Opinión Nacional

La revolución colapsada

Aun cuando los grandes jerarcas del régimen se empeñen en demostrar lo contrario, el escenario se hace cada vez más complejo e inestable. Los problemas domésticos y los derivados de la confrontación con otras naciones se acentúan peligrosamente. El país está convertido en un hervidero de pasiones políticas, resentimientos estimulados y malestar social reprimido, a punto de estallar.

De allí los intentos ruines de enmudecer a la disidencia mediante la persecución judicial a periodistas, que de forma valiente han cumplido con su deber de informar sobre la pestilente corrupción gubernamental. La revolución le teme a la libertad de expresión e información como “el picao e’ culebra” al bejuco. La situación es de suya complicada para quien pretende eternizarse en el poder mediante elecciones fraudulentas y fantasías faraónicas para deslumbrar al pueblo. Más, la fuerza de los hechos parece moverse en dirección contraria. La ineficacia e insensibilidad bolivarianas se puso en evidencia con el estrepitoso y grotesco derrumbe del viaducto. A Chávez le está pasando lo mismo que a los generales nazis cuando festejaban en el bunker en medio de la derrota. No había duda, la realidad era otra, estaban desvariando; afuera los alemanes pagaban con su vida los desatinos, extravagancias y delirios del Führer.

No importa si la colectividad está abrumada, angustiada, preocupada: el presidente hace chistes malos, desde Elorza. No quiere asumir sus responsabilidades de gobernante. Casi dijo: ¡el puente se cayó. Viva el puente! Evadirse parece mucho más fácil que enfrentar con coraje la tragedia. Lo mismo sucedió con el deslave de Vargas y otras situaciones difíciles. Los ministros tienen preocupaciones distintas a las administrativas, son esquivos, ineficientes, timoratos. No tienen iniciativas. Todos dependen enfermizamente del “líder”. Allí radica el Talón de Aquiles del proyecto chavista: tan frágil como la más intrincada de las telarañas, que desaparece de un manotazo. Su anclaje popular se debilita. Sus bases están decepcionadas, confundidas, frustradas.

Además de lo anterior, fuera de casa el ambiente no puede ser peor. A pesar de los plañidos de muchos sobre el poco apoyo internacional ganado por el movimiento opositor, el cuadro es complejo. La actitud levantisca de Chávez en el ajedrez geopolítico internacional compromete la viabilidad del “proyecto continental bolivariano”. Su sostenimiento es tanto más frágil cuanto más se empeñe en la desestabilización de la región. En muchos casos pasar de la retórica a los hechos significa meterse en camisa de once varas: la muy estrecha relación entre los gobiernos de Irán y Venezuela y el uranio es una muestra. En materia internacional el comandante hace el papel de trasgresor permanente, sin medir el riesgo de las consecuencias que de ello se puedan derivar.

La mezcla de graves problemas internos, desde el punto de vista social, político, electoral, con actuaciones en el exterior comprometidas con fanatismos fundamentalistas del mundo árabe y con la autocracia despótica de Fidel Castro, puede ser el detonante de la crisis venezolana. Al igual que los bailarines de samba y los desnudos que arropan a Bolívar, la hoguera de la rabia y el orgullo patrio harán reaccionar al pueblo. Recuperar la democracia será su motivación. De momento “el señor viaducto” ya se desquitó… El chavismo hace aguas, sin embargo algunos pierden el tiempo en discusiones bizantinas sobre las 8 estrellas de la bandera.

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