Opinión Nacional

La plasta

Nadie en nuestra historia alcanzó las cimas de la procacidad y la desmesura que ha conquistado el teniente coronel Hugo Chávez. Si no conociéramos honorables y muy ponderados altos oficiales de nuestras fuerzas armadas, pensaríamos que el comandante confunde al país con un cuartel y a la ciudadanía con una masa de reclutas analfabetas, hambrientos y despavoridos, a los que hay que hablarles soez y muy groseramente para que entiendan dónde están parados.

Ni aún así: no se conocen referencias a la grosería y a la vulgaridad en hombres sencillos y prácticamente analfabetas como el general Páez, cuya hombría ya quisiera para sí nuestro esperpento belicoso. Mucho menos en ninguno de los Monagas, ni en Joaquín Crespo. No hablemos de Guzmán Blanco, de José María Vargas, de Ignacio Andrade o de Rojas Paúl. Sin atrevernos a mencionar grandezas que fueron condenados a las sombras de la historia, como Antonio Paredes. La inmensidad de esa cultura enciclopédica y esa genialidad más allá de toda medida del Libertador obligaba a la búsqueda de la grandeza e imponía la excelencia. O, cuando menos, el respeto. ¿Cómo, en una república que se inicia con un hombre universal como Francisco de Miranda, amigo personal de Jefferson y de los grandes próceres de la independencia americana y la revolución francesa, en una nación que tiene entre sus fundadores a don Andrés Bello, uno de los espíritus más preclaros de la hispanidad colonial que se abre a su nueva esencia, pudo llegar a ejercer el primer magisterio un hombre tan ruin, tan intemperante, tan vulgar, tan orillero y de tan baja estofa como el sujeto que nos gobierna?

Hombres sin duda cultos como Ernesto Mayz Vallenilla o Jorge Olavarría, como Francisco Rivero o Herman Escarrá nos deben una mínima explicación. Pues sirvieron de tapadera a una cloaca, frente a la cual ni siquiera Jaime Lusinchi, el menos dotado intelectualmente de nuestros presidentes democráticos, o Carlos Andrés Pérez, que a la distancia de esta VRepública emerge que casi como un estadista, pueden avergonzarse. Posiblemente no exista en nuestra historia otro antecedente premonitorio de estas excrecencias que el de Cipriano Castro. Hay que leer Los días de Cipriano Castro, de Mariano Picón Salas, o El Cabito, de Pío Gil, para bajar a sentinas presidenciales de este calibre.

Fue Cipriano Castro el primer caudillo andino, bajado del Táchira a encargarse de la desencajada e invertebrada república. Circula por las páginas de Pío Gil como un simio atiborrado de lascivia, logorreico y desmesurado, corruptor, dictatorial, autocrático y ambicioso. Enriquece a su entorno y lo convierte en camarilla de lacayos serviles, pronto a servirle de mujeres y negociados, colmando así su insaciable apetencia sexual y su nunca satisfecha ambición de Poder. Resuena en las páginas de El Cabito el horror cuartelero, el espanto de las prisiones y la bajeza de los áulicos. Son, por cierto, el antecedente directo de quienes hoy le musitan a este primer magistrado en la oreja, alimentan su ego, lo convencen de su irremediable genialidad, lo empujan al abismo y lo instan a desnudar toda su brutalidad, no se sabe si con el semi oculto propósito de despeñarlo y hacerse ellos con el basural que sobreviva a su paso. Entonces se llamaban Tello Mendoza, Rendiles, Revenga, Leicibabaza, Velutini. Hoy se resumen en un solo nombre. Adivine y acertará.

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