Opinión Nacional

La nueva clase

Entre el principio caudillista de legitimidad, y las viejas pero
intactas estructuras mentales, políticas e institucionales, se está
instalando en Venezuela una Nueva Clase dirigente. Esa Nueva Clase tiene
una ideología y además pretende adquirir una autoconciencia. Su
ideología está dentro de los parámetros clásicos de la historia política
de Venezuela, cuya evolución es en esencia una historia socialdemócrata
de amplio espectro. Yo no veo rupturas ideológicas importantes entre la
Nueva Clase y anteriores formaciones burocráticas progresistas y
democráticas. En cuanto a la adquisición de una conciencia de sí,
estamos presenciando en la actualidad la elaboración de un nuevo
principio de autolegitimidad, ubicado en las antípodas del principio
caudillista de legitimidad (al menos tal como yo lo he elaborado en mis
trabajos).

La primera operación de toda Nueva Clase fue siempre esa: encontrar un
principio para autolegitimarse y legitimarse. En tiempos del «socialismo
real» esta era una operación relativamente sencilla. La teoría leninista
ofrecía todas las herramientas necesarias para emprender la faena, a
partir del corpus teológico historia-proletariado-partido.

Pero en el caso venezolano esto ahora se complica, porque si mis
análisis son ciertos, en los últimos tiempos aparece la figura de un
Caudillo, que es la persona a la que el pueblo ordena dirigir.

«La orden que emite el pueblo de Venezuela … es clara y terminante.

Una persona física y no una idea abstracta o un «partido» genérico» fue
delegada por ese pueblo para ejercer un poder. La orden popular que
definió ese poder físico y personal incluyó, por supuesto, la necesidad
de transformar integralmente el país y de re-ubicar a Venezuela, de una
manera distinta, en el sistema internacional» (Norberto Ceresole,
«Caudillo, Ejército, Pueblo», pg.29, Al-ándalus, Madrid, febrero de
2000).

Por lo tanto esta nueva clase, en el mejor de los casos, tendrá una
legitimidad secundaria, o derivada de la legitimidad principal que es la
que emerge de la relación Caudillo-Pueblo. Lo que representa un
«handicap» fatal, una debilidad de origen irreversible, al menos
mientras funcione la legitimidad que ofrece el principio caudillista. Yo
no conozco ningún sistema político que haya podido funcionar a partir de
una legitimidad derivada. De allí la urgencia que tiene la Nueva Clase
para encontrar, pronto, una legitimidad original.

Para ello se hecha mano a uno de los tantos mitos racionalistas que, en
conjunto, han provocado un enorme daño a todo lo largo del siglo XX: en
este caso, el Mito de la democracia directa. En términos estrictos, la
nueva clase es el partido de la democracia directa. Cuanto más directa
sea la democracia – dice el Mito – menos necesaria será la presencia del
Caudillo. Cuanto más democracia directa, menos «atraso» político. Porque
nunca debemos olvidar el dogma fundacional de la sociología occidental:
el caudillismo es una forma «primitiva», «asiática», de representación
política. Lo opuesto al caudillismo es la democracia: la tradición
contra la modernidad. Y si la democracia es directa, mucho mejor, porque
esa sería la forma utópica final del «socialismo democrático», que es
otra contradicción insoluble.

En tanto Mito, el de la democracia directa es hijo legítimo de otros
peores, todos ellos elaborados entre los siglos XVIII y XIX, como por
ejemplo el roussoniano del hombre naturalmente bueno, o el positivista
de la razón versus el irracionalismo, o el capitalista de la conquista
de la naturaleza, o el freudiano de un consciente «bueno» enfrentado a
un inconsciente al que hay que reprimir, o el marxista-leninista de las
bondades innatas y las virtudes extremas y eternas de la raza obrera
(blanca-europea), y un largo etcétera de sangrientos fracasos.

La Nueva Clase tiene su Mito pero también tiene su lógica. En tanto
partido de la democracia directa es absolutamente incompatible con el
principio de la legitimación caudillista. Como todo grupo diferenciado y
autodiferenciado buscará su expansión, incrementando al máximo posible
su poder (la autoadjudicación de sueldos generosísimos por los
neodiputados es sólo una parte de este proceso de «autoconciencia»).

En este punto, y para utilizar un lenguaje menos abstracto, permítaseme
reproducir un párrafo de un artículo mío anterior:

«… el principal problema de la política interior de Venezuela (y el
principal enemigo de la revolución bolivariana) es la creciente
influencia, en distintos niveles de gobierno, de un grupo
socialdemócrata de amplio espectro. Esa «izquierda progresista» (que va
desde los cubanófilos al MAS, pasando por los adecos recauchutados hasta
los profesionales de los «derechos humanos» y del «indigenismo»), se
quiere apropiar del proceso, presentándolo ante el mundo como propio…

El avance de esta tendencia hace prever importantes conflictos
ideológicos dentro y fuera del gobierno, porque la socialdemocratización
de la revolución es la perversión de la revolución, ya que implica
automáticamente su desnacionalización: el vaciamiento de sus contenidos
más profundos» (Norberto Ceresole, «Geopolítica y Revolución», en
Venezuela Analítica, 25 a agosto de 2000).

La Nueva Clase ostentará su modernidad y fingirá que aspira a darle el
poder «al pueblo» quitándoselo al Caudillo; pretendiendo no advertir que
el Caudillo (esa legitimidad «reaccionaria» e «irracional») es la
verdadera representación democrática-concreta de un pueblo-concreto
(porque por él fue creada). Pero ese pueblo-concreto no es
necesariamente «democrático»: para él esa palabra – adjetivada o no –
resume décadas (toda una vida) de humillación nacional y de pobreza
social.

La Nueva Clase exigirá la «devolución del poder». Un «retorno» del poder
al «pueblo». Para ello buscará la ruptura.

«El pueblo de Venezuela generó un caudillo. El núcleo del poder actual
es precisamente esa relación establecida entre líder y masa. Esta
naturaleza única y diferencial del proceso venezolano no puede ser ni
tergiversada ni mal interpretada. Se trata de un pueblo que le dio una
orden a un jefe, a un caudillo, a un líder militar. Él está obligado a
cumplir con esa orden que le dio ese pueblo. Por lo tanto aquí lo único
que nos debe importar es el mantenimiento de esa relación pueblo-líder.

Ella está en el núcleo del poder instaurado. Es la esencia del modelo
que ustedes han creado. Si ella se mantiene, el proceso continuará su
camino; si ella se rompe el proceso degenerará y se anulará una de las
experiencias más importantes de las últimas décadas. Esa es la relación
que hay que defender sobre todas las cosas. Por lo tanto será necesario
oponerse con toda energía a cualquier intento que pretenda
«democratizar» el poder. «Democratizar» el poder tiene hoy un
significado claro y unívoco en Venezuela: quiere decir «licuar» el
poder, quiere decir «gasificar» el poder, quiere decir anular el
poder… Así y todo tiene que haber un proceso de «devolución» del
poder. Ello fue parte del mandato que recibió el líder. Pero esa
«devolución» del poder no debe significar una disminución o eliminación
del poder de uno de los polos de la ecuación (el Caudillo), de ese polo
que hemos llamado líder. Esto quiere decir que no puede haber poder
popular sin la existencia permanente de un liderazgo fuerte. Por lo
tanto no es correcto usar la palabra «devolución». Tendremos que pensar
más bien en el reforzamiento mutuo de un poder que sólo existe cuando se
comparte: cuando ambos polos, el líder y la masa, comparten un mismo
poder. Porque la desaparición del líder dejaría a la masa en estado de
absoluta indefensión. No hay un sólo ejemplo en la historia del mundo,
desde los orígenes hasta nuestros días, que nos demuestre que las cosas
hayan sido de otra manera» (Norberto Ceresole, «Caudillo, etc…»,
op.cit, pgs. 58-65).

En el límite la Nueva Clase intentará fracturar una relación positiva
(la existente entre un pueblo concreto y un Caudillo de carne y hueso, y
la única posible para asegurar el «progreso» de una comunidad en
términos prácticos), en nombre de un Mito aberrante: el de un pueblo
bueno – es decir abstracto o genérico – con plena e innata capacidad
para gobernarse así mismo. Es la delirante versión postmoderna,
elaborada por el marxismo, y no sólo por el marxismo soviético, de la
«raza obrera», poseedora de todas las virtudes humanas y de ninguno de
sus defectos. Sólo una raza, antes que una simple clase, podía haber
sido elegida para cerrar mesiánicamente la Historia.

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