Opinión Nacional

La opereta socialista

La oposición, ésta que se opone a Chávez hoy día tiene un sello particular en su frente: El puntofijismo. Sea cual sea el partido o grupo. Aún los de izquierda. Porque toda la oposición es democrática, entendiéndose por democracia la parodia representativa que comenzamos a vivir el 23 de enero de 1958. Chávez por su parte, representa algo enteramente distinto: la opereta socialista, la democracia participativa y protagónica.

La realidad social

¿Por qué la mayoría, la inmensa mayoría, está con Chávez? Por una razón bien sencilla. Porque son pobres y le echan la culpa de su pobreza al puntofijismo. ¿De quien es la culpa? Pues de los medios de comunicación, escritos, radiales y televisados, que, durante años se dedicaron a hablar pestes de la democracia representativa y de los políticos, pues creían que así podrían heredar el poder. Pero les salió el tiro por la culata. Si no queremos políticos civiles, tendremos políticos militares, pero jamás políticos empresarios, porque además de civiles no tienen idea de lo que deben ser las políticas públicas.

Echemos una miradita no más a los números, a las estadísticas. En 1970, 60 por ciento de la población era de clase media. Para 1990, se había reducido a 30 por ciento. Hoy se sitúa en 15 por ciento. Esta, junto con los sectores A y B que sumarán a lo máximo 3 por ciento conforma la oposición ultra, la dura. Puede que haya algún porcentaje más de pobres que no se sienten representados por Chávez, digamos otro 5 por ciento. Esa es la oposición ligera. O sea que la oposición no puede sumar más del 25 por ciento de la población. Como los posibles electores no son sino 16 millones, entonces, en la oposición no puede haber sino 4 millones de personas. Minoría.

Hablar de esto es llover sobre mojado. Yo se los he venido diciendo desde cuatro meses antes del referendo. Ir al revocatorio fue una tontería de la oposición, pues antes de esa votación, daba la sensación de que la oposición era mayoría. Era mentira, era falso, pero esa era la sensación en el ambiente y ha debido mantenerse. Pero ya las acciones de la oposición habían logrado minar el campo. El golpe de Estado intentado por el representante de los empresarios, Pedro el Breve, el paro petrolero, ambos signados por el fracaso, no podían contribuir al éxito. Entre tanto, las misiones del gobierno, la política de dádivas, todas bien calibradas en un ambiente de victoria, condujeron al triunfo del No. Pero, como les digo, esto se veía desde antes, era de anteojitos, debido a las cifras de pobreza. Y lo mismo ocurrió con la reelección. Se los dije mucho antes.

Las opciones de la oposición

Lo primordial es que en Venezuela hay un grupo de personas, los chavistas, dispuestos a matar por conservar el poder, como quedó demostrado en los sucesos del 11 de abril, mientras la oposición no está dispuesto a sacrificar ni una vida humana para conquistar el poder. En esa disyuntiva, el primer grupo tiene todas las de ganar. Dicho de otra manera: Hay un grupo que prefiere morir antes que ser esclavo y otro que prefiere ser esclavo antes que morir. Esa es la raíz de las dictaduras, de los totalitarismos.

Fue por eso que siempre estuve en contra de buscar un candidato para ir a las elecciones. Al igual que lo hiciera en su tiempo Ortega y Gasset, escribí un artículo que llamé «El error Rosales», porque Rosales era un error, quienes lo cometieron fueron otros. En ese artículo decía que no podíamos salir de una situación enteramente anormal como la vivida en estos últimos ocho años, con una solución normal como son las elecciones. Si la oposición se hubiera unido a la abstención, por lo menos los chavistas no podrían decir hoy que son mayoría. Pero ése, como digo, no es el meollo de la cuestión.

Sin embargo, yo soy optimista. Como decía Bill Clinton: «Es la economía, imbécil». Y ése será el caso venezolano, cuando cesen los siete años de vacas gordas. ¿Quién, en 1980, en medio de la gran bonanza petrolera, se hubiera atrevido a pronosticar que sólo duraría dos años? Sin embargo, así fue. En 1983, el Viernes Negro sustrajo de la memoria venezolana al entonces Primer Mandatario y lo enterró en el olvido.

Pareciera que la gente no aprende de sus propias experiencias. Fíjense no más en nuestra propia historia como pueblo durante el siglo pasado. ¿Quién derrocó a Cipriano Castro? ¿Fue algún liberal amarillo, seguidor de Antonio Guzmán Blanco? No, claro que no. Fue un castrista, Juan Vicente Gómez. ¿Quién derrocó a los adecos del trienio? ¿Fue Eleazar López Contreras o Isaías Medina? No, fueron Carlos Delgado y Marcos Pérez Jiménez, aliados de los adecos en el golpe del 18 de Octubre. ¿Quiénes derrocaron a Pérez Jiménez? Pues Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba, Rafael Caldera y Wolfgang Larrazábal. Todos salidos de las mismas filas del postmedinismo.

Sólo hay dos opciones para salir de Chávez. Una es la del voto; la otra, la del Kalachnikof. Pero antes que nada se requerirá que se demuestre que su plan ha fracasado. Así será, porque no es otra cosa que un conjunto de fantasías: Que si las empresas de producción social; que si el Estado empresario; que si los gallineros verticales, que si la Nueva Política Económica. ¿Es que no recuerdan a Vladimir Lenin después del triunfo de los bolcheviques? También en la Unión Soviética se propuso un plan semejante, pero no salió bien, no llevó al desarrollo que se buscaba y surgió entonces Stalin y su atroz dictadura. Aquí ni siquiera se trata de un socialismo real. ¿Conocen ustedes de algún gobierno comunista que insista en los impuestos? Claro que no, porque en los países socialistas toda la actividad económica es del Estado. Lo que Chávez desea es eternizarse en el poder, para dejar grabado su nombre en la historia. Su éxito lo mide por los aplausos. Por eso toma las medidas que agradan a las mayorías pobres. Para contentar a sus aliados militares, quiere volver al modelo pérezjimenista del capitalismo de Estado, pero es tan poco socialista que ni siquiera incluye entre las empresas estratégicas a la totalidad de la banca. Cuando el modelo haga crisis, que lo hará, se necesitará de alguien nuevo, distinto a las personalidades ligadas al puntofijismo que permita una visión remozada que agrupe voluntades.

Cuando la oposición es minoría

Ha habido casos en que la oposición, aún cuando minoritaria, siente una obligación por tomar el poder, porque ve el futuro negro. Así les ocurrió a Francisco Franco o a los que integraron en esta tierra nuestra el Movimiento de Izquierda Revolucionario en los 60 del siglo pasado. Para eso se requiere alejarse del modelo democrático y tomar al toro por los cuernos. Es imprescindible entonces echarse sobre los hombros la responsabilidad de romper la paz de la República. Porque esa situación lleva a la guerra civil, a la dictadura, al encarcelamiento de la disidencia. Se justifica, si es que tiene alguna justificación, cuando las opciones democráticas están cerradas, muy especialmente, cuando la minoría la compone la parte educada de una sociedad que observa como su heredad se va arruinando paulatina pero seguramente. Éste no es el caso venezolano. Por lo menos, hasta el momento. Si con la Ley Habilitante, Chávez promulgase leyes contrarias a los principios democráticos; si el gobierno cercase a la oposición, de manera que ésta sienta sus derechos humanos y ciudadanos restringidos, eso sería otra cosa.

Si llegado ese momento, la mayoría se sitúa con la nueva opción y el gobierno le hace caso omiso al cambio que se busca, entonces le llegará ocasión al fusil. Una situación no necesariamente cruenta, pues bastaría con una intervención de la Fuerza Armada, como fue el caso en las tres ocasiones del siglo XX.

Santiago Ochoa Antich es diplomático de carrera jubilado, licenciado en Ciencias Políticas y en Historia, periodista de opinión y miembro de Debate Ciudadano. Funcionario del Servicio Exterior durante 37 años, cumplió funciones en Alemania, República Árabe Unida, Italia, Dinamarca, Israel y Guatemala. Fue Embajador de Venezuela en Austria, Canadá, Jamaica, Paraguay, San Vicente y las Granadinas, El Salvador y Barbados.

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