Opinión Nacional

La lucha por el derecho

La célebre obra del jurista alemán Rudolph von Ihering, cuyo título he tomado para este artículo, no ha perdido nunca su actualidad. Exaltada por su extraordinario aporte a la cultura universal, quizá no ha sido suficientemente bien ponderada en cuanto ha significado como acicate a la conciencia de los hombres para la defensa de la libertad, de la justicia y del derecho.

De nada vale el concepto abstracto del derecho mientras no se logre materializarlo como elemento ordinario en la vida de los pueblos. Pasión y sentimiento por el logro de esa meta que se manifiesta más vehementemente en las naciones cultas, como particularmente lo confirma la importancia que asignan tanto a las grandes causas como a las pequeñas incidencias de un combate que no da tregua ni permite descanso, y de lo que es ejemplo la tenacidad de los ingleses para rechazar cualquier arbitrariedad independientemente de su cuantía monetaria.

Igual admiración me produjo a mí la constatación de la conciencia revelada por un numeroso grupo de compradores en una tienda de departamentos en los Estados Unidos. Una clienta reclamaba un cargo en su cuenta que excedía en cincuenta centavos el precio de la oferta. La cajera le explicaba que sólo el gerente tenía autoridad para modificar la cifra registrada por la máquina. Una larga cola pacientemente esperaba, y a nadie se le ocurrió proponer pagar la pequeña diferencia para evitarse la demora que exigió el proceso de reconocimiento del derecho reclamado, insignificante en su monto, pero de inmenso valor pedagógico.

Adhiérase o no a la teoría filosófica de Ihering, menester es convenir con él en que sólo la disposición firme y permanente de la sociedad en defensa de la libertad y de los derechos constituye la garantía de existencia de un régimen de legalidad y de justicia. Muchas veces lo he repetido, la democracia no es un sistema para gentes apáticas, holgazanas e indiferentes.

Como en apoyo de las ideas expuestas, vino a mi memoria la dramática escena que con su característica elocuencia estampó en su hermosa obra El Ocaso de la Libertad el eminente escritor español Emilio Castelar. En la Roma decadente de las postrimerías del Imperio, un viejo senador, genuflexo, implora a Augusto que devuelva a los ciudadanos la República y las libertades por él conculcadas. Soberbio y arrogante, el tirano le responde:
“¿La libertad? Cremutio Cordo, te desconozco. La libertad se conquista y no se pide. La libertad se gana blandiendo la espada en el aire, y no arrastrando las rodillas por el suelo. Ni tu puedes pedir la libertad, ni yo decretarla. Ese bien supremo no será nunca un regalo de los poderosos, sino una conquista de los ciudadanos. Si no se gana, no se obtiene.”

Conclusión: La libertad no es algo gratuito. Hay que conquistarla cada día y pagar su precio.

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