Opinión Nacional

La madurez de una generación

Uno de los grandes defectos históricos de los movimientos estudiantiles, tanto en Venezuela como en el resto del mundo, ha sido esa clásica visceralidad e inmadurez con la que sus líderes han asumido importantes encrucijadas, dejándose guiar por sus corazones y no por la fría lógica. Evidentemente este defecto no es patrimonio único de la juventud, pero al realizar un análisis histórico se puede identificar esta circunstancia en varias generaciones.

Un buen ejemplo es la huelga general de Junio de 1936. Tras el vendaval de emociones desatado con la histórica jornada del 14 de Febrero de ese año, la ola de descontento generalizado seguía creciendo ante un Congreso ilegítimo que no cumplía su promesa de auto disolverse y un presidente que no cortaba por completo con el Gomecismo. Pero ese carácter visceral de la protesta los llevó a no establecer con claridad objetivos realistas para la actividad, lo que posteriormente tuvo un efecto contraproducente. Elocuentemente, Rómulo Betancourt describió la situación en su magnum opus, “Venezuela, política y petróleo”:
“Esa huelga se planeó con una duración prefijada de veinticuatro horas. Tenía definido carácter de protesta colectiva contra la pervivencia de hombres y métodos del Gomecismo dentro de la Administración Pública. Apreciábamos con claridad la inmadurez organizativa de las fuerzas populares y nuestra propia actitud subjetiva era extraña a la idea de derrocar al Gobierno. Pero la expansión y fuerza adquiridas por la huelga, que paralizó de un extremo a otro a la nación, nos indujo a adoptar una posición equívoca. Nos dejamos impresionar por la marea ascendente de la calle y prolongamos la duración de la huelga más allá del límite justo que se le había fijado”.

Pero este error del 36 no constituyó una anomalía dentro del desenvolvimiento de los movimientos políticos venezolanos, sino que se constituyó en un elemento recurrente: Los líderes, al ver la ola popular desatada, se dejan llevar por el ilógico ímpetu de las masas, y dejan de pensar para actuar con las vísceras. Ejemplo reciente tenemos en el famoso paro indefinido del 2002, que comenzó como una huelga de 48 horas, y cuya prolongación, a la larga, fue contraproducente, golpeó severamente las bases económicas del país, desarticuló a los movimientos populares y atornilló al oficialismo al poder. Es que en sí mismos, los objetivos de ese paro carecían de toda lógica, nadie en pleno uso de facultades podía considerar la renuncia de Chávez como una salida viable.

Pero esta vez, se reescribió la historia. Los estudiantes, los come candela, los cabeza caliente, no se dejaron llevar por el rabioso ímpetu juvenil. La decisión de levantar la huelga, tras conseguir los objetivos pautados (la liberación de Julio y el compromiso de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos) asegura la reorganización del movimiento para nuevas movilizaciones y evita que la protesta se desinfle por la saturación de los medios, al mismo tiempo que demuestra que esta generación es algo más que un grupo de muchachos apasionados. Se ha alcanzado la madurez política necesaria para asumir decisiones comprometidas, que no son las más fáciles, pero son las que determinarán el derrotero que seguirá nuestra nación en este siglo que apenas nace.

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