Premio Nobel de la Paz 1987, Oscar Arias (quienseñalaal Gobierno venezolano porque “reprime la crítica y la disidencia”)importantes figurascomo Rubén Blades(“Venezuela duele”: http://www.rubenblades.com/todos/2014/2/18/venezuela-1.html/) han ensayadoun generoso esfuerzo por opinar sin tomar partido, tratando, en espinoso ejercicio de equilibrio, de asignar responsabilidades de igual peso a cada bando, en lo que refiere a crear condiciones para un diálogo. En ello, sin embargo, está la mayor flaqueza de tal enfoque: a veces no es posible ser igualitario, sin pecar de injusto. No es posible hablar de Diálogo en condiciones desiguales, en condiciones distintas a las que establece la participación democrática, en condiciones que desmeritan sensiblemente el reconocimiento sin prejuicios del otro e imposibiliten la creación de referentes para un marco común. No es viable, pues, ni justo, hablar de equilibrio, cuando la premisa es favorecer la permanencia de la hegemonía de un sector, y por tanto, del desequilibrio.

Algo es evidente: el Gobierno es quien tiene las armas. Quien tiene el control de las todas instituciones, incluida la administración de justicia y castigo. Quien maneja los cuerpos de represión, oficiales y para-estatales. Quien dicta leyes y administra Habilitantes. Quien cuentacon un poderoso Sistema Público de Medios, a su entera disposición y fines. Quien prescribe la censura en los medios privados, y justifica laejecuciónde medidas extremas, “necesarias para la seguridad nacional” como el bloqueo informativo. Él es, pues,dueño del dinero ylos recursos, administrador de la casa, y tiene por tanto la potestad de cerrar puertas –a abrirlas- para que otros tengan o no acceso a él. No basta por tanto decir que hay disposición para el diálogo, y que son “otros” los que lo sabotean. El diálogo no puede ser una medida contemplativa, sino activa, generadora de procesos con respuesta en la práctica. Tal como de nuevo expresa Oscar Arias, el Gobierno de Venezuela “puede hacer todos los esfuerzos de oratoria que desee para vender la idea de que es una verdadera democracia, pero con cada violación a los derechos humanos que comete, niega en la práctica esa afirmación.”

Crimen de incoherencia: ante el amable, tibio juicio de Blades, el gobierno espetó su previsible respuesta: “Te salió mal la letra” Rubén…

DIALOGO BAJO AMENAZA

Desde esa posición, insisto,privilegiada, y en completa condición de unilateralidad, el Gobierno sigue arengando la confrontación.Reparte responsabilidades, pero no acepta ninguna. Asume que es víctima de una conspiración internacional que convoca a reconocidos medios de comunicación como NTN24 o CNN, pero descalifica la existencia de una importante cantidad de videos, testimonios, pruebas contundentes que registran su obvia incumbenciaen sucesos que comprometen el respeto básico a los Derechos Humanos. El verdadero diálogo en democraciano es compatible con tales prácticas, por el contrario, implica una regresión, una desfiguración de lo democrático: y si la idea es construir significados comunes y compartidos que delimiten el campo de legitimidad de la acción de la autoridad política, debe haber primero,previa introspección, disposición de parte del Estado paraincorporar eventuales propuestas de cambios de ruta, de nueva distribución del Poder (es el únicoque puede) y hacerlas viables. Decir que hay voluntad de diálogo y lanzar a un debilitado, desabastecido “adversario” (la guerra como referente) la responsabilidad de no darle continuidad, amén de incoherente, es poco menos que un cinismo.

 

Y no se trata de exculpar al “otro equipo”, no. Hay que reconocer errores de coordinación de estrategias, de falta de visión a largo plazo, de real mesura de las consecuencias de una retórica puntual, de evaluación realista del contexto. Todo esto, sin embargo, parece terminar en la última capa de la bola de nieve que implica la negación permanente de condiciones para el acuerdo y la práctica democrática del diálogo. Lamentablemente, todo indica que el círculo vicioso no acabará, en la medida en que se empuje al interlocutor fuera del cuarto, mientras se le cierren las puertas en la cara. Y peor aún: en la medida en que se crea que justo eso –descartar la voz que resulta tremendamente incómoda- sea la única estrategia válida para mantener el Poder, atoda costa.

 

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