Opinión Nacional

La paranoia doméstica

Chávez es un partido en sí mismo, pero –por mucha terquedad centralizadora o absolutista que haya- resulta inevitable delegar la implementación técnica y administrativa de determinadas decisiones políticas. Ocurre frecuentemente que, a las ocurrencias del gran dispensador, se suman las torpezas de aquellos que deben hacer las diligencias: asistimos a una falta de experiencia política, la cual no se adquiere por ósmosis ni se compra en botica, alarmante a estas alturas de la historia y, siendo así, el oficialismo intenta correr la arruga haciendo hincapié en su vocación autoritaria, en lugar enmendar la plana doméstica. Y el saldo es el de una paranoia golpista.

Con todas sus imperfecciones, la Coordinadora Democrática ha sido más coherente y eficaz que la coalición sobreviviente que respalda al gobierno. Esta, inicialmente, se expresó a través del llamado Polo Patriótico que hoy es un recuerdo propio de la arqueología. El MVR le queda a su favor el erario público y todo el andamiaje clientelar que ha logrado montar frente a sus más cercanos competidores, mientras el PPT, humillado mil y una veces, aporta su escuela política a cambio de una generosa y determinante cuota de poder que los impulsores originales del proyecto bien podrían envidiar.

Un viaje al interior del régimen nos permite descubrir los vicios que imputó a un pasado cada vez más lejano, en versión corregida y aumentada, y todavía cínicamente le imputa a sus opositores. Será luego, al abandonar el poder, si es que dejan rastros, cuando lograremos caracterizar una experiencia autoritaria tan atípica, exacerbación de aquello que un día Chávez condenó con tanta arrogancia.

Ilustración de baranda

Entre las avenidas Páez y San Martín de Caracas, está un puente que alguna vez fue plano y gracias a una tormenta que lo ahogó en el Guaire, treinta años atrás, hoy es elevado, perdido un posible atributo arquitectónico. Por 1985, Juan Pablo II lo transitó, forzado el gobierno al rayado de su asfalto y, el año pasado, cuando Chávez o su esposa estuvo en la Casa Sindical, además, después de década y media, completó sus barandales.

A finales de 2002, me extrañó que en medio del puente, restándole visibilidad al peatón sobre la autopista, instalaran una valla. La colocación parecía inusual, pues, si bien es cierto que las empresas privadas del ramo hacen de las suyas, no menos cierto es que no llegan a tan torpe y abierta violación de las ordenanzas municipales, por lo que – ¡sorpresa!- la Alcaldía menor de Caracas nos obsequió con parte de su propaganda política.

Y para fijar la valla iluminada en cuestión, no hubo alternativa que darle unos martillazos a la baranda. La avenida Santander, como se llama el espacio que logra enlazar el puente ubicado entre El Paraíso y San Martín, ostentó un monumento del oficialismo que, poco a poco, fue deshojándose. Lo imaginamos una irreprimible tentación para los recogelatas que aprovecharon la pésima calidad de una valla cuyas láminas recibieron el golpe de los vientos.

En días pasados, al transitar el lugar, constaté que el monumento en cuestión ya no existe. Quedaron las evidencias de la soldadura y, por supuesto, la baranda golpeada y que, a lo mejor, podrá aflojarse paulatinamente para beneficio de los que desarbolan todos los bienes públicos. Un mirador suficientemente despejado, animado de la fuerte brisa que también navega con el Guaire, o una plataforma para suicidas potenciales, será el resultado. No obstante, lo cierto es que –si de propaganda se trata- la Alcadía menor no escatima esfuerzos para ponerla donde se le antoje: al fin y al cabo, dirán, son gobierno y ésta circunstancia les permite hacer lo que deseen.

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