Opinión Nacional

La política de talento

Acercándose la inauguración de la temporada regular de las llamadas Grandes Ligas, la inquietud reina en los campos de entrenamiento. Algunos quedarán como titulares y suplentes, mientras otros ingresarán a las ligas menores para seguir con el deseado perfeccionamiento y no pocos, volverán a casa a la espera de nuevas oportunidades o resignados, después ponderarán la experiencia adquirida.

Independientemente de sus virtudes o defectos, el béisbol organizado ejemplifica muy bien el nivel de exigencias, disciplina, destrezas y orden requerido para algo más que un entretenimiento fugaz. Todo está fundado y sintetizado en el talento natural a descubrir, desarrollar y mejorar, importando poco las convenciones y atavismos: Johan Santana, estelar lanzador, proviene de una región futbolística, o Damaso Blanco, otrora campocorto, ahora destaca por sus comentarios y análisis, superada la dicción de una localidad en la que predomina el español venezolano, siguiendo el criterio expuesto por Luis Barrera Linares en su último libro.

Entendemos, la vocación peloteril debe andar sobre los rieles de las habilidades innatas y espontáneas, perfilándose cada vez más mediante la imaginación y la experiencia, hasta arribar al campo de juego. Por más deseos que haya y voluntad se despilfarre, la realidad somete a prueba constante a los aspirantes, soliendo ocurrir en otras disciplinas como la del sacerdocio, la castrense o la artística.

Examinadas permanentemente la aptitud, la probidad y el desempeño del pretendiente, el fracaso también ayuda a delinear un proyecto de vida, pues, obvia decantación, contribuye al hallazgo de otra disposición – incluso – afín, a la sinceración del amplio abanico de capacidades que tiene toda persona humana y al acierto de los esfuerzos realizados. Hay quienes, prosiguiendo la metáfora, tienen una superior facilidad para el ajedrez beisbolístico que para el terreno, mostrando igualmente una hondura intelectual que bien envidia la academia, tan severa y distante de las actividades recreativas que desdeña.

Sentimos, ocurre algo muy diferente a la actividad política en Venezuela, porque el régimen ha tenido por ventaja la improvisación de quienes la hacen o ambicionan hacerla desde las posiciones más deslumbrantes. Bastará con alguna actuación destacada, propia del desenvolvimiento azaroso de las tensiones acumuladas, para el engaño y autoengaño de protagonistas que no fuesen tales de haber transcurrido con normalidad la vida democrática del país.

El proceso de aparición, captación, formación y realización de nuestra dirigencia política y social, está fuertemente condicionada por el malévolo diseño de los acontecimientos que, beneficiando a los elencos de poder, desprecian la preocupación, trayectoria, experiencia, estudio, constancia, entre otras de las claves que hablan del destino común como oficio. No sólo los partidos, sino los gremios profesionales, empresariales y sindicales, están clausurados como escuelas de civismo que son, procurándose frecuentemente y con las excepciones de rigor, conductores que solamente la circunstancia fortuita puede darle notoriedad en el inmenso cortocircuito que hace y celebra al sistema político.

El dirigente de oposición por excelencia, como un buen día el hoy oficialista que lanzó los dados inciertos de un golpe de Estado, está caracterizado por el bullicio de sus posturas, la estridencia que pueda dispensarle algún medio de comunicación, o el chirrido de una situación que pesca al azar a los actores después ganados por la vanidad. No obstante, con lentitud gananciosa, las aguas van alcanzando su nivel, porque hay munícipes, parlamentarios, alcaldes y gobernadores, además de dirigentes partidistas y gremiales a los que no los acompleja el relativo anonimato, que adquieren un peso específico propio derivado del talento, la experiencia y la audacia de precisa vocación política capaz de soportar más de diez años de fatigosas pruebas.

Parece lógico que todos se interesen por alcanzar una curul que, posiblemente, asumida como un magnífico puntaje de la profesión hecha o por hacer, la sueñan respetabilísima al brindar la oportunidad para un discurso memorable, el fiel cumplimiento de un horario de trabajo, la tribuna para exhibir mejor una especialidad y hasta un salario generoso al que añadirán los viáticos correspondientes. Todos, absolutamente todos, tienen derecho a postularse y, con una pequeña ayuda de los amigos, inscribir su nombre en una competencia – valga la nota – poblada de las dificultades impuestas por el régimen amenazado.

Una política de talento, decepción para buena parte de los precandidatos, supone el descubrimiento de una decidida vocación por los asuntos públicos que tenga por principal examen, la disposición de poner el pellejo en la parrilla. Disposición que obliga a las naturales y perfectibles destrezas, habilidades, aptitudes, experiencias, probidades, desempeños y ensoñaciones, capaces de autorizar la supervivencia personal, la de toda una dirigencia y – fundamental – la de la mismísima noción de libertad, democracia y justicia que puede deshacerse, diluirse y morir en una feria de vanidades.

Parece absurda la pretensión parlamentaria del beisbolísta de dedicación exclusiva, tal como sería difícil decretar el ingreso del dirigente político y social a un equipo de las ligas mayores. Darle un jonrón con las bases llenas al chavezato en septiembre, supone – precisamente – llenarlas y propinarle un batazo político que depende más del talento natural que tenga, en lugar del que se finja

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