Opinión Nacional

La procesión militar

La cadeneta de declaraciones de jerarcas castrenses en el sentido que no admitirán otra jefatura distinta a la del señor Chávez y que, por tanto, no reconocerían la legitimidad de otro mandatario surgido de elecciones, refleja en toda su miseria la conflictiva situación de las Fuerzas Armadas Nacionales.

El primero en hacerlo, por lo menos en esta temporada, fue el cuestionado general Rangel Silva, y otros le han emulado con variable intensidad. Unos de manera pública notoria y otros de forma más insidiosa. Y el meollo del mencionado conflicto no es difícil de discernir, pues se trata de una lucha existencial entre la institución nacional, profesional y democrática, y la pretensión exógena o gubernativa de terminar de convertirla en una especie de seccional sumisa a la parcialidad política imperante.

En otras palabras, el conflicto entre el modelo venezolano de institución militar y el modelo cubano de emulsión partido-milicia, que son las FAR o Fuerzas Armadas Revolucionarias, cuyo único ministro de Defensa, que allá denominan Minfar, fue Raúl Castro Ruz desde 1959 y hasta el 2008. Casi 50 años con un mismo ministro y con mandos cuasi-petrificados… En La Habana y Miraflores no descansan en la obsesión por someter a las FAN a la parcialidad que ensalza a la satrapía roja y cuyo desvelo principal es despejar la ruta de continuismo, sea por las malas o las peores.

Semejante transgresión del propio sistema político establecido en la vapuleada Constitución de 1999, de seguro que tendrá sus partidarios uniformados, pero también tiene una resistencia de fondo. Pero volviendo al tema específico de las referidas declaraciones, debe insistirse que se tratan, ni más ni menos, de actos de insubordinación al poder constituido, no en la persona del comandante-presidente –acaso el más sistemático de los agitadores, sino del poder que debería estar por encima de la voluntad presidencial, o sea el de la Constitución.

Acontece, por desgracia, que esos principios cardinales de la convivencia democrática, han sido tan pero tan pisoteados por la hegemonía bolivarista, que ya cuesta mucho reconocerlos, para no hablar de reivindicarlos. Lo que significa que se encuentren desterrados de la conciencia cívica de buena parte de los militares venezolanos. Recuérdense tantos casos de encumbramientos castrentes que parecían irreversibles, y que luego no sólo fueron superados por aperturas democráticas, sino que sus mandones terminaron rindiendo cuentas ante la justicia nacional y también internacional.

El general Jorge R. Videla, de Argentina, jefe indiscutido por allá a finales de los años setenta, está condenado y preso con más de 80 años. Y el general egipcio Hosni Mubarak, gobernante continuo durante más de tres décadas, está siendo juzgado por diversos crímenes contra los derechos humanos. Y es que la justicia de la historia puede que tarde y mucho en llegar, pero en la medida que se abusa más del poder, más posibilidades hay que se paguen las tropelías con base al estado de Derecho.

En las Fuerzas Armadas venezolanas la procesión va por dentro: se siente la inquietud y la indignación, en medio de las tenazas del régimen hegemónico. Pero también se siente la esperanza de un futuro distinto.

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