Opinión Nacional

La otra historia de la abstención

Para el 2000, después de haberse presentado a referendo un proyecto de Constitución sin mayor discusión y sin tomar en cuenta a todo el país, se hacían evidentes otros rasgos del gobierno a través del desordenado y dispendioso Plan Bolívar 2000, hábil jugada para presentar a los jefes militares chavistas como cruzados de la sensibilidad social, imagen que sustituiría a los protagonistas de centenares de muertes en los fallidos golpes de 1992. Para entonces ya era evidente que la Contraloría de la República no era sino un logotipo en cuyas oficinas se pagaban buenos sueldos y que los tribunales eran tomados por quienes entendían por justicia hacer todo cuanto cuadrara con los planes del cogollo oficialista.

Para esa época, todavía temprano en el mandato que Chávez había recibido, aparecían voces que llamaban a prepararse para las próximas elecciones, a organizarse en las bases, a presentar un programa coherente que significara un cambio real y no una mera contraoferta publicitaria. De inmediato estos mensajes fueron opacados por otros sectores de oposición que veían esas acciones a “muy largo plazo” y llamaban a trabajar para un referendo revocatorio a mitad de período. No faltó a quien esto también le parecía conservador, proponiendo entonces que de Chávez había que salir “ya”, a lo que otros, creyendo que así se convertirían en los verdaderos jefes de la oposición, le agregaron que había que salir de este gobierno “como fuera”.

Así empezaron los desaciertos de dirigentes que se hacían oposición entre ellos. Cada quien quería lucir más agresivo que el otro. Algunos medios ponían el micrófono, la pantalla y la tinta. La espiral seguía creciendo hasta que más que política tuvimos ruido. Escándalos ensordecedores que impedían escuchar argumentos. Hicieron de las suyas la Plaza Altamira, el paro petrolero, las guarimbas y el disparate de disparates, la abstención. No cabe duda de que fueron atinadas herramientas de agitación. Sobraron los titulares a ocho columnas y los “avances” de última hora que paralizaban la atención colectiva. Pero la oposición no crecía y su mensaje se encogía a uno solo: el gobierno de Chávez no sirve y hay que salir del mismo ya y de cualquier manera. La organización de las bases, el debate programático, la captación de aliados y la construcción de puentes con el chavismo decepcionado se redujo a nada. Los conversos, interesados en borrar sus pasados, hacían de las suyas y dirigían parte de la oposición como si estuviésemos en una guerra contra el chavismo y no presentando opciones a Venezuela.

Dado el componente subversivo de Altamira, el paro petrolero y las guarimbas, la abstención se convirtió en el mejor “producto democrático” de estos sectores. Crearon un nuevo valor según el cual los abstencionistas son gente decente y luchadora, mientras quienes votan o se postulan como candidatos, son vulgares cómplices, vendidos al gobierno. O como diría una de las plumas que más se deleita en la ofensa a quienes no piensen como él, meros “lambucios” electorales.

Algunos políticos, temerosos de contarse, se plegaron con comodidad a los cerebros intelectuales del abstencionismo, quienes años antes habían fortalecido la antipolítica, según la cual todos los políticos son ladrones, analfabetas, vagos y chulos del Estado. Así le sirvieron a Chávez ayer, con el abstencionismo se la ponían más fácil hoy. Más tarde, hasta partidos que defendían el derecho a participar, contra todos los obstáculos, encontraron en la abstención una fórmula para diluir sus fracasos particulares en una especie de retirada general. Ganaban no contándose.

La campaña amedrentadora continúa, a ritmo de chantaje. Pretenden inhibir a muchos ciudadanos honorables para que no presenten sus nombres como candidatos al CNE, o como candidatos presidenciales. Piensan que se la “están comiendo”, como cuando acusaron a la Asamblea Nacional de “ilegítima” y ahora le reclaman que nombre un nuevo CNE. Por fin, ¿para quién juegan?.

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