Opinión Nacional

La pendiente histórica

Hay acontecimientos que se tocan pero no se ven. Esta es una reflexión de Alexis de Tocqueville en su libro “El Antiguo Régimen y la Revolución”, libro fundamental que no suelen leer los revolucionarios del siglo XXI como en muy poca medida también los del veinte, éstos últimos menos iletrados.

Las grandes tendencias que algunas veces se muestran hacia abajo y se visualizan como pendientes hoy son mensurables mediante procedimientos estadísticos y muestras numéricas cada vez más confiables, efecto de la inteligencia práctica del Diablo para anticiparse a los que los demás están pensando. El número muestra en términos y en gráficos lo que antes se conocía a través del rumor, el murmullo y el chisme circulante por los mercados, a donde la gente acudía para abastecer las necesidades de la vida cotidiana.

Pero ni las encuestas de ahora ni el chisme, como medio de comunicación del pasado, resumen todo lo que puede llamarse malestar colectivo, descontento general, frustración colectiva, que se trasmite por el tono de la voz, por la entonación de la plegaria, o en forma más patética por la indignación general. La gente tiene la inveterada costumbre de comer tres veces al día y ninguna revolución ha logrado suprimirla. Cuando los garbanzos no están puntualmente en la mesa, como dijo Joaquín Costa en el siglo XIX español, se acaba la democracia, porque ésta no sobrevive sin proteínas, en el entendido que van acompañados en sus caldos plurales, por aquellos elementos que con frecuencia escasearon en la dieta de Sancho.

Así es ahora en Venezuela. En diez años se ha golpeado de tal modo la economía privada que la producción ha sido sustituida por la importación de productos que hacemos del Brasil o de Argentina como homenaje al ideal bolivariano de la unidad de América. Que coman otros mientras nosotros nos ocupamos de hacer la revolución y de hacer del trueque una afición nacional capaz de sustituir el atractivo fulgurante del 5 y 6. Nos gusta apostar y ahora lo hacemos a ver quien sobrevive con menos calorías.

Pero, antes de las proteínas, ¿que pasó con el agua potable? No se si alguien está pensando que los ejércitos de Bolívar no se preocuparon por esto y por lo tanto la revolución no requiere de agua potable, la cual puede ser un invento de la burguesía para aplicar reglas higiénicas del Imperio que disminuye autenticidad al desarrollo endógeno.

Calles, carreteras, aceras, confianza para que la gente pueda ir y venir respirando el aire convivial de la ciudadanía, nada de eso está en los manuales de gobierno de Ezequiel Zamora ni en los del che Guevara. La revolución es antes que todo espiritual, es un ánimo, para enfrentar, al enemigo permanente, el que inventa pócimas o intrigas, como el doctor Moriarty de Connan Doyle, para entretener a Sherlock Holmes. El Imperio todo lo maquina, desde una protesta en Sabaneta de Barinas hasta la congestión del tráfico. En la rudimentaria imaginación revolucionaria el Imperio es el sustituto del Diablo, cuya decadencia en la imaginación universal estaba pidiendo relevo.

La lucha contra el Imperio no deja tiempo para gobernar. La revolución requiere más del avión como instrumento de gobierno que el escritorio como centro de atención para reunir papeles o sostener entrevistas de trabajo y tomar decisiones sobre los asuntos concretos del Estado. El estadista trabaja sentado o movilizado hacia el seguimiento de las decisiones que se toman. La imagen del estadista continúa siendo la del cardenal Richelieu, sentado en un escritorio, con papeles a la vista según el retrato que se conserva en el Museo del Louvre, pintado por Phillipp de Champañe. Seguramente que estaba más enterado de los asuntos de su tiempo que los caudillos tropicales que no se desprenden del celular. . Un jefe de estado con el teléfono colgado de sus oídos o en permaenete competencia con la ubicuidad, que lo obliga a estar en todas partes al mismo tiempo tiene que viajar más rápido que la velocidad de la luz, lo cual, hasta donde alcanzan mis nociones, no es posible.

Todo este estilo de gobernar tiene una consencuencia: el gobierno es un fracaso. Ni estimula la producción de alimentos y el agua potable, ni garantiza la seguridad ni recoge la basura. Venezuela se atrasa, ha decidido viajar hacia el pasado, que es intemperie y pobreza. A este itinerario hacia el atraso se la llama revolución, que es el nombre con que la ignorancia cubre su falta de vocación de gobierno.

Hay una inclinación social de claro descontento que requiere una política. Pero que tiene la suerte de una oposición que se ha negado a un examen de conciencia y piensa más en el pasado que en el porvenir. La pendiente es dramática: una minoría del 30 por ciento de la sociedad que pretende imponer su voluntad al 70 por ciento.

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