Opinión Nacional

La raíz imaginaria

Hay espacios que son islas. Existen lugares donde el día a día disminuye la velocidad para regodearse sobre sí mismo, para mostrar la cara oculta de lo que también es posible.

Poner los pies en una barbería tiene que ver con lo anterior. Y digo una barbería, con todas sus letras y con la carga de significaciones que esos establecimientos guardan para quienes se tomen la molestia de ver más que tijeras, aguas de colonia y afiches de cantantes o estrellas de fútbol.

Para empezar, el barbero es un demiurgo. Sacerdote incrustado en su habitáculo, cobra y se da el vuelto al labrarse letra a letra en medio de ofensivas o repliegues verbales, en medio de conversas sin principio ni fin que en una barbería adquieren el apelativo de infinitas. El barbero resume al dedillo eso que tan bien define a quienes blanden la espada de los gestos, las maromas de la lengua y la truculencia seria y circunspecta, todo al empuñar tijeras, manipular geles, desenfundar la cero cero.

Qué duda cabe: el barbero es un espadachín, especie de malabarista donde cabe la celebración del gol más reciente o donde se concentra el escupitajo sin cuartel contra políticos de cualquier pelaje. Si el Aleph borgeano tuviera un referente en la ciudad, ése sería una barbería. Templo destinado al ritual humano por excelencia (conversar, no cabe duda), en el mundillo de sus cuatro paredes la palabra se remonta al principio de los tiempos, es decir, a la oralidad como fuente de lo primero y de lo último, alfa y omega del quehacer humano, única manera de asir la realidad, de meterse el universo en los bolsillos. Hablar se hace entonces una fiesta, implica concretar un hechizo, es la vuelta a Homero o a Virgilio.

La silla del barbero, ese monumento actual pero a la vez totémico, se me ocurre que bien puede marcar el punto de contacto entre la vida cosmopolita y el pensamiento primigenio. En ella se abrazan la modernidad y lo remoto: desde el televisor que transmite vía satélite el clásico de los clásicos, nada menos que el Brasil Argentina, por ejemplo, hasta el pensamiento mágico de interlocutores cuyas fuerzas se crecen en el verbo, en el afán que afeitadores y afeitados manifiestan cuando de lanzar ideas o refutar opiniones se trata, vistos a la luz de lo fundacional, de lo primigenio, de aquel grupo de hombres embrujados por una buena charla al calor de la lumbre, al comienzo de lo humano.

Si hay un lugar en el que el mundo se invente y se reinvente a cada instante, sus coordenadas llevan a la barbería. La silla del barbero equivale a fogata que invita, tiene que ver con la placidez del nicho a la hora de la sobremesa, cobra un clima de recogimiento dado al intercambio de palabras, a la exposición sosegada, al simple hecho de contarse unos cuentos, como en los tiempos de la Ilíada o la Odisea, que el mundo termina por acomodarse en la palma de la mano. Y ahí el barbero, junto con quien está sentado y junto con quienes esperan turno para rebajarse los cabellos, manipulan la mentira, juegan con la verdad, asisten al asombro de crear universos diferentes, todos y cada uno a la medida de ciertas necesidades, de tal o cual empecinamiento, de infinitos antojos. Vuelve a nacer lo religioso. El hombre se reafirma como hombre.

El pasado y el futuro queda a la vuelta de la esquina. Basta entrar a una barbería para escuchar las predicciones. “El presente es el futuro del pasado”, como indicó alguien, y el futuro, además, adquiere certificado de nacimiento, previsto, sentenciado, rubricado por esa cofradía de monjes enfrascados en sus profecías. Entrar a una barbería, digo yo, es dar cuenta de la raíz imaginaria, de qué hemos sido, por qué somos y qué podremos ser, siempre a la sombra de esa sintaxis carnavalesca que es el verbo creador en cualquier barbería que se respete.

Por eso, en la silla del barbero se prefiguran todos los tiempos. Los presentes son presentes según la vena del momento, y Ronaldo o Joao (el Portu de la esquina), Cassius Clay o Chita (la mona de Tarzán), Francisco Franco o Tatiana Capote, Raúl Leoni o Betulio González, caben sin dificultad en la esfera de cristal labrada a fuerza de blandir palabras, establecer realidades y entregarse al hecho de ser dioses.

Los misterios insondables del mundo se aclaran en ella. La silla del barbero tiene mucho de silla, por supuesto, pero más de diván y de confesionario. Merlín sería feliz alrededor de ella, como humilde interlocutor a la espera de una buena rapada, o como sacerdote con dominio total de cepillos, hojillas y tijeras. Ahí, entre espejos, champúes o secadores, se dan los hallazgos más profundos. Siempre en una barbería, claro.

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