Opinión Nacional

La misma osamenta

No está demás referirse nuevamente al 4-F, sobre todo por la perpetua necesidad que padecen o tienen de reescribirlo desde la dirección de un Estado con pretensiones de imponer una versión de la contemporaneidad que –resueltamente- le es extraña. Imposición que, por cierto, desafía todo escrúpulo moral y revela las peligrosas consecuencias del monopolio de sus recursos simbólicos, acaso más importante que el ejercido sobre la violencia.

En lugar de los hechos objetivamente acaecidos, parece útil especular en torno a lo que pudo convertirse en una de sus posibilidades: el triunfo y el derrumbe insurgentes. La hipótesis permite esbozar algunas de las orfandades y contradicciones inherentes a un movimiento o –mejor- una logia, tan reales como las realidades mismas a las que sobrevivieron.

Hallamos, por una parte, que el acceso violento al poder hubiese suscitado una dura pugna por la conformación de la junta de gobierno, quizá transitoriamente resuelta por la presidencia nominal de un alto oficial de las Fuerzas Armadas Nacionales y la incursión de dos o tres civiles, frente a tres o cuatro de los principales oficiales promotores del golpe. Si fuere el caso de descartar definitivamente el papel que cumpliría el entonces ministro de la Defensa, en la difícil nómina quedaba un conjunto de generales y almirantes de los ejércitos aéreo y naval que ciertamente se dieron a conocer en noviembre de 1992, como un difícil y gigantesco escollo a derribar por los comandantes de un golpe que. -segura y adicionalmente- vocearían la consigna y el dislate generacional en medio del cortocircuito provocado en la cadena de mando.

La improvisación de las medidas adoptadas, por otra parte, hubiera desmentido el nivel y la claridad de un debate que no sólo estuvo alejado del escenificado en el seno de la entidad militar peruana por 1968, sino que evidenció sus flaquezas y, a lo mejor, su inexistencia con la Agenda Alternativa Bolivariana e, incluso, con las alocuciones presidenciales de las que verídicamente hemos sabido por estos años. Excepto se tratara de la creación de los comités de salud pública u otras iniciativas tendientes a aliviar a muy corto plazo los problemas sociales, con el disfrute de una inmensa popularidad por el inmediato castigo de los corruptos y de todos los políticos que real o imaginariamente hundieron al país, el anuncio de un decidido proyecto de orientación más leninista que marxista, a la espera de una más serena comprensión del castrismo, obviamente hubiese chocado con las expresiones nítidamente democráticas de nuestra hoy tan agobiada cultura política.

Finalmente, los principales propulsores del golpe hubiesen reclamado el adelanto de los comicios de 1993 radicalizando las condiciones de pulcritud y transparencia, pues, pues, diluidos o defenestrados, otros prontamente capitalizarían sus esfuerzos gracias al garantizado impacto publicitario de toda intentona precursora. Los más cómodos tendrían una embajada o un ministerio y, sobre los más renuentes, pesaría la losa del estigma y del olvido, mientras el sector civil propendería a un protagonismo tan adecuadamente administrado como en la actualidad, tratándose de las credenciales a exhibir en la comunidad internacional.

Tratándose de la complicada familia de las presunciones, convengamos que se trata de una hipótesis no completamente nula al dejar intacta la osamenta de una intención que más tarde adquiriría otro ropaje, contando con un limpio proceso eleccionario, como el de 1998, y, más aún, a posteriori, con el tiempo necesario para el progresivo desmontaje de la institucionalidad democrática y el (re) descubrimiento de los argumentos que dibujan la etapa antiimperialista y antilatifundista de la revolución, según el canon. Siendo así, la llamada política-ficción goza de una prestancia que, en mucho, contribuye a la de las realidades que decimos vivir.

II.- El último texto

Descubrimos a Teódulo López Meléndez en una ociosa tarde de librería, satisfechos por la posibilidad de indagar y de elegir. “El último texto (segunda lectura del nuevo milenio)”, editado por Ala de Cuervo (Caracas, 2006), es una obra breve y – rara avis – muy bien escrita, capaz de suscitar la reflexión sobre todo ante el dilema que nos airea entre la postmodernidad y la nueva modernidad.

Destacamos las consideraciones realizadas sobre la sociedad del espectáculo, la desaparición de las mediaciones políticas y la solidez adquirida por el poder tele-tecno-mediático, orientándonos hacia un neo-totalitarismo que toma ventaja de la tribalización, ilustrada por la aparición de movimientos sociales ciertamente minoritarios y caracterizados por una sociabilidad primaria. Tiene sobrada razón al afirmar que “sin memoria la política carece de sentido” (52), huérfana de ideas y abundante de dirigentes tornados en actores de televisión: viva expresión de la crisis experimentada por el pensamiento trascendente, el autor reivindica la ciencia política, recomendando la de la de la política misma por encima de la economía, su reconstrucción en la vida cotidiana e incursión en el pensamiento complejo. Empero, sostenemos la necesidad e importancia de un debate sobre la pertinencia de lo ideológico, en la difícil acera de sus cuestionamientos, pareciendo no bastar el método científico como combustible para andar las calles del desconcierto o-mejor- la descreencia que nos asfixia.

Acucioso observador, el autor atina en la caracterización de fenómenos como el hampa, al concluir que es “la más patética manifestación de la imposibilidad revolucionaria y una forma sustitutiva de búsqueda de la igualdad social” (23 s.). Ciertamente invita a una reinterpretación de todo cuanto acontece, sacudiendo el polvo de los esquemas convencionales, aunque dejando constancia de la ausencia cada vez más notoria de autores como Teilhard, Mounier o La Pira (23, 85).

III.- Enunciados

Esas manos que ves: ocho años de poder asegura la asesoría de buenos publicistas, como los ha tenido el Presidente Nacional del MVR. No obstante, las dos manos que reclaman 10 millones de votos invocan también al que las eleva frente a un arma policial o hamponil e, incluso, un poco más inclinadas, a quien llora una desgracia… ¿Otro poder?: la presidente de la Asamblea Nacional ha asomado la intención de crear otro órgano del Poder Público. Ofrecida apenas como una consigna, no logramos entender y diferenciar el Poder Popular del parlamento, a menos que especulen sobre una decidida jerarquización institucional de las juntas comunales.

El “pensamiento constitucional” de la novedad autoritaria pasa por la multiplicación de las instancias burocráticas y presupuestarias, aunque a la postre signifique un extravío del sentido institucional mismo… El otro lujo: antes de 1998, cualquier intento de remodelación de la sede nacional del parlamento se traducía en la denuncia de un gasto sospechoso e innecesario que, después, supo de las diluciones de la ya olvidada comisión investigadora de las irregularidades del Congreso de la República. Para los seguidores del nuevo oficialismo, se trataba de un lujo insoportable que, a la vuelta de los años, bajo el pretexto de la revolución, ya no lo es.

Ahora, el Capitolio exhibe una más cuidadosa fachada, pero no encontramos acá la diferencia: las personas, propias o ajenas, que deseen protestar a sus puertas o simplemente saludar a sus augustos parlamentarios, ya no pueden tocar las rejas que abrigaron indignados con sus manos y gritos para denostar de los antiguos senadores y diputados, pues, ya hay otras más pequeñas que las separan de las calles, además de los jardines que ayer hubiesen desenfadado el verbo de los que todavía se dicen revolucionarios… Fuerza Armada Nacional: está pendiente la discusión de leyes en materia de seguridad social, régimen disciplinario o sistema académico que ojalá sepan un poco más del concurso de toda la sociedad que justifica la existencia de la institución armada, dada la consabida experiencia de la aprobación de la LOFAN.

Se dirá que los proyectos legales conciernen exclusivamente a los militares, pero no es así por la elementalísima necesidad de ser aprobados por lo que es el poder popular, no otro que un parlamento que se dice viva expresión de la participación y el protagonismo democráticos… Archivología: por cierto, siempre será pertinente una ley que orden y garantice la supervivencia de absolutamente todos los archivos del Estado.

El actual elenco de diputados está ocupado en la fabricación de los textos ordenados desde Miraflores e, incluso, en la equivocada modificación de otros como el del ambiente, a juzgar por las acertadas observaciones de Lucas Riestra. Todavía no sabemos cuál fue la ventaja de sancionar tiempo atrás una Ley Contra la Corrupción, frente a la Ley Orgánica de Salvaguarda del Patrimonio Público… Desconfianza: Después del insulto personal propinado por Hugo Chávez en la sede de la ONU, exhibiendo un título de Noam Chomsky, como si lo relevara de los argumentos políticos aunque no fuesen sobrios, ocurrió el incidente aeroportuario del canciller venezolano.

Hace bien en disculparse el gobierno estadounidense, pues se trata de la inmunidad diplomática. Empero, sentimos una sensación de desconfianza hacia la versión y el papel que desempeña Nicolás Maduro en el sugerente despacho ministerial. Importa más el sentido y las innatas habilidades políticas que las credenciales académicas del titular de relaciones exteriores, las que frecuentemente motivan la crítica pendenciera de un sector de la oposición: quizá lo peor es que el ministro carece de ese sentido y de esas habilidades, ganado el puesto por su disposición a ciegos actos de provocación… ¿Todo un partido?: el MVR representa una regresión en el campo de los partidos políticos e, incluso, cursan causas secretas en su tribunal disciplinario de acuerdo al disperso seguimiento que le hace la prensa.

Recientemente entrevistado por Pedro Pablo Peñaloza para “El Universal”, el actual gobernador merideño evidenció algunas diferencias con la organización esgrimiendo sus credenciales de dirigente nacional, precursor del MBR-200 y oficial del 4-F. Florencio Porras pide la reunión de la dirección ejecutiva nacional del MVR desde hace dos años y, aunque no reniega del marxismo, insiste en el socialismo del siglo XXI como una proeza bolivariana.

¿Un trapo rojo más o un esbozo de la complicada procesión que lleva el oficialismo por dentro?… ¿Y el séptimo de caballería?: una o dos semanas atrás estuvo Pedro Pablo Alcántara en un programa de la tarde de Venezolana de Televisión y esgrimió cordiales pero contundentes razones a favor de la tarjeta de débito social que propone Manuel Rosales y cuestionó incontrovertiblemente a las capta-huellas. Los periodistas de la planta, tan habituados al simplismo de las consignas, susceptibles ante cualquier crítica contra el mandatario nacional, se resignaron a ofrecer -¿a Alcántara?- otro programa de televisión para que los especialistas hablasen cual séptimo de caballería en auxilio de sus tropiezos… ¿Cuál bloqueo?: el incontrolado poder mediático del Estado insiste en crear la ilusión de un bloqueo estadounidense sobre Venezuela.

No lo vemos, al menos en las magnitudes que el chavismo desea, semejante al que pesa sobre Cuba. Demuestra una vez más que el poder político lo es, por la fuerza y energía que simbólicamente puede esgrimir para falsear la realidad… ¿Guerra Santa?: Benedicto XVI pidió disculpas, pero ellas no borran la neurosis del fundamentalismo religioso y político, pues, recibió como respuesta una amenaza del más atrasado mundo islámico en el sentido de ejecutar distintos actos terroristas como respuesta. Y si entráramos todos en una Guerra Santa, devueltos a las épocas medioevales, ¿quién quedaría en pie sobre la faz de la Tierra?….

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