Opinión Nacional

La paradoja de Kosovo

En Kosovo concurrieron muchas verdades, cuyos enunciados presentaron razonamientos que, luego de finalizada esa guerra, nos inducen a pensar que fueron correctos. Pero en su conjunto, todos los enunciados partieron de supuestos que, aparentemente, siguen siendo contradictorios entre sí. Estos fenómenos, en consecuencia, convirtieron a Kosovo en una paradoja.

Las verdades que fueron surgidas de la catástrofe de Kosovo, pudieran ser resumidas así:

Primera verdad: La prensa internacional, sin que fuesen negados sus informes, relataron como el ejército y la policía de Yugoslavia, apoyados por tanques de guerra y por piezas de artillería, luego de una propuesta, de un análisis, de una conclusión y con la absoluta convicción de que estaban obrando con justicia, se apoderaron de Kosovo. Los serbios atacaron a cuanta ciudad y pueblo fue posible; incendiaron, hasta convertir irreversiblemente en cenizas, lo hecho por el hombre a lo largo del tiempo; ejecutaron a miles de civiles; separaron a los hombres de sus mujeres y de sus hijos; enviaron a mas de 700 mil albanokosovares al exilio. La muerte, sistemáticamente planificada, bajó del pedestal, que los nazis le habían erigido, y volvió a horrorizar a la humanidad. Al respecto y utilizando el recurso teórico de Bertrand Russell, podríamos proponer que los serbios, por las atrocidades que cometieron, dejaron la impresión de ser una clase de seres humanos que no eran miembros de la misma clase de los seres humanos albanokosovares. De allí que los serbios no son de la misma clase de los seres humanos que proclamaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sin embargo, la Declaración de la Organización de las Naciones Unidas no es equívoca: Todos los hombres pertenecen a una misma clase.

Segunda verdad: La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), en defensa de los derechos de los seres humanos, dio muerte a civiles; destruyó -conjuntamente con establecimientos militares- puentes, edificaciones, carreteras. Con la misma sistematicidad con que la clase serbia de seres humanos había destruido a la clase de seres humanos albanokosovares, la OTAN sembró el dolor y la muerte entre los miembros de la clase humana serbia. Este hecho sigue siendo justificado, naturalmente, por los dirigentes de los países miembros de la OTAN, como también por un número de notables intelectuales. Esto podría significar que los países miembros de la OTAN se consideraron, asímismos, como la «clase de todas las clases» y que los serbios no eran miembros de su misma clase, por tanto, sí los serbios habían violado las normas de la «clase de todas las Clases», a ésta le asistía el derecho de destruir a la clase serbia. En este caso, la OTAN y algunos «intelectuales», con inequívoca certidumbre, consideraron que no habían violado la Carta Fundamental de la Organización de las Naciones Unidas.

Tercera verdad: Un buen número de juristas, de internacionalistas y de hombres sensibles ante las atrocidades que afectaban al hombre, condenaron, tanto a la OTAN como a la clase serbia de seres humanos. Este último grupo consideró que la OTAN había violado a la Carta Fundamental de la Organización de las Naciones Unidas y que los serbios habían violado los más elementales principios de los Derechos Humanos de los albanokosovares. Esta verdad niega las dos verdades anteriores.

Cuarta verdad: La Declaración Universal de los Derechos Humanos, promulgada por la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 10 de diciembre de 1948, en nombre de todas las clases de seres humanos, dice así: Artículo 1 de la Declaración citada: «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros»; Artículo 2, «Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición». En tal sentido y recordando a Russell, podríamos proponer que los Derechos Humanos son iguales para todas las clases de hombres, lo que afirma que los Derechos Humanos de los musulmanes, de los albaneses y de serbios cristianos de Kosovo son uno mismo, porque los hombres kosovares pertenecen a la misma clase de todas las clases de seres humanos.

Hemos descrito cuatro verdades sobre una misma realidad. Algunas de estas verdades son contradictorias entre sí. Esto es una paradoja, tan complicada como la realidad de Kosovo. Buscando salir de esta confusión, podríamos proponer, como, tal vez pudo haberlo propuesto Cicerón en su paradoja, si hubiese tenido ante sí a esa realidad balcánica: Sí decimos que la OTAN mintió, es por que los serbios dijeron la verdad. Pero si fueron los serbios los que mintieron, entonces la OTAN tenía razón de destruir los puentes, algunos edificios, las carreteras, etcétera, que habían sido construidos por los serbios. En este caso, las dos primeras verdades parecieran ser falsas. Pues, infieren que el hombre, visto así como lo vio la OTAN y los serbios, es sólo, como dice Heidegger, un <. Pero eso, no es verdad.

La clase de hombres, que expresó la tercera verdad, refleja que éstos estaban impulsados por un sentimiento de temor y de angustia por todas las clases de las clases de hombres. Lo ocurrido en Kosovo amenazó a la existencia humana, por tanto, la actitud de los serbios y de la OTAN les produjo una ansiedad que les paralizaba. Lo que acontecido en Kosovo no fue una visión virtual destructora; lo que ocurrió en Kosovo sigue siendo una realidad que viene arrastrando el hombre desde «la noche de los cristales rotos». En este sentido, lo ocurrido en Yugoslavia es incompatible e incoherente con el fundamento de la Organización de las Naciones Unidas. Precisamente, esta Organización internacional nació alimentándose de una experiencia que la humanidad no ha podido olvidar; esa mancomunidad de naciones nació previniendo el futuro. De allí lo irracional, lo lógicamente contradictorio e inconsistente de la destrucción ocasionada por la guerra de Kosovo. La destrucción de Yugoslavia y, especialmente, de Kosovo es racionalizada por la mayoría de «las clases de todos las clases» de las naciones, como algo carente totalmente de sentido. Por tanto, la tercera y cuarta verdad descritas en estas reflexiones niegan las decisiones que tomaron los serbios y la OTAN.

Entonces, ¿cual sería la conclusión a la cual podríamos llegar con la confusa realidad descrita en esta igualmente confusa reflexión? Tal vez Freud diría que los hombres, que ni son de la OTAN ni son serbios, están viviendo una experiencia traumática por la situación de impotencia y, recordando hechos similares, se están anticipando al «Yo peligro». Sin querer pecar de irracional, podríamos proponer una pregunta:

¿Está la Organización de la Naciones Unidas perdiendo vigencia?.

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