Opinión Nacional

La Mentira como Instrumento de Gobierno

La Mentira como Instrumento de Gobierno.

A diario los venezolanos podemos constatar, no sin algo de asombro, la “mitomanía” que se ha hecho ya una práctica habitual y corriente, tanto en los representantes del alto gobierno, como entre los más fervientes –y en ciertos casos feroces- seguidores y defensores del “gobierno revolucionario”.

Son realmente henchidas de un cinismo, francamente insólito, las declaraciones de los más calificados personeros del gobierno actual. Por ejemplo, el señor Vice-presidente Ejecutivo, actúa cínicamente cuando afirma que “todo está normal”, mientras ante nuestros ojos aparecen las imágenes frecuentes en la TV, de agresiones violentas y enfrentamientos en las calles de Caracas, Maracaibo, Valencia y otras capitales de estado. Cuando cada día nos abordan, en todas partes, más vendedores ambulantes de lotería, videos, libros, refrescos. “chucherías” y toda clase de objetos; cuando pululan por las principales calles y avenidas de la capital los mendigos; cuando ha aparecido una nueva modalidad de miseria: hombres y mujeres implorando ayuda económica con un “récipe” o un informe médico en la mano que indica una delicada y costosa intervención quirúrgica, (¿qué ocurre con el flamante Fondo Único Social?) y muchas otras lamentables y tristes situaciones que confronta actualmente el pueblo venezolano. Cuando leemos con preocupación las noticias sobre asesinatos, violaciones y otros crímenes cometidos cada fin de semana.

Por otra parte, el señor Presidente asevera, para sorpresa e incredulidad de quienes le escuchamos declarar en sus frecuentes viajes al exterior, que aquí en nuestro país “sólo hay un grupito, una minoría de inadaptados, que no quieren renunciar a sus privilegios” y son éstos quienes se mantienen en una actitud de “oposición golpista”, (constituida por la “oligarquía”, según lo entiende el Presidente), mientras las encuestas dicen lo contrario y además observamos las multitudinarias y reiteradas marchas y demás manifestaciones, de las organizaciones que constituyen la oposición democrática. Estas son cada vez más nutridas, plurales y heterogéneas en cuanto a clases sociales, lo cual dice mucho de la motivación que induce a los venezolanos a unirse en torno a una causa común: la angustia, frustración e impaciencia que embarga a una determinante mayoría de los venezolanos, que amanecemos cada día con preocupación y desesperanza ante los acontecimientos que confirman la grave situación que confronta nuestro país. Como toda persona medianamente informada sabe, el país está agobiado por problemas coyunturales y estructurales de toda índole, ante los cuales el gobierno ni siquiera parece estar en capacidad de abordarlos con realizaciones concretas que constituyan respuestas eficaces a tantos problemas sociales y económicos. Tal incapacidad resulta más grave aún si tomamos en cuenta que el gobierno cuenta con la mayoría en la Asamblea Nacional, lo cual en teoría le facilitaría una gestión pública por demás fructífera. Pero, es que sus “brillantes tribunos” se han dedicado es a seguir la tónica del Jefe: injuriar, denigrar y ofender a sus colegas de la oposición, sobre todo a los que heredaron el “estigma” de haber sido gobierno, en la –según ellos- extinta cuarta república, pero en nada contribuyen a la gobernabilidad de la nación.

Afirmaciones como las mencionadas a modo de ejemplo, evidentemente cínicas y farisaicas, lejos de convencer a nadie, lo que logran es que quienes nunca antes nos habíamos interesado en emitir opiniones políticas –ni siquiera en privado—nos llenemos de indignación e impaciencia, al ver tanta desfachatez junta y recurrente.

Otra manifestación evidentemente hipócrita, de los líderes de la “revolución bonita”, son sus insistentes llamados al diálogo, al entendimiento y a la concordia, formulados por quienes ahora, léase bien: ahora, parecen sentirse con “el agua al cuello” y pretenden convertirse en los paladines de la bondad, la tolerancia, el pacifismo, en fin, intentando que los venezolanos nos “traguemos la píldora” de su histriónico discurso, y hacernos creer que ellos sufrieron una “milagrosa transformación”, que los convirtió, de la noche a la mañana, en una inofensiva cofradía de pacíficos y bonachones monjes, incapaces de hacerle daño a ningún ser viviente, cual si fueran aventajados discípulos de Francisco de Asís, Agustín, Ghandi, Luther King, Mandela y otros ilustres santos o héroes civiles, sólo por citar algunos ejemplos de quienes fueron auténticos modelos de sacrificio, desprendimiento, servicio, sencillez, bondad, humildad, pacifismo y amor por la justicia y la libertad. ¡Pero la experiencia aconseja desconfiar de esos sospechosos alardes de “paz y amor”! Dada la evidente incongruencia (hipocresía) entre sus dichos y los hechos, sería sacrílego insinuar que pretenden actuar como discípulos de Jesús de Nazareth, el Unigénito Hijo de Dios.

Otra descarada manía es la de llamar “golpistas”, en un lenguaje aburrido, por repetitivo, a quienes no estén de acuerdo con un gobierno que ha resultado ser mentiroso “hasta la pared de enfrente”. Pero, es que están tan acostumbrados a mentir, que ni vergüenza les da. Forma parte del estilo de gobierno. En todos los gobiernos ha habido engaño, ofertas incumplidas, pero la mentira como herramienta de gobierno, ¡nunca como ahora! ¡Quedará en las páginas de nuestra historia política, como un fenómeno inédito!

Amigo lector: no nos llamemos a engaño. No podemos olvidar que durante varios años hemos sido atónitos testigos de la injuriosa y desconsiderada campaña de insultos, improperios y amenazas, proferidas por el señor Presidente y respaldada por sus seguidores, (quienes en su mayoría defienden y justifican con un ciego fanatismo tal conducta, mientras los menos -quizás por tener todavía algo de vergüenza y honestidad de conciencia– mantienen un discreto silencio cómplice), en contra de “la contrarrevolución”. El resto, la mayoría de los venezolanos, que somos “el soberano”, estamos hartos de sufrir las trágicas consecuencias de un gobierno incapaz, errático, fanático, autoritario, manirroto y ¡para colmo! inspirado en una ideología política caduca, extraña a nuestra cultura democrática. Hasta ahora el inefable “gobierno del cambio” sólo ha logrado, además de los males económicos y sociales de todos conocidos, promover el deterioro de las instituciones y provocar la división de los venezolanos en dos bloques antagónicos, por ahora irreconciliables, debido al ponzoñoso discurso de que fue víctima el pueblo, en contra de los partidos tradicionales (las “cúpulas podridas del puntofijismo”) Parte de ese crédulo e incauto pueblo, aún se encuentra del lado oficialista, porque continúa bajo los efectos del fatídico “encantamiento” a que fue sometido, por lo que mira como enemigo a cualquier ciudadano que simplemente no comparta el discurso de su “redentor”, ni los métodos de acción gubernamental. Esa división circunstancial desaparecerá –Dios mediante- cuando se opere un auténtico cambio de dirección política y administrativa, a cargo de gente verdaderamente inteligente, demócrata y progresista. Personas que actúen con fidelidad a los valores superiores (la vida, la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la democracia, etc.) consagrados en el artículo 2 de nuestra Constitución, a los que nos permitimos agregar las siguientes virtudes: probidad, honorabilidad, decencia, integridad y estatura moral y cívica, apoyadas en el cultivo de estos valores fundamentales: el TRABAJO EFICIENTE y la VERDAD (que ha brillado por su ausencia en el presente período de gobierno).

Pensamos que si los “revolucionarios” quisieran reivindicarse ante el país, solamente les queda realizar un gesto de grandeza, que los enaltecería, atenuaría la gravedad de los dislates cometidos y se ganarían nuestro perdón: PRESENTAR SU RENUNCIA COLECTIVA Y DEJAR EL PASO LIBRE PARA QUE LOS VENEZOLANOS PODAMOS RENOVAR LAS AUTORIDADES MEDIANTE EL VOTO POPULAR. Un nuevo liderazgo que asuma, con sinceros propósitos de trabajar por la recuperación y el desarrollo integral de Venezuela, a cuyos efectos tendrá que gozar de un mayor nivel de credibilidad, gracias a las condiciones morales, intelectuales, profesionales, éticas y psicológicas, (la experiencia aconseja tomar muy en cuenta el factor psicológico) de quienes sean llamados a integrar los cinco órganos del Poder Público, y en consecuencia, estén en capacidad de dar adecuadas respuestas a los retos que hoy plantea la situación del país. Una nación sumida en un insólito y lamentable estress colectivo.

¡Demasiado tiempo se ha perdido. Ya es hora de recoger los escombros de “lo que queda del país” y reiniciar su reconstrucción! ¡Gracias a Dios, Venezuela cuenta con reservas morales y un excelente capital humano, conformado por hombres y mujeres de alta calificación, demócratas y de buena voluntad, quienes tendrán que asumir ese formidable reto!

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