Opinión Nacional

La moral doble de Antonio Ledezma

Las dos murallas morales del Alcalde Ledezma

El orden de los factores sí puede alterar el valor del producto: no es lo mismo «doble moral» que «moral doble». La primera es la de quienes proponen «haz como yo digo, no como yo hago». Doble moral, la de un político que se fabricó una reputación denunciando la corrupción ajena, para hoy delatar y proponer el infierno para quienes presentan las pruebas de que él mismo no ha sido casi nada más que el puente genético entre dos ladrones. Doble moral es la del golpista que alaba el golpismo venezolano del cual fue protagonista pero condena el hondureño entre otras cosas porque lo dejaron colgado de la brocha. Pero no estamos hablando de eso, sino de Antonio Ledezma y de los dos muros de su fortaleza ciudadana.

Más que un estallido Porque así admiremos siempre a quienes son capaces de pagar con su propia persona el precio de sus opiniones, cuando hablamos de moral en este caso, nos situamos en el ámbito político. Y aquí el gesto de Ledezma es mucho más significativo y valeroso que si hubiese sido un estallido individual. Para dejar claras las cosas, si alguien se declara en huelga proponiéndose metas inalcanzables o es un farsante que sólo busca publicidad, o es un suicida, o simplemente está loco de remate. Cuando no es, apenas, ridículo: todo el mundo admiraba a Gandhi, cuyos ayunos lograban, a corto o largo plazo, sus objetivos; pero todo el mundo se burló en Panamá del gordo Endara quien siendo presidente, se puso a ayunar con un meta imprecisa y en todo caso inalcanzable, y la gente lo vio como una simple dieta, necesarísima en su caso. En ningún momento se propuso Ledezma hacer que la tierra girase al revés. La suya fue una acción con objetivos muy precisos, que además tenía una carga simbólica nada desdeñable: combatir una acción perversa del hampa asentada en Miraflores.

La mafiocracia Por razones de la más rastrera politiquería, la mafiocracia palatina estaba descargando su vesania sobre miles de trabajadores de la Alcaldía Metropolitana al negarse a liberar el dinero para pagarles. Ledezma decidió ponerse él mismo en huelga de hambre para llamar la atención sobre el crimen que se estaba cometiendo al cercar por hambre a miles de trabajadores y sus familias. Al mismo tiempo, puso a la OEA y a su pobre diablo de Secretario General ante el dilema de ocuparse del golpe de Estado desde el gobierno contra las instituciones venezolanas, por lo menos al mismo tiempo que del golpe de Estado en Honduras, o si no, dejar claro que tenía en sus juicios dos pesos y dos medidas, según sus personalísimos intereses reeleccionistas. Los objetivos se lograron: se liberó el dinero represado para el pago de los trabajadores, y se obligó a Insulsa a ocuparse del caso venezolano. Hay un tercer elemento en todo esto: Ledezma demostró que por muy cercado que se esté, con imaginación se encontrará siempre un terreno donde combatir, con perspectiva de victoria.

La segunda muralla Derrotó a los pesimistas para quienes «no hay nada que hacer, a este país se lo llevó el Diablo», lo cual impone hablar de la segunda muralla moral del Alcalde Ledezma, de su corajudo gesto: derrotó por igual a quienes, desde el extremo opuesto de aquellos, consideran que cada acción que emprenda la oposición debe ser definitiva, cada batalla un Armagedón apocalíptico. Porque Ledezma no sólo ha tenido el valor de iniciar su huelga de hambre sin mirar para atrás, sin cuidarse las espaldas haciéndose alimentar por vía intravenosa como se lo rogaban casi sus médicos, sino que tuvo el inmenso coraje de tomar una decisión política ineludible: suspender la huelga en el momento preciso en que sus objetivos se lograron. No vacilamos en considerar esto último una decisión histórica, por ir en contra de una tradición suicida de los demócratas venezolanos que arranca de 1936. En aquel momento, la oposición se propuso repetir la hazaña del 14 de febrero, cuando la poderosa presión de la calle hizo retroceder a un gobierno que parecía dispuesto a dejarse avasallar por la no menos poderosa presión de los gomecistas puros y duros.

Victoria convertida en derrota La oposición democrática decidió pues organizar una huelga, por cuatro días o algo así, con un éxito que terminó por enceguecerlos: como dijo años después uno de ellos, se dejaron arrastrar por «la marea ascendente de la calle» y prolongaron indefinidamente esa huelga, convirtiendo un movimiento triunfador en una derrota por consunción. Al paso de los años, se fue borrando el recuerdo de aquellas jornadas, de las razones de sus triunfos pero también de sus derrotas, y en el año 2002, prolongaron indefinidamente la huelga petrolera prefijada para pocos días. Y no hay que olvidar una derrota buscada en la práctica casi con desesperación: la payasada militar de la Plaza Altamira, que el gobierno ni siquiera necesitó reprimir: tan sólo miró para otro lado.

Hegel decía que la historia no da lecciones, salvo esa de que la historia no da lecciones. De hecho, la historia nunca da lecciones si no se tiene la responsabilidad política para aprender de la propia experiencia y sobre todo, para enmendar los errores teniendo el coraje de nadar contra la corriente.

Un hombre como Antonio Ledezma, a quien algunos llegamos a creer partidario del abstencionismo «todo o nada», supo corregir el rumbo, interpretando con claridad la lección de la experiencia. Merece entonces aplausos por su coraje al lanzar su huelga de hambre; y por haber sabido terminarla en el momento justo. Un solo gesto así moraliza la oposición; y si es doble, tanto más.

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