Opinión Nacional

La misión imposible del PSUV

No es difícil de desentrañar la razón principal de los sucesivos fracasos de la «revolución bolivariana» en tratar de organizar un partido político con todos los hierros. Y es que el señor Chávez no admite «dirección colectiva» y sin ésta no es posible crear y desarrollar un partido político institucional, vale decir, que tenga vida propia más allá del liderazgo del caudillo fundador o rector.

Y para que haya una dirección colectiva es indispensable que el núcleo coordinador del pretendido partido esté integrado por figuras de peso propio, respecto de las cuales el líder máximo sea un primero entre pares y no un mandamás de voluntad imperativa y sin posibilidad de deliberación.

Rómulo Betancourt fundó a AD junto a Rómulo Gallegos, Raúl Leoni, Andrés Eloy Blanco, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Valmore Rodríguez y Juan Pablo Pérez Alfonzo, entre otros. Rafael Caldera fundó a Copei junto a Pedro Del Corral, Lorenzo Fernández, José Antonio Pérez Díaz, Víctor Giménez Landínez, Luis Herrera Campíns y Nectario Andrade Labarca, entre otros. Se entiende, por tanto, que ambos partidos tuvieran con qué cimentar su vocación de instituciones perdurables.

Pero ese no es el caso del PSUV. El señor Chávez sólo admite en su entorno a subalternos que no tienen la cualidad de discutirle ni siquiera sus ocurrencias más enajenadas. Obedientes subordinados que tiemblan de pánico cuando el gran jefe les dirige la palabra en público. ¿O es que Diosdado Cabello o Jorge Rodríguez no encajan en esa descripción?

De allí que un partido serio y longevo como el PCV hubiera declinado la «invitación» a disolverse e incorporar sus remanentes al PSUV. Hasta los directivos del PPT se dieron cuenta de la arriesgada apuesta y prefirieron conservar sus siglas que, aunque de escasa importancia, por lo menos son propias.

Ahora bien, a falta de un partido orgánico que envuelva a todo el variopinto mundo del oficialismo rojo-rojito, la pulsión hacia la anarquía operativa y el característico «todos contra todos» de la política rudimentaria, se pueden volver el pan nuestro de cada día. Al fin y al cabo, el único denominador común entre, por ejemplo, José Vielma Mora y Lina Ron, o entre Francisco Ameliach y Cilia Flores, es el reconocimiento del liderazgo supremo del señor Chávez, pero aparte de ese vínculo central no hay ni ideología ni ética ni patriotismo que les unifique en un mismo cuerpo partidista.

Si además ese hegemón que significa el poder personal del señor Chávez se encuentra en franco proceso de debilitamiento, tanto porque se quedó sin la ansiada reelección luego del 2-D, como por la acumulación de graves problemas gubernativos que le quebrantan su base de apoyo popular, entonces las tendencias desintegradoras no tardan mucho en presentarse, y eso es lo que está ocurriendo en la actualidad.

El PSUV es una misión imposible de llevar a cabo, en cuanto partido político de naturaleza amplia y sustentable. Muchos de sus jerarcas más reconocidos lo saben pero no desean correr con la misma suerte de Luis Tascón. Tarde o temprano, sin embargo, ese es el destino que les espera.

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