Opinión Nacional

La muerte del socialismo

Uno de los efectos más evidentes del llamado “socialismo del siglo XXI” que ha dañado a Venezuela y a su pueblo desde 1999 es, paradójicamente, la muerte del socialismo como ideal. Cada día se alejan de sus postulados más y más personas. Declaraciones públicas de un hombre tan valioso como Pompeyo Márquez, que casi toda su vida fue un auténtico cultor de ese ideal, lo confirman. El socialismo genera burocracia y corrupción. Ya había ocurrido con el “socialismo real” de la Unión Soviética y sus satélites, que se convirtió en un sistema abominable, no solamente por su exceso de burocracia y su condición de carga insoportable para los pueblos, sino por su corrupción y su injusticia. Ya en 1968, a raíz del abuso de los “socialistas reales” contra Checoslovaquia, la mayoría de los jóvenes que soñaban con un socialismo justo se alejó del comunismo, del “socialismo real” y siguió con sus sueños por otros caminos. Hoy, a la vista de lo que ha sido el llamado “socialismo del siglo XXI” hay que espantarse las ideas socialistas como quien espanta las moscas en un lugar en donde hay corrupción, podredumbre y malos olores. Todavía podría mantenerse alguna esperanza si se piensa en el socialismo escandinavo, que también suele llamarse socialdemocracia y no tiene nada que ver con estatismo o con expropiaciones y empresas de propiedad estatal. En esos casos se acepta que el capitalismo, que un poco como la democracia puede ser muy criticable, es el único sistema económico que funciona, y se piensa que el socialismo, la socialdemocracia, como sistema de gobierno, tiene por misión la de distribuir mejor los recursos que crea el capitalismo. Pero el ser humano es, sin duda, imperfecto, y esa mejor distribución de la riqueza que pregonan la socialdemocracia y el socialcristianismo no da buenos resultados, porque se impone la tendencia a no trabajar, que se traduce en tendencia a no producir, y si no se produce no hay nada que distribuir. Como se ha dicho hasta la saciedad, atribuyéndoselo a Confucio, no hay que regalarle pescado a nadie, sino enseñar a pescar. Lo que hay que hacer es dar trabajo para que todo el mundo pueda lograr una vida digna, pero con su esfuerzo, con su capacidad, con su voluntad. El caso de China, el país de Confucio, no puede ser tomado como ejemplo; China no es un país, es un conjunto de países atado por un gobierno autoritario. Y lo ha sido por dos o tres milenios. Cada vez que en la cabeza del ese mosaico se ha descuidado la vigilancia, la tendencia ha sido a que China se disuelva, deje de existir.

Eso explica, aunque no justifica, la violencia y el exceso de fuerza de los sucesivos regímenes imperiales de China, incluido el comunista, que ha estado en esa cabeza desde 1949. A parir de la muerte de Mao, cuando el país quedó en manos de Den Xiaoping y sus seguidores, se ha impuesta la idea de que el gobierno debe ser comunista, despótico, tiránico, pero la economía debe ser capitalista. Y han logrado un desarrollo impresionante. Pero ese desarrollo tiene tres componentes que solamente se dan en China: esa necesidad de gobierno central tiránico, el hecho de que el pueblo chino no ha conocido jamás algo remotamente parecido a la libertad o a la democracia, y el hecho de que en China, en pleno siglo XXI, está vigente la esclavitud. Los trabajadores y campesinos chinos, los proletarios, trabajan como esclavos, con horarios brutales y en condiciones terribles, y gracias a esa realidad, producir en China es baratísimo. Y porque producir en China es baratísimo, las ganancias de quienes lo hacen son inmensas. Pero si alguna vez los obreros y campesinos chinos llegaran a alzarse y a exigir mejores condiciones de trabajo, el capitalismo chino empezará a tener las mismas dificultades que enfrenta en otra parte del mundo. ¿Qué es, o qué parece ser, entonces, lo razonable? No el socialismo, que ya se ha probado dañino en todas las instancias. Ni el capitalismo salvaje, manchesteriano o chino.

Sino una búsqueda de equilibrio: ni tanto ni tan poco. Creación de riqueza en condiciones razonables. Y existencia de gobiernos que no acogoten a la población. Porque la burocracia consume pero no produce. Y no hablo solamente de la burocracia estatal, que es una carga intolerable, sino de la burocracia en general. Un empleado de banco no produce, pero consume.

Todo el que no produzca, el que no fabrique, consume y es una carga para la sociedad. Pero su existencia es inevitable. O habría que aceptar que sí produce, aunque solamente sea servicios, y esos servicios son también indispensables. Y de nuevo caemos en el equilibrio, en la búsqueda de evitar excesos de cualquier tipo. Que haya quienes produzcan riqueza. Y quienes la distribuyan. De modo que el ideal parecería ser la existencia de un capitalismo sin excesos, que produzca riqueza, y de una burocracia discreta, no excesiva, que la distribuya. Y dentro de esa burocracia estaría, minoritariamente, el gobierno. Y eso no es socialismo.

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