Opinión Nacional

La pérdida del límite

Para soltar los demonios basta levantar la tapa. En Carora dirían que basta una maldición. Los demonios no salen a divertirse. Tal vez aquí podríamos asegurar que bastaría un “Sí”. Los demonios hacen de las suyas y las “suyas” suelen ser viejas conocidas y para comprobarlo basta ir a escenarios bíblicos y no bíblicos. Entre los no bíblicos está la política. Los escritores soltamos nuestros demonios en el texto, pero quienes fungen de gobernantes suelen soltarlos sobre su país. Los demonólogos aseguran –conforme a mis escasos conocimientos del tema- que los demonios tienen diferentes clases de inteligencia, distintos caracteres y destinos y hasta se han permitido indagar sobre sus capacidades intelectuales, y sobre su moralidad o inmoralidad.

Los gobernantes tienden a no ver lo impalpable. Inclusive Maquiavelo, quien no había leído a Foucault por falta de tiempo, se ocupaba con tal ahínco de lo concreto que no tuvo oportunidad –el pobre- de ocuparse de fantasmas. En América Latina hay que ocuparse de lo intangible. Mi querido amigo Luis Herrera Campins, quien no se caracterizaba por soltar en nuestras conversaciones largas parrafadas sino frases muy concretas, me respondió una vez a mi interrogante –formulada al inicio de esta década venezolana- sobre como terminaría, con esta sentencia: “Porque nunca aprenderá a gobernar”. Por el allá de una tarde, mientras analizábamos el papel militar en la historia de nuestro continente, me soltó esta: “Los militares no son golpistas hasta que dan el golpe”.

Cuando se tiene un límite se está relativamente seguro. Cuando se pierde el límite se ha levantado la tapa. Indago en El príncipe y no encuentro una referencia directa a las victorias que ha sido preferible no obtener, apenas una disquisición sobre los gobernantes que piden a colegas tropas para ayudar a su seguridad y que, luego, cuando ya no las necesita, se niegan a marcharse. Charles Maurice de Talleyrand tampoco me provee de respuesta, aunque me viene la extraña sensación de que era, como Montaigne, de Périgord, una suerte de extraña Carora donde evidentemente el diablo andaba suelto. Recuerdo un viejo libro de mi juventud Fouché el genio tenebroso, traducido al español simplemente como Fouché, de la pluma del incomparable Stefan Zweig, y concluyo que no debo remitirme a mis viejas lecturas de joven ávido de escudriñar en los misterios y traiciones del poder.

Los fantasmas quizás hacen su entrada triunfal –o más bien su salida- en, o de, la mente humana con Freud. Ahora que leo con pasión y fruición al húngaro Sándor Márai en Confesiones de un burgués (que me permito catalogar a la altura de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust) encuentro unas reflexiones sobre su vagabundaje en Italia y sobre el nacimiento del fascismo. Márai ve pasar a los orgullosos jóvenes italianos con su uniforme gris y la llegada de Mussolini a Florencia para decir que sólo viéndolo en sus orígenes era posible entender el fenómeno de adhesión al caudillo. Los fantasmas de la política siempre han existido. “Bruto, también tú”, exclamó Julio César. Shakespeare en Julio César lo pone con inigualable elegancia: Tu quoque, Brute, fili mi. Póngase como se ponga el resultado es que los fantasmas siempre han existido. Y los demonios.

Sin embargo, los filósofos franceses del siglo XX se especializaron en ellos y si no los conseguían los creaban. A De Gaulle se le aparecieron en mayo y eran muy peligrosos porque sabían lo que querían: cambiar al mundo. Ese es un objetivo, digamos grandioso. Cuando se limitan a la puntualidad de una coyuntura los fantasmas se hacen simpáticos, como Gasparín, ese tierno fantasma de los comics. En América Latina tuvieron décadas apareciendo. Suelen hacerlo cuando, por andar detrás de una supuesta victoria, se pierde el límite. El límite es una esperanza, una posibilidad, un asa de donde agarrarse, hasta una justificación para los cobardones. Cuando el límite se disuelve se disuelven con él esperanza, posibilidad, asa y justificación.

La única relación entre fantasmas y demonios es que vienen del otro lado, y se parecen. Algunos no se dan cuenta que ganando pierden toda legalidad y toda legitimidad, y pierden el límite. Esas victorias no son como las de Pirro, esto es, pírricas, un término más elegante que mierda, sin duda alguna, sino que tienden a convertirse en un simple levantar de la tapa de donde salen los demonios y no precisamente a divertirse; bueno, lo de simple es un simple decir. La pérdida del límite (digamos 2013) me hace consultar a los demonólogos y perderme en estas inútiles disquisiciones que hoy pongo por escrito para aburrimiento de mis lectores y tal vez como una observación ligera de que un Sí victorioso equivaldría a eso que los gringos ponían al final de sus películas: The end, pues la falta de límite lleva a la búsqueda de un nuevo límite. Si la película se convierte el 15 de febrero en una que no tiene fin, esto es, no tiene the end, no bastarán los exorcistas abrumados, lo impalpable se habrá hecho dureza y, ya escrita la filosofía del fantasma, tendremos que lidiar con aquellos que fueron invocados y ya no se querrán ir, como lo diría Maquiavelo de las tropas que el príncipe llamó en su auxilio. A las tropas que Maquiavelo se refería –y a las que me refiero yo en este texto, no a ningunas otras- son aquellas que el emperador de Constantinopla introdujo en Grecia, esto es diez mil soldados turcos, los que, una vez acabada la guerra, no se quisieron ir. Comenzó así la sujeción de Grecia. Constantinopla es Estambul y si no me equivoco, para ir a ver aquellas maravillas en la Turquía moderna que construyó Mustafa Kemal Ataturk, se requiere visa turca. Algún griego, quizás Herodoto de Halicarnaso, podría haber exclamado: “Las ciudades cambian de dueño”, aunque el premio Nobel turco Ferit Orhan Pamuk en su inigualable Estambul nos diga que los habitantes de la ciudad se siguen debatiendo.

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